Ante la Unidad Nacional

DESDE TIEMPOS DE CAMPAÑA SE lograba entrever que, de ganar las elecciones, el ahora presidente Santos sería diferente a su antecesor.

Lo difícil de pronosticar era que lo sería tanto. Y, más aún: que resultaría, de la noche a la mañana, un renovado liberal. Filiación que se hace irrebatible con su apoyo a la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, la cual, se nota, le significa mucho más que la ventaja política de hacer lo correcto en el momento adecuado. Sólo el desgaste gubernamental para aprobarla fue inmenso y será aún mayor el de llevarla a cabo. Pero ahí va la administración Santos, manteniendo comparativamente bien los avances heredados al tiempo que ensancha, con apuestas progresistas, la estrecha agenda que se traía. De aquí que sea difícil no estar de acuerdo con los proyectos generales del presidente. Al parecer, un jugador de póquer con ideales. El problema, como siempre, está en los detalles. Y no de uno u otro proyecto, sino de todos. Más aún: en el aturdimiento del país tras el paso de una crasa polarización a un gobierno que le exige, a quien quiera revisarlo, un ojo fino y aguzado.

Por estos siguientes años, de lo que se tratará, al parecer, es de menos ideología y de más técnica y pericia. Algo que tiene sentido, pero sólo si no se corre el riesgo del unanimismo de los propósitos. No porque estén mal. Al contrario, porque están bien. Y así, cuando agrada lo que se oye, se pierde el afán de controvertir, de discutir, de disentir. ¿La oposición por la oposición? No. Pero sí el diálogo deliberativo, las preguntas por el cómo y la seriedad del control. Esto es, del control de los poderes, de la opinión pública, de los partidos. El Partido Verde, tristemente, no fue más que una ola de buenas intenciones. Nunca logró ser ambiental, ni visionario. De hecho, con la senadora Jiménez liderando en el Congreso, el norte del partido comenzó a moverse en sentido encontrado. En todo lo demás, los verdes apoyaron al Gobierno. No sorprende, por ello, su anunciada adhesión a la Unidad Nacional. Sin iniciativas realmente propias, y con el candidato a la Alcaldía de Bogotá mancillando el ‘no todo vale’, tal movida era de esperarse.

Entre otras, porque el presidente se ha robado todas las banderas. Hasta la de la transparencia es ahora suya. La firmeza con la que los altos funcionarios del Gobierno han destapado las fiestas del erario —más allá de la explotación mediática de los escándalos, con los pulpos, las ollas, las urnas y demás metáforas de portada— tiene su mérito. La administración Santos está haciendo su tarea. Con errores, sí, pero la está haciendo. Quien no la está haciendo es el resto del Estado que tranquilo, como si no se tratara de una falta gravísima, le está dando la espalda a uno de los pilares fundamentales de toda democracia: el balance de los poderes. O ¿acaso quién frena hoy al Gobierno?

De cualquier forma no el Legislativo. Con la entrada del Partido Verde, si se cuentan los votos por conveniencia del PIN, son 89 los senadores de la coalición. Los 14 restantes se dividen entre los partidos de minorías, el Mira, y el maltrecho Polo Democrático. Por fortuna, la Unidad Nacional es suficientemente grande para que las discusiones internas sean parcialmente sustanciales. Algún control sobre el poder del Ejecutivo todavía permanece. No obstante, el país necesita más que eso. Necesita una oposición fuerte, constructiva, capaz de irse a los pormenores, dispuesta a aportar perspectiva. Los congresistas, sin embargo, andan ocupados en su rol de mandamases. ¿Por puestos? No alcanzan para todos. Y, sin embargo, hasta los más fuertes marchan de rodillas.

 

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