Así sobreviví entre los pantanos de N. Orleans

Por ir tras la foto del pato de madera, el profesor Francisco Piedrahíta se extravió en un parque natural. Relato y fotos de su aventura.

“Lo peor de todo fueron los mosquitos, no se imaginan lo que son esos mosquitos. Tengo picadas por todo el cuerpo a pesar de que tenía camisa de manga larga, sombrero y pantalón. Me zumbaban sin parar, llegaban en hordas. Los nuestros no son nada en comparación con esos. De ocho de la noche a ocho de la mañana no me podía dormir ni treinta segundos porque me comían”, recuerda Francisco Piedrahíta mientras habla con unos veinte periodistas y camarógrafos que escuchábamos su impresionante relato, la noche después de haber sido encontrado.

Se le ve jovial, risueño, como el que sabe que la vida le dio una oportunidad más. En un pequeño cuarto del West Jefferson Memorial Center, a donde fue trasladado tras el rescate, cuenta su historia. “Tiendo a ser optimista y muy racional”, dice. Sin embargo, con el pasar de los días el optimismo se fue reduciendo. “Nada pasaba o yo no sentía que estuviera pasando. Había visto un par de helicópteros, pero nada más. Y siempre muy lejos de donde yo estaba”, explica pausadamente. Llegó a sentir temor de que dejaran de buscarlo.

Su esposa Claudia se ve diez años más joven que en la mañana del día anterior. Sus hijos sonríen. Ya no tienen esa cara de desconcierto de quienes no entienden nada de lo que está pasando. Atrás quedaron las noches en las que una jungla de Estados Unidos por poco se lo traga. “Es que es muy raro, demasiado raro”, me decía su hijo Esteban con los ojos encharcados cuando lo estaban buscando. “Esto es grande, pero tampoco como para uno desaparecerse así”, repetía.

El día en que lo encontraron —miércoles— ya comenzaban a esfumarse las esperanzas. “Yo sé que el puede sobrevivir cinco días sin agua”, afirmaba previamente su esposa. Pues ese quinto día llegó. En el parque, desde temprano en la mañana cuando comenzó la búsqueda se sentía el ambiente pesado. En las redes sociales no era menor la angustia. Vía Twitter y Facebook iban y venían mensajes de ánimo y preguntas incontestables. La gente del Icesi clamaba por su rector. Era realmente conmovedor ver tanta admiración y tanto amor.

Eran cerca de las doce del día de ese miércoles cuando una guardaparques nos confirmó que los perros habían encontrado por segunda vez una pista de Piedrahíta. Esto indicaba que por allí en algún momento no muy lejano había pasado. La noticia era buena, pero dos días antes había sucedido lo mismo sin resultados concretos y por eso no tuvo el impacto que merecía. El lunes en la tarde, los perros de entrenamiento detectaron por primera vez la pista de Francisco. Esto sirvió para que los investigadores concentraran el operativo en la zona que los animales señalaron. Pero pasaron una noche y un día más y no hubo resultado alguno. Llegó el miércoles, el quinto día. El rector  había desaparecido desde el sábado.

“¿Sí? No sé, no me han dicho nada”, me comentó su hijo Esteban cuando le conté lo de la nueva pista. Luego se lo confirmaron las autoridades. Se le notaba la desolación. A todos en ese lugar. Sabíamos que la hora límite se estaba acercando. A pesar de que el operativo para encontrarlo era indudablemente estratégico y con toda la voluntad posible, ya cinco días eran demasiado.

El parque, además, es inmenso. A Francisco lo buscaban en un rango de unos 8 kilómetros cuadrados. Al recorrer los caminos del lugar, de verdad parecía inverosímil que una persona pudiera desaparecer allí. Es denso, tupido, caluroso y húmedo. Pero se oyen carros cerca, se oye gente. Es un mar verde en medio de la ciudad y rodeado de grandes autopistas. ¿Cómo era posible que alguien se esfumara de esa manera? Nos lo preguntábamos todos. Incluido Francisco en su soledad.

“Todo el tiempo escuchaba carros pasar. A menos de 200 ó 500 metros de donde yo estaba, pasaba una autopista. Yo pensaba: cómo me voy a morir aquí con los carros pasando a esa distancia. ¿Cómo no me encuentran?”, recuerda. Pero, de todas formas, los caminos de los recorridos están rodeados de pantanos en los que habitan cocodrilos, serpientes venenosas, arañas, armadillos, grillos y vaya uno a saber qué otro animal nocturno. Y él simplemente no aparecía. La angustia aumentaba cada hora y cualquier hipótesis podía ser posible.

Mientras afuera en las instalaciones del parque se había improvisado un centro de operaciones con todas las necesidades básicas disponibles para los familiares, los investigadores, los buscadores y la prensa, adentro, en el corazón de esa jungla, Francisco veía las horas pasar. Se chupaba unas ramitas silvestres que tenía cerca. Tomaba sus propios orines para evitar la deshidratación y disparaba el flash de su cámara cada vez que pasaba un helicóptero medio cerca para intentar ser visto.

Había llegado a ese lugar buscando fotografiar el pato de madera, ave muy común en el delta del Misisipi, que los artistas de pintura country y los carpinteros han inmortalizado. Es familiar del famoso pato pekinés. El rector, gomoso de las fotografías de aves —tiene más de cinco mil—, había logrado previamente una foto de la hembra y quería la foto del macho, que es espectacular. En esa búsqueda llegó al parque en la mañana del sábado. Caminó varias horas, se fue a almorzar y regresó hacia las 2.30 de la tarde.

“Me dijo que lo esperara entre 20 y 45 minutos y aún no ha aparecido”, les dijo a las autoridades el taxista que lo llevó, tres horas después de haberlo dejado en la puerta del “Camino del Pato de Madera”. El taxista se convirtió en pieza clave en la investigación. Al fin de cuentas era la última persona en haberlo visto y con quien había pasado la mitad del sábado, el día en que se perdió. Le hicieron todo tipo de preguntas, lo sometieron a pruebas de polígrafo y, al final, lo descartaron como sospechoso.

Se trata de un afroamericano de unos 60 años que lleva más de veinte trabajando en el Hotel de donde Piedrahíta salió hacia esa aventura que por poco le cuesta la vida. Cuando la pesadilla terminó, los dos hombres se reencontraron y la gratitud del rector no puede ser mayor.

Pero, volviendo al corazón del asunto, ¿cómo fue que se perdió? “El fin del sendero por el que iba no era claro. Además, invitaba a ver el pato de madera al final del recorrido y no alertaba de la presencia de pantanos”, recuerda. “Me salí del sendero y cuando quise regresar ya no lo encontré”, dice. “Busqué la salida por cerca de una hora, sin resultados. Entonces decidí caminar hacia adelante y me fui sumergiendo en un pantano. Pasaron 4 ó 5 horas y ya estaba cansado. Decidí quedarme quieto en una islita que encontré. Sabía que el terreno estaba lleno de cocodrilos”, narra.

Pasó esa primera noche. Al día siguiente gritó en español cuando sintió a lo lejos que lo buscaban. El llamado fue en vano. Los buscadores se fueron y Piedrahíta tuvo que pasar su segunda noche en esa soledad. Su segunda y también su tercera y su cuarta. “Pensé que ya no me estaban buscando”, recuerda. Le quedaban pocas energías. “Yo sabía que con la deshidratación llega el delirio”, dice. Sabía que le quedaba poco tiempo. Entonces, decidió moverse el miércoles en la mañana. La suerte, esta vez, lo acompañó.

El calor de ese día era menor que el de los días anteriores, al igual que la humedad. Había brisa. La actividad de búsqueda se había incrementado con la imponente llegada en la tarde anterior de las tropas de la Guardia Nacional. Arribaron en unos 20 jeeps de esos que uno ve en los informes de Irak o Afganistán. Con tanques de agua, gafas negras, pinta de combate. Parquearon y 40 hombres comenzaron a marchar rumbo a la selva. Había también más perros que antes, más voluntarios. El esfuerzo de la búsqueda era inversamente proporcional a las esperanzas de encontrarlo vivo luego de cinco días perdido.

De repente, hacia la una y quince de la tarde de ese miércoles, del centro de información del parque que lo albergaba salieron los funcionarios corriendo despavoridos. “¿Pasó algo?”, preguntamos. Nadie respondió. Decidimos violar las reglas de ese cubrimiento y, con mi camarógrafo, manejar hasta el lugar en el que estaba concentrado el operativo. Allá habíamos permanecido horas y días antes en compañía de un guardabosques encargado de no dejarnos solos. Ni a nosotros ni a ningún otro medio. La noticia, con el paso de los días, había crecido y, por consiguiente, más periodistas habían llegado. Pero en ese momento los colegas no estaban.

La situación era innegable: había noticia. ¿Buena o mala? No lo sabíamos. Un helicóptero alborotado sobrevolaba incansablemente el área. Llegaban carros repletos de policías. Los funcionarios del parque ponían más y más conos anaranjados de seguridad. Nos indicaban que no podíamos pasar. De pronto llegó una ambulancia. Sudábamos. El corazón muy agitado. Éramos los únicos miembros de la prensa y yo tenía una certeza: Francisco había aparecido, la duda era en qué estado. Justo en ese instante recibí la noticia que quería transmitirle a Colombia entera: “Apareció mi papá. Está vivo. Deshidratado, pero vivo. Ya lo traen”, me dijo en un mensaje de texto su hijo Esteban Piedrahíta.

Con esas palabras cambió la cara de una Cali que se había sumido en la desesperanza y los medios del mundo comenzaron a reproducir la información que transmití. Llegaron los demás periodistas. “Está muy bien, llegó incluso tomando del pelo, está feliz y muy agradecido por tanto apoyo”, me dijo su otro hijo, Vicente. Lo sacaron en una ambulancia y la historia terminó con un final feliz. Los periodistas siempre tenemos una noticia que queremos contar. Esta fue la mía.

Académico y observador de aves

Francisco Piedrahíta tiene 65 años. Es rector de la Universidad Icesi de Cali desde 1996 y ha sido clave en la modernización de esa entidad.

Su rol en pro de la educación en el Valle del Cauca a través de la Fundación Gabriel Piedrahíta Uribe es sobresaliente. Es ingeniero industrial graduado de la Universidad de los Andes, en Bogotá, con una maestría en Ciencias, Ingeniería Industrial e Investigaciones de la Universidad de Pittsburgh de Estados Unidos.

Estuvo vinculado durante 26 años a la Organización Carvajal, donde ocupó diversos cargos financieros y de planeación, y llegó a ser presidente de una filial en los Estados Unidos.

Ha sido miembro de las juntas directivas de la organización Corona S.A., Fundación Clínica Valle del Lili, Fundación Planeta Valle y Fundación Gabriel Piedrahíta Uribe. Entre sus aficiones figura la fotografía de aves silvestres.

El parque de los caimanes

El Parque Histórico Nacional y Reserva Jean Lafitte, ubicado a pocos minutos de la ciudad de Nueva Orleans, en el sur de Louisiana, es famoso por los caimanes y los árboles de roble. También es hogar de armadillos, nutrias y cientos de especies de aves.

Dentro del parque existe la Reserva Barataria, donde se extravió el profesor Piedrahíta. Este lugar es visitado por turistas que quieren realizar caminatas guiadas por guardabosques por el pantano, recorridos en canoa bajo la luna llena y caminatas para observar aves. Tiene una extensión de 23.000 acres.

Además de su atractivo ecológico, el parque es un punto de encuentro para los interesados en conocer la cultura culinaria y la historia del sur de los Estados Unidos.

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