Benjamin Schmid: el violín ruiseñor

El músico austriaco es el último invitado internacional al Tercer Festival Sinfónico. Ha venido dos veces a Colombia a tocar los clásicos y a improvisar con el jazz.

Benjamin Schmid nació en Viena, la ciudad en donde la música clásica es el plato fuerte. Allí, después de más de 25 años de historia artística, él sigue haciendo parte de los menús más sofisticados. Cuando el recital incluye orquesta y la participación de un violinista, por lo general su nombre es el que aparece en el programa. Pasa lo mismo cuando se trata de ensambles para hacer las improvisaciones más arriesgadas del jazz, porque además de asimilar a los grandes compositores clásicos, también se ha aproximado a algunos estilos de corte popular.

Esa visión amplia del arte sonoro es lo que ha llevado a la crítica a afirmar por ejemplo que “las manos de Schmid son las más prodigiosas para tocar el violín”. A estos comentarios, el artista responde con generosas sonrisas a las que luego les suma un tajante “a la crítica no se le puede creer todo lo que dice”. Pero después cae en cuenta de su ironía y asegura que el responsable de todo lo que ha conseguido es el arco de su violín, un Stradivarius de 300 años de música que pocas veces ha salido de Salzburgo, su lugar de residencia, debido a los múltiples trámites que debe llenar por portar una joya de incalculable valor.

“El sonido del violín es el más hermoso. Cuando voy a la nota más alta suena como un ruiseñor. Cuando estoy en la mitad de las cuerdas, su sonido es cálido y reduce el estrés, y cuando voy a la cuerda más baja, allí puedo hacer milagros porque pueden ser muy suaves, como una brisa que no se sabe de dónde viene y si lo toco duro, entonces es como una Kawasaki de 2.200 centímetros cúbicos o como si un gorila viniera corriendo hacia mí”, asegura Benjamin Schmid, quien comenzó a figurar en la escena internacional en 1992 gracias a su participación en el Concurso Carl Flesch en Londres, que a la postre ganó y que le significó la apuesta de representantes influyentes, así como presentaciones memorables en Europa y Estados Unidos.

Hace poco realizó, al lado de la Filarmónica de Viena, uno de los conciertos más publicitados de la historia de la música clásica, porque se transmitió en vivo y en directo en los cinco continentes y, además, se elaboró un registro auspiciado por Gramophone. Pero Schmid no sólo se ha destacado por la interpretación de obras de Bach, Mozart y Schubert, sino que también ha incursionado en el jazz, estilo con el que ha desarrollado una especial facilidad para la improvisación.

“Creo que la improvisación en música es como un espejo del ser humano y debe mostrar a uno mismo en un momento determinado y bajo unas circunstancias específicas. Y eso es algo que amo, como también amo los juegos rítmicos del jazz y sus teorías armónicas. La combinación de estas cosas me hace amar el jazz y querer tocarlo. No me siento inclinado a unir los dos tipos de música, pero a veces pasa y encuentra uno un puente entre música clásica y jazz y es algo que tiene sentido”, dice Schmid, quien ha hecho improvisaciones a partir de obras tradicionales.

Antes de su participación en el Tercer Festival Internacional Sinfónico, el músico austriaco había estado en Colombia en dos oportunidades. Primero vino a la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, hasta donde llegó el espíritu de Bach, y luego fue invitado con su ensamble de jazz para mostrar una faceta distinta de su arte. Ahora ofrecerá una versión particular de una pieza del compositor contemporáneo Alban Berg y algunas obras tradicionales, que hacen parte de sus recitales en Viena, donde la música es el plato fuerte.

Viernes 29 y sábado 30 a las 8:00 p.m. en el Teatro Julio Mario Santo Domingo, calle 170 Nº 67-51. Tel. 593 6300 y www.tuboleta.com.

 

últimas noticias

Howard Phillips Lovecraft: el terror como mito

La mirada de Hebe Uhart

La galaxia de “Universo Centro”

Vasili Grossman: Vida y destino