Calamidades recurrentes, ¿emergencia permanente?

NO HABÍA TERMINADO 'EL NIÑO' de 2009 cuando ya se anunciaba que 2010 sería el año de 'La Niña'. Más de dos millones de damnificados directos dejó este fenómeno invernal.

Y, ahora, con los cuerpos de agua todavía rebosándose, se consolida, con gran fuerza, la siguiente temporada de lluvia: de los 32 departamentos del país, 13 están ya en alerta roja. Frente a la urgencia del desastre, se entiende que el Gobierno Nacional le siga dando prioridad a la atención de la emergencia humanitaria y a la reconstrucción inmediata de la infraestructura. Pero, si el clima sigue trastornado como creen los meteorólogos, ¿haremos de la atención a las calamidades nuestra nueva normalidad? La llegada, otra vez y de manera enlazada, del invierno ha generado una preocupación adicional: ya no se trata sólo de la dificultad del país para atender las catástofres sino de su radical incapacidad para prevenirlas. La naturaleza no deja de sorprendernos, pero no así el hecho de que los eventos extremos nos cogen siempre mal parados.

Prepararnos para las inclemencias del clima es un asunto difícil, de largo plazo y políticamente incomprendido. En otros lugares la llaman construcción de resiliencia en el sistema social y ecológico integrado y tiene que ver con la capacidad de gestión de lo que en ecología se conoce como variables lentas. En nuestro caso, la causa del problema es de fondo y está aguas arriba. El suelo de páramo y la selva andina que contribuyen a regular el ciclo hídrico requieren miles de años para formarse y sólo una política pública prolongada podría contribuir a conservar o recuperar el servicio de regulación de los ecosistemas de la alta montaña. Pero, capturada por los ciclos electorales, la política pública no tiene posibilidad de gestión sostenida.

Es precisamente por ello que preocupa, en especial ahora, de cara a los desastres, la ligereza con la que el Gobierno Nacional ha decidido sobre la institucionalidad ambiental. No podemos seguir dando tumbos, y menos aún, tumbos equivocados. Enhorabuena la Corte Constitucional frenó la improvisada reforma de las CAR, que debían atender las consecuencias, con el riesgo de alejarse aún más de la prevención de las causas, y también la reforestación comercial, insólita respuesta a la emergencia ecológica. Pero, ¿qué hacemos ahora?

Gran parte de la discusión está girando en torno del llamado ordenamiento territorial, que ha sido tradicionalmente político, centrándose en la distribución del poder y el reparto de los beneficios del Estado. Esto tiene que cambiar, de la misma forma que su enfoque: la ordenación del territorio, más que de una adecuación adicional de la naturaleza para servir las necesidades humanas, se debe tratar del reordenamiento de la población y las actividades económicas para propiciar la adaptación de la sociedad. Por eso la tarea más urgente para la atención de la emergencia crónica es de largo plazo, la cual, por lo demás, ya es hora de asumir.

Hoy se habla de Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, que necesariamente deberá tener instrumentos de intervención transectorial, entre otras cosas, para evitar que en la carrera hacia el crecimiento económico sigamos construyendo vulnerabilidades. El presidente Santos tiene un importante potencial de liderazgo en los temas ambientales, pues cuenta con una academia organizada calificada y una ciudadanía consciente. Ojalá lo aproveche y canalice estas condiciones a través de una cartera bien definida y enfocada, con las más altas calidades técnicas, pues la crisis climática nos deja un preocupante sinsabor: los decretos hablaron de emergencia, pero la agenda ecológica, que por naturaleza habla en términos de variables lentas, todavía está por verse.

 

últimas noticias