Confesiones de la Semana Santa

Aunque no lo parezca, las históricas procesiones han cambiado. Hasta se comercializan espacios en las calles por donde pasan.

Cuenta la leyenda que hace más de dos siglos casi son fusilados en plena Semana Santa el general José María Obando, dos veces presidente de la República, y el lancero legendario general Juan Gregorio Sarria, ambos cargueros de la Virgen de los Dolores. Era Martes Santo, día de la procesión de La Dolorosa. Los hidalgos llegaron en sus caballerías desde las afueras de Popayán. Despojándose de sus armaduras, ambos vistieron la túnica del penitente, cambiaron las aceradas espuelas por alpargatas y sus espadas las convirtieron en alcayatas. Sus rostros fueron tapados con el capirote bajo y los dos guerreros salieron a cargar. A pesar de todas las precauciones, el enemigo político ya sabía que iban en la procesión.

Con esa devoción, fe y valentía cargaron sobre sus hombros la Virgen de los Dolores. Pocos metros antes de llegar a la iglesia de San Agustín, en el centro de la ciudad, las tropas del gobierno los rodearon para actuar al final de la procesión. Sin embargo, un santo y seña planeado por Obando hizo que otros dos cargueros llegaran a reemplazarlos para que ellos huyeran entre la multitud. Pichón, pichón, fue la palabra clave. De ahí en adelante el ‘pichón’ se convirtió en un personaje más del ritual, hoy conocido como ‘Pichonero’, el encargado de reemplazar un instante al carguero, a la salida o a la llegada de la procesión.

Esta leyenda que poco conocemos fue el inicio de un cambio en la tradición de las procesiones de Semana Santa en Popayán. El gobierno decidió desde ese día, a través de un decreto, suspender el capirote bajo, con el que los cargueros tapaban sus rostros, como aún lo hacen en señal de penitencia en Andalucía y Sevilla, España.

Desde entonces, la figura del carguero ha sido mirada de distintas maneras. Según Mario Córdoba, miembro de la Junta Pro Semana Santa, éste es el protagonista de la noche. Con su túnica de Nazareno y la alcayata que calma su fatiga, es el que se roba las miradas de una multitud de feligreses que desfilan con cirios alumbrando su rostro y dejando ver su espléndida elegancia. A estos personajes los seleccionan los síndicos, que son las personas a quienes la iglesia les encomienda los pasos.

Rafael Rosero es profesor de filosofía de la Universidad del Cauca, para él las procesiones de Semana Santa en Popayán no son una expresión cultural del pueblo. “En Timbio, a 13 kilómetros de Popayán, este ritual es propiamente del pueblo. Tanto los pasos, los santos, los síndicos, quienes desfilan y la organización. Basta con observar quiénes son las familias, los apellidos, el posicionamiento social, económico y político de los síndicos de los pasos de Popayán”. De hecho, el síndico del Santo Cristo de la Veracruz es un exgobernador del Cauca, César Negret Mosquera. El actual secretario de Gobierno del Departamento, Álvaro Grijalba Gómez, es el encargado del paso de El Señor Caído.

“Es algo que se hereda”, dice Felipe Velasco, presidente de la Junta Pro Semana Santa y síndico de El Santo Cristo: “Hay pasos que llevan muchos años en la misma familia. El legado ha ido de padre a hijo. Por ejemplo, este año se condecorará a la familia Illera por sus 75 años de síndicos de El Cristo del Miércoles, pero no es porque sea una familia millonaria”.

Mientras tanto, a la antropóloga María Cecilia Velásquez no le gusta que el Carguero, por su imagen heroica, haya empezado a ser el protagonista de la procesión, después del histórico paso por el capirote bajo: “No puede supeditarse el estatus social al estatus del carguero. Su estatus queda aparte en el momento en que se ponen el túnico y se meten debajo del barrote”. Aún así, todos los años llegan los senadores de la República que son del Cauca, y cuando hay elecciones presidenciales, los candidatos, como lo hizo el año pasado el hoy presidente, Juan M. Santos.

Cuando tembló la tradición

Con las guerras de Independencia, luego de la crisis de los años 30 y de la dura situación económica que atravesaba Colombia, el ritual empezó a caer peligrosamente, dice la historia. El maestro Guillermo Valencia fue quien decidió reunir un grupo cívico y en 1937 crear la Junta Pro Semana Santa, hoy encargada de organizar este rito de más de cuatro siglos.

Desde ese tiempo hasta hoy han sucedido infinidad de situaciones que describen un ritual que se conserva, pero también que se transforma, al ritmo que lo hace la ciudad.

Tradicionalmente uno de los personajes típicos y representativos del ritual ha sido la Ñapanga, hoy conocida como la Sahumadora. La encargada de llevar un pebetero de fuego e incienso constelado de claveles delante de los pasos para ir limpiando con el aroma del sahumerio ese camino de pecados. Era una mujer de piel morena descendiente de los esclavos. Sin embargo, “eso sí ha cambiado”, dice la antropóloga Velásquez, “y cambió cuando la hija de un presidente de la República, natural de Popayán, quiso ser Sahumadura en las procesiones. Entonces esa figura dentro de la manifestación religiosa se volvió de más representación. Ahora las niñas que se presentan para la selección son muchas y la clasificación que hace la junta es rigurosa”.

Tan rigurosa que hace dos años la reina del Cauca que fue señorita Colombia en 2009, Michelle Rouillard, no clasificó para Sahumadora porque se cortó el cabello, lo que le impidió hacerse trenzas, uno de los requisitos fundamentales de este personaje.

Pero quizás el peor momento que han vivido las procesiones de Semana Santa fue el terremoto del Jueves Santo de 1983. El centro histórico de la ciudad quedó casi en ruinas. El movimiento telúrico sacudió no sólo la tierra, sino toda una tradición de siglos: “Luego del terremoto, una migración muy fuerte a la ciudad cambió mucho la tradición que estábamos apenas recuperando”, dice Felipe Velasco, presidente de la Junta Pro Semana Santa. “Migró gente que no asimiló como propia la tradición. El respeto al silencio, por ejemplo. Como no conocían, les daba por aplaudir, por hablar, por muchas cosas que no se hacían antes en la procesión”.

Ese cambio brusco, dice el filósofo Rafael Rosero, hizo que Popayán, entre 1993 y 2005, de acuerdo con el censo del DANE de 1993, llegara a incrementar su población en más de 100.000 habitantes. “El gran problema es que las personas no migran solas, migran con sus tradiciones culturales, sus universos religiosos y simbólicos, sus modos de ser, estar, pensar y actuar en el mundo”, asevera Rosero.

Entre lo sagrado y lo profano

En Sevilla, España, la llaman así: “Gran fiesta de la primavera”, porque el clero nunca ha compartido “el esplendor callejero de las procesiones de la pasión. Ceremonia sensual donde la dialéctica vida-muerte es una constante”. Río donde se “vivifica el ser de la ciudad”. En Andalucía tienen un carácter más turístico y quizá más profano, cuenta el historiador Édgar Penagos Casas en su libro Popayán, recuerdos y costumbres.

En Popayán algunos creen que la Semana Santa es eso, tiempo y espacio donde los payaneses se desplazan desde las periferias hacia el centro histórico para reconocerse. Mientras tanto, los que llegan vienen a reencontrarse con amigos, familias o con una semana turística de muchos eventos culturales.

Pero esa fiesta sevillana acá en Popayán es llamada “parranda santa”, como la han bautizado los jóvenes de la ciudad. En este tiempo, se llenan los bares más que de costumbre y hay un incremento en el dinero que ingresa normalmente a la ciudad. En 2005, según un estudio que realizó la Junta Pro Semana Santa, la ciudad recaudó $25 mil millones en sólo seis días.

“Conservar cada paso cuesta $25 millones, restaurarlo vale más”, dice Velasco. Pero mientras a la ciudad le ingresaba todo ese dineral nunca apoyaban las procesiones, al menos como un gesto de agradecimiento por parte del comercio. Por eso la junta resolvió buscarle patrocinadores a la tradición. Hoy venden la ubicación de pendones en ciertos puntos estratégicos por donde pasa la procesión. El espacio en una esquina del centro para cuatro lábaros que llevan la imagen de un santo y debajo el nombre de la empresa cuesta $29 millones. También reciben dinero de la firma que desee donar los porta-cirios,  encargados de proteger de la cera que se derrite lentamente en las manos de los alumbrantes. Antes cada persona podía llevar un pedazo de cartón de su casa.

Existen otros eventos alternos que se realizan durante la Semana Mayor. Las artesanías, los conciertos de música, exposiciones gastronómicas, florales y, en fin, toda una comercialización en una semana que no sólo es de reencuentro espiritual, sino que hoy también asiste a un cambio quizá moderno, como lo ha hecho Popayán.

Por estos días de nuevo recordamos la entrada triunfal de Cristo hijo de David a la ciudad Santa de Jerusalén y Popayán acude a ese ritual que vivifica la muerte y resurrección de Jesús. Muchos Colombianos y extranjeros llegan a la legendaria ciudad de próceres, a la Popayán que ya no usa capirote bajo porque sus hijos ahora quieren desfilar heroicos y libres por las calles cuadradas del centro histórico. Ya las iglesias se embellecen y el centro también, las campanas se escuchan lánguidas desde lejos, los redoblantes suenan y el orgullo de los marchantes es mayor, las tropas de las FF.AA. abundan en los desfiles, como en época del general Obando, ya no para fusilar a nadie, sino para demostrar, dice un payanés, la fuerza que ha adquirido la seguridad democrática en el país. Hace un año, recuerda él, en la procesión del Viernes Santo había “demasiados militares” con sus fusiles. Marcharon firmes en la procesión, que recuerda que hace casi dos mil años el cielo y la tierra se conmovieron porque en el Gólgota enlutado Cristo había muerto.

Los más visitados en la Semana Mayor

Son varios los destinos turísticos religiosos que anualmente miles de feligreses visitan durante la conmemoración de la Semana Santa en Colombia. Entre los más frecuentados por los católicos se encuentran el Santuario de Las Lajas en Ipiales (Nariño), construido en honor a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Las Lajas; la Basílica a del Señor de los Milagros en Buga (Valle del Cauca), reconocida como el Destino Espiritual de América; la Catedral de Sal de Zipaquirá, en Cundinamarca y el Santuario de Monserrate (Bogotá), en donde se encuentra el Señor Caído.

Otra de las celebraciones más ancestrales es la que se lleva a cabo en Mompox (Bolívar), en donde los pobladores adornan con sus joyas las figuras de los santos que desfilan durante las procesiones por las calles. Una tradición que se remonta a épocas coloniales cuando las personas adineradas donaban las joyas para expiar sus pecados y buscar la salvación eterna.

Una tradición que se va perdiendo

Algunos cambios se han visto también este año en la celebración de la Semana Santa en Sincelejo. Allí, la Diócesis decidió modificar  las tradiciones del Domingo de Ramos para cumplir el cronograma  de la conmemoración. El borrico bayo orejón que por años transportó la imagen de Jesús en su lomo para recorrer la procesión fue reemplazado por uno de varilla, papel y almidón elaborado por el artista Gabriel Tavares. La razón: el burro de verdad se resistía a seguir caminando porque la multitud lo aturdía y  retrasaba la tradicional celebración. Así las cosas, la Iglesia católica en Sincelejo empezó a innovar, pero a la fuerza, quizá con la misma con la que el animal de verdad se resistía a seguir el camino hacia la Plaza Olaya Herrera, centro de la ciudad.

 

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