Bajo la superstición

Hacer un recorrido por Boyacá significa adentrarse en historias marcadas por las creencias sobre la naturaleza y el poder que ejercen las deidades.

Desde mucho tiempo atrás los dioses, o como usted quiera llamarlos, tienen la última palabra. Así pasó cuando se iba a construir el ferrocarril muy cerca de la laguna de Fúquene y los trabajadores, a medida que se aproximaban a las aguas, eran saboteados con el exterminio de lo que habían adelantado. Aunque sufrieron varios problemas, lo único capaz de moverlos de ahí fue una aparición del enfurecido Fu —figura humana, cola de zorro, aire de demonio—, quien reclamaba, a manera de infalible sentencia, que lo estaban invadiendo.


Al norte de Tunja, en la vía que lleva hacia Sogamoso, uno se topa con un relato que involucra el arrebato del amor y la codicia. Según dicen, el Pozo de Donato o de Hunzahúa se produjo en el intenso deseo del primer zaque de Tunja por su hermana Noncetá; deseo que se consumió en un viaje que serviría de excusa para ir a buscar algodón y arcilla. La madre, al enterarse, entró en cólera, cogió el palo que se utilizaba para revolver la chicha y fue a perseguirla. Entre los esquivos para no ser golpeada, la chicha se regó y formó la laguna, en la que otro de los grandes, el cacique Quemuenchatocha, escondió sus tesoros de los españoles.


Allí, donde ahora las familias pasean en bote y los patos sorprenden al caminante, Jerónimo Donato de Rojas, el capitán español que en sus sueños se revolcaba con el oro oculto, optó por secar el pozo para adueñarse de todo lo que había en él. Emocionado, como si su existencia dependiera de ello, les ordenó a los trabajadores que la rapidez era necesaria, que le urgía ver qué estaba tras el agua. Cuando no hubo ni una gota y los ojos le brillaban con ambición, se dio cuenta, muy a su pesar, de que sólo estaba la tierra. Los muiscas lo habían impedido, cuentan los tunjanos, quienes ya en broma cuando alguien no paga sus deudas lanzan una frase: “cayó al pozo de Donato”. Se fue para siempre.


Las historias siguen en una especie de cuento que se entrelaza con más personajes. Perderse en Boyacá es como si uno todo el tiempo estuviera acompañado de un juglar, quien, en una versión muy local de Las mil y una noches, habla sobre cualquier sitio para sumirlo en detalles de héroes y villanos. La narración deja una estela de curiosidad, que se vuelve común preguntarle al que se atraviese qué hay detrás de un monumento o de una iglesia.


La Laguna de Tota, por ejemplo, ese referente tradicional de las agencias de viajes por ser un lugar preciso para devorar algunas truchas de colores, no es ajena a la deidad. Mucho antes de que se convirtiera en antesala del camping, lo que había allí era un hueco de tierra amarilla del que salía Busiraco, el dios de los infiernos, iracundo y decidido a vencer a las nubes. Una vez, el pueblo resolvió ir en su contra y atacar a la serpiente que lo custodiaba. Les lanzaron cosas, entre ellas una esmeralda que se deshizo hasta ser agua. Las alabanzas las recibieron Bachué y Chiminigagua.


También se han tejido otros supuestos en torno al origen de la laguna de las alturas. Que la culpa es de un niño travieso que luego quedó petrificado, o el responsable, un caimán, quizá un pescado de cabeza extraña. Sin embargo, lo indiscutible para quien la visite es que ese horizonte plagado de luces amarillas, por la cantidad de pescadores que salen pasadas las cinco de la tarde, cumplirá un deseo secreto, y como los termales de Paipa, va a ser idóneo para ahuyentar los males.


Quien haya visitado algún museo en ese pedazo de tierra pudo enterarse de que debajo existe un cementerio muisca, y un poco más lejos, un templo en el que se le rendía homenaje al Sol. Puede que alguien en señal de cordura se haya silenciado en el Mono de la Pila porque otro lo sabía: es una creencia popular de hace varios siglos. O que las piedras de Tunja fueron movidas por los aires hacia Facatativá para construir una iglesia y acabar con el diablo burlón.


Al fin de cuentas, cada escondrijo de Boyacá termina siendo una suerte de batalla entre el bien y el mal. Una pelea, a veces eterna, porque la naturaleza se mantenga tal y como está, sin intervenciones que le quiten el encanto. Su hechizo es el voz a voz, el placer de que las leyendas sean contadas y se sepa que hay dioses defendiendo lo que sigue siendo suyo.


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