Contra viento y marea

Pese a que la situación económica ya no es tan boyante, los árabes de Maicao se aferran a La Guajira.

Verdaderamente Jesús, ante Allah, es como Adán. Lo creó de tierra, luego le dijo: ¡Sé! Y fue. Corán 3:359

En el inmenso patio interior de la mezquita de Maicao, la segunda más grande de Latinoamérica, docenas de jóvenes juegan basquetbol entre risas y trotes rápidos. Falta una hora para el llamado al último rezo de la tarde. Se escuchará, entonces, la voz quejumbrosa de un hombre —de espaldas a la entrada del salón sagrado— cuyo cántico triste será seguido por la llegada de hombres y mujeres: primero se despojarán de sus calzados, luego pisarán la alfombra de arabescos alargados, antes de tenderse e inclinar sus cabezas contra el suelo.

Durante la mañana, al igual que de lunes a viernes, 420 niños y adolescentes asistieron puntuales al colegio colombo-árabe Dar El Arkam, donde los hijos de los miembros de la colonia se mezclan con los de antioqueños, guajiros y, también, de la etnia wayuu. En los 90 la población estudiantil sobrepasaba los mil párvulos, pero la crisis y la reducción de la colonia han afectado las matrículas.

El hijo de Mohamed Aljammal y de Nura Mattar, Ali, de apenas siete meses de edad, no estudiará en el emblemático instituto árabe, pues los padres se irán pronto a Francia con el recuerdo de su natal región del Valle del Bekaa, en Líbano, y de las imágenes borrosas de almacenes con vitrinas vacías, calles rotas inundadas por baratijas y apartamentos que quedaron a medio construir.

Ali aprenderá en otro colegio de musulmanes que la palabra Islam significa paz, obediencia y sumisión de la humanidad a la voluntad de Dios, y que el hombre y la mujer que aceptan su soberanía y se rinden su voluntad serán conocidos como musulmanes; y no mahometanos, término erróneo y ofensivo al espíritu del Islam.

Nura, sin conocer el pensamiento ni las opiniones de Amer Dabage, dice que ella y Mohamed, su esposo, practican el Islam, pues el objetivo en la vida es hacer el bien. Por eso rezan sus cinco oraciones diarias —pese a que ella es sunita y Mohamed, chiita—, rechazan el terrorismo de Bin Laden, pero recuerdan que el líder de Al Qaeda trabajó con EE.UU. y lo que supo de terrorismo lo aprendió de las fuerzas armadas norteamericanas. “¿Dónde hay más terrorismo: en Osama bin Laden o en EE.UU.?”, dice.

Mohamed trabajó en China y habla cinco idiomas. Nura estudió inglés en Líbano y, mientras alista maletas, convive con su hijo y su esposo en el apartamento que tiene alquilado, Wafa Awada, su madre. Wafa viste las tradicionales prendas de las musulmanas, pero Nura sólo en ocasiones especiales. Como ahora, cuando dice que no cree que Bin Laden esté muerto, pese a que Mohamed afirma que sí. O cuando expresa que comparten  la molestia de sus gentes porque Bin Laden no fue sepultado según el ritual musulmán.

—Nura, ¿por qué no cree en la muerte de Bin Laden?

—Porque Estados Unidos muestra mucho lo que hace –responde–. Para ellos, Bin Laden es un triunfo, un trofeo. Y que no lo hayan mostrado, que lo hayan tirado al mar de esa manera, la verdad…

—¿Quién fue el autor o autores del atentado del 11 de septiembre?

—EE.UU. tiene que ver mucho en eso. No sólo los árabes lo sabemos, sino los americanos. Pero quieren echarles la culpa a otros. Hay un propósito claro: invadir países con petróleo.

Wafa Awada, quien asintió siempre las afirmaciones de Nura, apoyadas en sentencias de Mohamed, y en la súplica de que haya paz, decide acompañarme a la mezquita Omar Ibn Al-Khattab. En la esquina de un alargado mesón de madera fina está Amer Dabage, presidente de la Asociación Benéfica Islámica. Más acá, Maruan Ibrahim, y al frente suyo, Hassan Jomaa, experto en el Corán, cuyo libro abre una y otra vez entre sus manos.

Amer es un árabe amable y decente, pero ahora revela una desconfianza que se expresa en la mirada fija y en las primeras respuestas. Éstas son, apenas, monosílabos y tajantes “no señor”. Suda. Luego, su amabilidad aumenta y dice que forma parte de una colonia pacífica que se ubicó en Colombia desde 1900, la primera oleada, y después en 1940, año en que llegaron inmigrantes a Atlántico, Bolívar y Magdalena: “Los árabes aparecieron en Maicao en 1950. Trabajadores e integrados a la sociedad colombiana, dejamos huellas culturales y nos enriquecemos de la cultura guajira. Somos parecidos culturalmente”.

Horas antes del encuentro en la mezquita, Amer indagó, en su almacén, acerca del propósito de la entrevista, recordó las tergiversaciones de que han sido víctimas y habló de la entrega de un comunicado de prensa que lució escueto. Al fin y al cabo, sobre la colonia rondan también el fantasma de Bin Laden y los rumores de conexiones con el terrorismo de las alas extremas del Islam. Por eso, es enfático al decir que los dos mil descendientes de árabes que hay en Maicao —muchos nacionalizados y pocos con cédula extranjera— son una comunidad ejemplar que jamás ha tenido contactos con el radicalismo islámico.

—¿Hacia dónde va el pequeño mundo árabe de La Guajira?

—No pensamos salir. Aquí vivimos con nuestros hijos, muchos profesionales. Ya somos parte de la cultura guajira. Nos hemos integrado con nuestros hermanos wayuu y las colonias costeñas y paisas. Hay una integración total.

Al final agradece al pueblo colombiano por la paz que disfrutan en una región que se desperdiga a raíz del resquebrajamiento comercial. Él lo admite, pero recuerda que también son colombianos desde la segunda generación. Y remata con una especie de llamado al que también se suman Maruan y Hassan: la mezquita está aquí, abierta para todo el que quiera reconocer que Allah es uno solo, que Muhammad es su profeta y que el Corán contiene leyes a las que deben someterse.

Melancólico retrato

La presencia árabe en Colombia ocurrió por oleadas, la primera de las cuales llegó al país finalizando el siglo XIX. A mediados del siglo XX tuvieron lugar otras, que se extendieron por  Atlántico, Bolívar y Magdalena, en donde adquirieron gran relevancia política, cultural y económica, siendo éstas claves para que el país sea lo que es hoy.

Así, por ejemplo, se especializaron en el comercio y trajeron estrategias novedosas, como la venta a domicilio y a crédito.

Pero no sólo hubo colonias en la Costa Atlántica. Procedentes de Venezuela, aparecieron en Santander y Boyacá otros grupos de los que por ese entonces eran llamados erróneamente como “turcos” , debido a que ingresaban al país con pasaporte del Imperio Turco Otomano.

No pierden sus tradiciones

Pese a que están  completamente adaptados a la cultura colombiana, los árabes de Maicao, en La Guajira, mantienen también vivas sus tradiciones artísticas, gastronómicas, comerciales y hasta políticas.

Por ello no resulta  extraño encontrarse con que observen la televisión árabe para informarse sobre lo que ocurre en Oriente Medio, el mundo árabe e incluso en otras latitudes en las que ellos son minoría poblacional.

En La Guajira también están hermanados con la cultura indígena wayuu, con la cual dicen tener semejanzas que van desde las tradiciones orales, hasta su actitud frente a la vida y su forma de asimilar la cultura.

 

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