Caos tras victoria de Goodluck Jonathan en Nigeria

El triunfo del mandatario saliente en las elecciones presidenciales del sábado pasado en Nigeria desató una ola de violencia en el norte del país.

Una nueva ola de violentas protestas se ha desatado en Nigeria, el país más poblado de África (con 150 millones de habitantes) y la segunda economía del continente, como consecuencia de los resultados de las elecciones presidenciales celebradas el sábado pasado. La victoria del mandatario que aspiraba a ser reelecto, Goodluck Jonathan, volvió a evidenciar las profundas diferencias históricas entre el norte musulmán y el sur cristiano.

El triunfo del candidato cristiano, del hegemónico Partido Democrático Popular (PDP), fue rotundo. De acuerdo con la Comisión Electoral, de los 39.5 millones de votos, consiguió el 57% mientras que el aspirante por el Congreso por el Cambio Progresista, el exdictador musulmán Muhammadu Buhari, sólo obtuvo el 31%. Gracias a este resultado, y al haber obtenido más del 25% de los votos en 24 de los 36 estados de la nación, Jonathan se alzó con la victoria en primera vuelta.

A los pocos minutos de conocidos los resultados, los seguidores de Buhari, salieron a las calles de los estados norteños de Kaduna, Gombe, Adamawa, Katsina y Sokoto a protestar. Quemaron carros, iglesias, la cárcel de Zaria, causando la fuga de centenas de presos, y hasta la casa del vicepresidente, Namadi Sambo.
Aunque las autoridades no han revelado el número de muertos, algunas organizaciones
internacionales hablan de centenas. La Cruz Roja Internacional calcula que desde el domingo pasado cerca de 16.000 personas han abandonado sus casas en el norte del país. Con la intención de frenar la ola de violencia, el presidente Goodluck Jonathan decidió enviar tropas del ejército a la región norte, mientras que el gobernador de Kaduna, Patrick Yokowa, se vio forzado a imponer un toque de queda por 24 horas.

Algunos habitantes del norte de Nigeria han asegurado que todo esto es un gran malentendido que se debe a la falta de conocimiento sobre los procesos electorales que tienen los jóvenes, sumado a las denuncias de fraude lanzadas por el propio Buhari. “La juventud sólo ha visto la gran aceptación de Buhari en sus barrios y no entienden que eso no ha sucedido en otros lugares”, le aseguró el consultor Audu Grema, perteneciente a la etnia Hauna del estado de Kano, a la revista The Economist.

Un hombre con suerte

La carrera política del presidente reelegido Goodluck Jonathan (53 años) ha sido meteórica y muchos aseguran que su éxito se debe a su nombre y a que siempre está en el lugar indicado. Su buena racha comenzó en 1999 cuando este doctor en zoología de la Universidad nigeriana de Port Harcourt, asumió como gobernador del estado de Bayelsa, un año después de haber aceptado ser el compañero de fórmula del candidato a la gobernación, Diepreye Alamieyeseigha. ¿La razón? su jefe fue destituido del cargo por corrupto.

Gracias a su buen desempeño en el puesto, la cúpula de su partido, el PDP, lo escogió para que acompañase a Umaru Yar'Adua en las elecciones presidenciales de 2007 con la intención de llevar a cabo un programa de gobierno ambicioso que tenía como eje acabar con la violencia en el sur del país y luchar contra la corrupción.

Luego de tres años de gobierno en los que el Yar'Adua tuvo logros importantes en materia de seguridad, al conseguir por medio de una amnistía el desarme de los grupos rebeldes del Delta del Níger, sus problemas de salud lo sacaron de la arena política permitiendo así el ascenso de Goodluck Jonathan al máximo cargo del país, paso que quedó en firme tras la muerte de Yar'Adua en mayo de 2010.

Desde entonces, Jonathan tuvo que sortear toda clase de tensiones políticas que empezaron a brotar como consecuencia del vacío de poder dejado por el mandatario. Una lucha que terminó el domingo con el anuncio de los resultados de los comicios presidenciales, calificados como los más limpios desde el fin de los 15 años de dictadura militar en 1999 por parte de los observadores internacionales.

Ahora el presidente electo tendrá nuevos retos. Disminuir el índice de pobreza que actualmente roza el 70%, bajar la tasa de inflación del 11.6%, acabar con el problema de los secuestros en la región petrolera y mediar en el conflicto entre grupos musulmanes y cristianos, son solo algunos de los desafíos que deberá afrontar.

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