Chernobil, 25 años después

Tras dos décadas y media, aún no están claras las consecuencias del peor accidente radiactivo de la historia.

Cuando en la mañana del 26 de abril de 1986 un detector de radiación en la central sueca de Forsmark marcó un nivel muy elevado en el ingeniero Cliff Robinson, quien llegaba a su trabajo, los operarios de la planta iniciaron los procedimientos de rutina para encontrar la fuente. La mayoría del personal fue evacuado y unas horas después se convencieron de que no había nada en la central. La fuga estaba en otra parte, determinaron.

La central nuclear “V.I. Lenin” había sido inaugurada en 1977 y al acercarse a su décimo aniversario había tenido un sólo incidente importante, en 1982 cuando el núcleo de uno de sus cuatro reactores había sufrido una fusión parcial. Desde entonces se habían realizado varios ensayos reales para observar la manera cómo los reactores se comportarían en una situación de emergencia.

Un experimento que  buscaba comprobar si en caso de una parada repentina la energía producida por el reactor bastaría para mantener funcionando el sistema de refrigeración hasta que se activaran los generadores diesel de emergencia había sido aplazado en varias ocasiones debido a que la alta demanda de energía haría bajar la producción.

Sin embargo, el 25 de abril se decidió hacer la prueba. El reactor elegido, el número 4, ya había comenzado a bajar su potencia cuando se recibió una última orden de retardar el test. Otra central había tenido problemas y era necesario que la de Chernobil la remplazara. Los preparativos del experimento recomenzaron antes de la medianoche, pero las condiciones de operación del día hicieron que la potencia a la que el reactor debía apagarse fuera difícil de alcanzar. Conforme los operarios variaban la longitud de las barras de rodio que controlan la reacción al interior del núcleo, éste se enfriaba o calentaba demasiado. Los técnicos estaban inseguros sobre la consecuencias de estas variaciones y el responsable de la prueba Aleksandr Akimov, decidió que era preferible no continuar.

Su superior Anatoly Stepanovich Dyatlov, sin embargo dio la orden de seguir adelante. Las cosas se salieron de control, pero en los segundos que siguieron los dispositivos que debían enfriar el núcleo fallaron uno tras otro y la cubierta del reactor, que pesaba mil toneladas, voló.

Minutos después llegaron los primeros bomberos. Sabían que se exponían a altas dosis de radioactividad pero no tenían alternativa. “Decíamos que había tanta radiación que seríamos muy de buenas si amancecíamos vivos”, recordaba hace unos años el capitán Anatoli Zakharov, en una entrevista con Adam Higginbotham de The Observer.

“En la guerra uno siente el dolor, escucha los disparos, escucha las balas. En Chernobil todo era silencioso. No podíamos entender por qué en realidad era tan peligroso pero tampoco sabíamos si podríamos escapar”. El testimonio es de Grigory Alexandrov, uno de los “liquidadores” que el equipo del periodista francés Christian Laemmel entrevistó el pasado marzo para la cadena France 3 Alsacia. “Su mujer nos dijo que antes de su misión en Chernobil era un hombre activo y deportista que nunca había pisado un hospital. Poco después de su regreso, comenzó a sentir una debilidad creciente en los músculos”, cuenta Laemmel. Como todos los “liquidadores” que el grupo de periodistas encontró en su viaje, Alexandrov, a pesar de los diplomas y la medalla que recibió por su trabajo no pudo volver a trabajar. A los 38 años recibió un certificado legal de invalidez.

Los bio-robots

Cuando el incendio del reactor cuatro fue controlado en medio del temor de una nueva explosión que destruyera los reactores vecinos se planteó el problema de cómo remover las toneladas de escombros radiactivos que habían quedado esparcidos en centenares de metros alrededor del reactor. Al principio se utilizaron excavadoras a control remoto, que sin embargo no podían moverse en el terreno con la facilidad necesaria. Luego dos robots alemanes  presentados como la herramienta perfecta. Antes de que levantaran una sola piedra, sus circuitos dejaron de funcionar a causa del alto nivel de radioactividad.

Entonces hubo que recurrir a los humanos, que podían ir a donde los robots no llegaban y por eso recibieron el nombre informal de “biorobots”. El oficial fue “liquidadores”. Llegados en tren de todas las regiones de la Unión Soviética, estos hombres eran transportados hasta los alrededores de la central en autobuses y camiones que estaban tan irradiados que nunca podrían volver a ser llevados fuera de la zona contaminada. Una vez allí, y desde los edificios cercanos que habían sido reforzados con bultos de boro y plomo, cada uno debía tomar una pala, correr hasta el reactor, empujar los escombros hacia el interior o recoger algunos kilos de roca para depositarlos en un contenedor. Luego correr de regreso al refugio.

El tiempo total de la operación, incluido el regreso, no podía exceder dos minutos, quienes lo hacían en cincuenta segundos se ahorraban los vértigos, vómitos y desmayos que sufrían los más lentos.

La Agencia Internacional de Energía Atómica  (IAEA, por sus siglas en inglés) y la Organización Mundial de la Salud afirman que no hay pruebas concluyentes de que la exposición a la radiación tenga que ver con los casos de leucemia y las secuelas que sufren los “liquidadores”.

Cada día laboral, de las ocho de la mañana a las seis de la tarde un grupo de activistas conocidos como Los Vigías la sede de la OMS Ginebra para denunciar el acuerdo 12-40, un documento firmado en 1959 y que obliga a ese organismo y la IAEA a no pronunciarse sobre ningún tema antes de llegar a un acuerdo común. Según ellos, este acuerdo ha impedido un estudio serio sobre las consecuencias de la salud sobre los hombres y mujeres que participaron en las operaciones de liquidación. Dicho estudio, afirman, sería extremadamente perjudicial  para la imagen de la industria de la energía nuclear. Eso explicaría también que las cifras oficiales se mantengan alrededor de 4.000 víctimas directas e indirectas de la tragedia, mientras varias organizamos independientes hablan de entre 500.000 y un millón de muertes.

“Lo que piden es que dejen de minimizarse las consecuencias de la tragedia. Chernobil no es cosa del pasado”, dice Catherine Fuchs, directora de la Asociación de Apoyo a los liquidadores y víctimas de Chernobil quien ha documentado las acciones de Los Vigías. Fuchs coordina además acciones para obtener el reconocimiento legal de los liquidadores, esos hombres prematuramente envejecidos y sus viudas a quienes ha ido conociendo a través de campañas en Rusia, Ucrania y Bielorrusia. “A pesar de lo que se diga oficialmente, tienen enormes problemas para que se les reconozcan sus derechos. Miles de mujeres han visto a morir de cáncer a sus esposos que ni siquiera alcanzaron a  cumplir cincuenta años y siguen esperando la pensión o el apartamento que les prometieron hace décadas”.

Los niños de Chernobil

Las viudas de los liquidadores en las fotografías de Fuchs son las madres de los personajes que aparecen en del fotoreportero norteamericano Paul Fusco que pasó dos mesesvisitando las zonas contaminadas viendo a esos niños que, según un testimonio que acompaña la presentación se su sitio Internet http://www.paulfuscophoto.com “no caminan, apenas si se arrastran para comer”. También en este caso La posición oficial de la IAEA es que, aparte de un aumento en los casos de cáncer de tiroides en los niños que tomaron leche contaminada de vaca contaminada por haber comido hierba contaminada en los días posteriores a la explosión, tampoco hay casos documentados de malformaciones o problemas de fertilidad a causa de la radiación.

“Uno tiene ciertas ideas respecto a lo que es la radiación. Después de este viaje le puedo decir que esas ideas siempre se quedan cortas”,  dice Laemmel, “lo que puede hacer la radioactividad es inimaginable y más en una población con condiciones tan precarias”,
La asociación francesa Niños de Chernobil, que cada año organiza visitas de verano de niños ucranianos ha la región francesa de Alsacia, realizó en el 2006 una medición de radioactividad a 61 niños provenientes de todas partes del país. Seis de los niños, aquellos que venían de aldeas ubicadas al norte de la zona de la explosión, presentaban una radioactividad de hasta cinco veces superior a la normal para un adulto. Todos ellos habían nacido como mínimo diez años después del accidente.

Los niños de los que habla  Laemmel viven en  Nobozybkov, doscientos kilómetros al norte de la planta nuclear. Dos décadas y media después, la radioactividad medida en unas veinte ciudades de la frontera entre Rusia y Belarrusia es tan alta como en la Zona Prohibida de 30 kilómetros alrededor del reactor y que abarca la ciudad abandonada de Pripyat.

Pueblos fantasmas

La evacuación de la ciudad, construida en la década del 70 para alberga a los trabajadores de la central se realizó en calma a partir de las dos de la tarde del 27 de agosto. A sus 50.000 habitantes, con una edad promedio de 26 años y hasta entonces felices de vivir en una ciudad moderna y a la medida, les dijeron sería temporal y por eso los equipajes fueron ligeros. Unos pocos han regresado y comparten la zona prohibida con inmigrantes de otras regiones que ganan la vida desvalijando poco a poco los edificios, autos y fábricas abandonadas.

Desde enero del 2011 las autoridades ucranianas han permitido la organización de recorridos turísticos en los que los visitantes pueden observar no sólo las construcciones invadidas por la vegetación sino algunas especies animales desaparecidas de la región antes de la catástrofe.

Este “renacimiento de la vida silvestre” y la idea de crear una reserva natural que recibió el martes pasado el aval del presidente ucraniano Víktor Yanukovych, enfrenta también a autoridades y asociaciones ambientalistas, quienes, sin oponerse a la iniciativa sostienen que la insistencia sobre ese punto es una manera de minimizar as consecuencias de la radiación sobre los ecosistemas de la región y la cuestión de las personas  obligadas a abandonar sus casa y que nunca fueron reubicadas.

Un problema que no sólo no se ha resuelto en Ucrania sino que continúa en crecimiento en Belarús, donde el procedimiento cuando en una aldea se descubre una tasa elevada de radioactividad sigue siendo utilizar retroexcavadoras para empujar, si es necesario toda una fila de casas en una fosa recién cavada que raramente es marcada.

En el poder desde 1994, el presidente Alexander Lukashenko nunca ha sido amigo de la transparencia sobre las consecuencias de la radioactividad, que de ser admitidas generarían importantes obligaciones para el país. Varios científicos han pasado tiempo en prisión luego de hacer públicas sus opiniones  sobre el tema y si el Instituto Belrad de Minsk, la única institución independiente en el país en lo que respecta a estudios sobre los efectos de la radioactividad, logra pagar el sueldo de sus empleados es gracias a donaciones recibidas por  parte de asociaciones y ONGS de Europa occidental.

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