Cine en contra de la guerra

Racismo, poder y violencia son descritos y enjuiciados de manera inspiradora a través de las imágenes en este filme.

En la reseña se define el drama de la película: “Ajami, el barrio de Jaffa, es un crisol de culturas y de situaciones conflictivas entre judíos, musulmanes y cristianos. Con el vaivén del tiempo, a través de los ojos de distintos personajes, atestiguamos la dificultad de las circunstancias por las que atraviesa el barrio”.

Sus directores: Scandar Copti, palestino, y Yaron Shani, judío. Su tema: el racismo, el poder y la guerra, descritos y enjuiciados de manera inspiradora en el cine. Sus personajes: Nasri, un joven de 13 años de edad, y su hermano mayor, Omar, amenazados, como toda su familia, después de que un tío hiriera al miembro de otro clan; Malek, un palestino refugiado, joven e ingenuo, que trabaja ilegalmente en Israel para costear la cirugía que le salvará la vida a su madre; Binj, otro palestino que sueña con un futuro prometedor al lado de su novia judía; Dando, el policía judío que busca de forma desesperada a su hermano menor, un soldado desaparecido en medio de las balas y la incertidumbre del conflicto.

Para alabar el talento de sus realizadores podríamos utilizar el tipo de adjetivos que suelen respaldar a una película: “¡Asombrosa! ¡Un logro de la inteligencia cinematográfica! ¡Un testimonio descarnado, brutal y profundo de la guerra entre judíos y palestinos!”.

Ajami (2009) es esto y mucho más. La película, además de establecer una complicidad creativa y política entre sus directores, conduce al espectador hacia la intimidad del conflicto entre judíos y palestinos, describiendo con un ritmo vertiginoso el mundo de los personajes que recorren las calles de Jaffa como enemigos viscerales de sus adversarios.

El guión y su puesta en escena recuerdan la forma hecha fórmula a la manera del cine según González Iñárritu (Amores Perros, 2000; Babel, 2006): un desmembramiento del tiempo y el espacio, encontrándose los personajes en el transcurso de la historia por circunstancias que se tornan trágicas cuando el azar y sus coincidencias propician un crimen.

Dos horas de proyección en las que se resumen tanto los años que desataron el caos en Jaffa desde la década de los años 40 hasta hoy, como la renovación del cine en términos de agilidad audiovisual y narrativa, utilizando a la máxima potencia la edición que moldea las emociones del público. Una “ficción” que recuerda las tragedias de la realidad con un ritmo implacable, sirviendo la forma al desarrollo del relato y de su testimonio.

Acaso el conflicto que vulnera a los palestinos sometidos por la arrogancia judía y a los judíos atacados por la desesperación palestina dure hasta que la Torá o el Corán revelen con su sabiduría una solución. Mientras tanto, películas como Ajami o como Líbano (2009) —ópera prima del joven director judío Samuel Maoz (Tel Aviv, 1962), por la que acompañamos a cuatro soldados que promedian los 20 años de edad en la atmósfera claustrofóbica de un tanque durante la Primera Guerra del Líbano en junio de 1982, arriesgando sus vidas en la expedición por la que deben rescatar a unos paracaidistas en una ciudad cercada por comandos sirios—, continuarán rechazando la guerra y demostrando que el arte, si no contribuye del todo a transformar el rumbo de la civilización, al menos no es silencioso o apático ante la tragedia.

¿Por qué el cine ahora? Para vencer la terquedad del poder y su arrogancia. Para no olvidar lo que señalara Maoz cuando recibió por Líbano el León de Oro en el Festival de Venecia como Mejor Película del evento en 2009 y lo dedicó “a las miles de personas en todo el mundo que, como yo, regresaron a salvo de la guerra. Aparentemente están bien, trabajan, se casan, tienen hijos. Pero en su interior la memoria permanece destrozando sus almas”.

Los directores de ‘Ajami’

No es común encontrar una película dirigida por dos personas y menos aún cuando sus orígenes han estado marcados por las fronteras más allá de los países. Scandar Copti es palestino del Estado israelí, nacido y criado en Jaffa, que conoció a Yaron Shani, israelí judío, cuando este último era director del Festival Internacional de Cine Estudiantil de Tel Aviv.

Puesto que se trataba de una historia árabe-judía, los dos concuerdan en que nunca hubieran podido hacerla solos y sin la intención de escuchar y de relacionar las perspectivas del otro lado. “Escribimos Ajami porque queríamos contar la historia de gente que conocemos y, a través de ellos, quizá, transmitir algo de todos nosotros, la trágica ambivalencia de la realidad humana”.

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