Buitres al acecho

Ya está en cartelera la película ‘Carancho’, del argentino Pablo Trapero. Las actuaciones de magnitud dramática de Ricardo Darín y Martina Gusman, quien fue jurado en el Festival de Cannes, merecen un especial reconocimiento.

El carancho, el buitre, el ave que se alimenta de carroña, le sirve a Pablo Trapero para hablar de otras especies que viven de tragedias y cadáveres –ciertos abogados y vendedores de seguros, algunos médicos, vampiros que se nutren de la adversidad para hacerla rentable en su bufete o en las compañías y las clínicas donde trabajan-.

El ave rapaz con la que Trapero titula su último largometraje, Carancho (2010), sirve para describir, en el asfalto de los accidentes, en los hospitales y con el dolor propicio de las víctimas, el lado oscuro de la realidad que hace del salvajismo de la especie en contra de la especie un drama negociable.

Trapero nunca ha sido un director de fórmulas o repeticiones. Desde Mundo grúa (1999), su mirada ha sido personal y revela el tono auténtico de un director que reinventa en cada film sus hallazgos. El bonaerense (2002), Familia rodante (2004), Nacido y criado (2006), Leonera (2008), ilustran su interés –y el de su generación- por la búsqueda de otras fronteras que contribuyan a enriquecer la tradición a la que pertenece. ¿Cuál? La que han forjado directores como Enrique Bellande, Raúl Perrone o el rapidísimo Lisandro Alonso.

En Carancho se revelan el molde del cine policíaco, el thriller, el suspenso –tres vertientes de una misma atmósfera alrededor del miedo-. Sosa (Ricardo Darín) le ofrece toda su energía a la corrupción que representa, hasta que el amor suaviza un tanto –no del todo- sus miserias, subyugado por la salvación que significa ante el caos la presencia de Luján (Martina Gusman).

Una historia criminal, de amor trágico, escrita con la fortaleza, no sólo del cine, filtremos también a la literatura, que define a la geografía argentina como un lugar de garantía y excelencia narrativas. Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre, Trapero: cuatro autores para un solo propósito, la construcción del carancho cinematográfico, donde se aprovecha la realidad de los accidentes automovilísticos multiplicados en las vías, vista de manera singular en un mundo claustrofóbico.

Ante lo conocido masivamente a través del periodismo, la ficción lo transforma en algo excepcional, que sólo existe según el talento del realizador. En Carancho importa el testimonio del canibalismo, pero el relato está por encima de la sociología. Sus hechos criminales pueden comprobarse, pero los personajes de Sosa y de Luján sólo pertenecen al mundo que se representa durante la proyección, no sólo por la magnitud dramática de Darín y Gusman, también por la creación de una historia que reinventa el mundo en sus propios términos: aparte del guión, su tono irrepetible se consigue por el dramatismo del sonido, según Federico Esquerro, por la fotografía de Julián Apezteguia, que subraya con distintos registros de iluminación el temperamento escénico de la historia, y por el carácter emocional que decide la edición para acentuar la intensidad del ritmo, según el ojo y el sentido de los cortes trabajados por Ezequiel Borovinsky y, de nuevo, por Trapero, el director como artista multiusos.

Una película que dialoga con el público más allá de sus fronteras domésticas, pues la mezquindad no tiene límites, mucho menos cuando sobrevuela, como el carancho, la carne fresca de un cadáver y cae sobre él manifestando el canibalismo de todos contra todos sin ninguna compasión.