Cuestión de nombre

Informe de concejal asegura que operan en ocho localidades. Autoridades dicen que son sólo delincuencia común. Se trataría en todo caso de la misma inseguridad ciudadana.

Esta semana, hasta el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, salió a intervenir en el debate: el fenómeno de las bandas criminales (bacrim) no se presenta ni en Bogotá ni en Cundinamarca. En todo el país operan siete, pero en la ciudad no se han registrado. La misma versión en la que ha insistido en varias ocasiones recientes la secretaria de Gobierno distrital, Olga Lucía Velásquez. Según ella, el Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana determinó que este tipo de grupos no existe en la capital. La polémica la ha venido encendiendo desde el Concejo el cabildante Antonio Sanguino, quien luego de una investigación que arrancó en 2009, cuando empezaron a aparecer panfletos amenazantes en algunas localidades, asegura que aquí sí hay presencia de las llamadas bacrim.

El informe recoge datos de la Corporación Nuevo Arco Iris, de la Fundación Ideas para la Paz, de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, de la Policía Metropolitana y de la misma Secretaría de Gobierno. También, testimonios de líderes (jóvenes y adultos) sobre el terreno. Su conclusión es que el autodenominado Ejército Revolucionario Popular Anti Comunista (Erpac), fundado por alias Cuchillo, opera en ocho localidades de Bogotá: Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Kennedy, Bosa, Suba, Engativá, Usaquén y Usme.

Se trataría del rearme de una estructura de origen paramilitar, con presencia en la ciudad, que nunca se desmovilizó, mantuvo su poderío militar, financiero y logístico, y hoy funcionaría ligada al narcotráfico, amenazando, atacando a algunos líderes sociales y desplazados, cometiendo asesinatos selectivos, múltiples y desapariciones, y controlando negocios como los juegos de azar, los préstamos de dinero (el pagadiario o gota a gota), las casas de cambio y el robo de combustible.

Los argumentos de la tesis no son pocos: el politólogo Mauricio Acosta, quien encabezó la investigación, explica que los primeros indicios los dieron los panfletos que aparecieron hace dos años amenazando a miembros de distintas comunidades, a nombre de las Águilas Negras, el Erpac, los Héroes Carlos Castaño, Grupos Anónimos de Limpieza Social, el Bloque Capital, Desmovilizados del Cacique Nutibara y Desmovilizados del Bloque Centauros.

Entonces, los investigadores se animaron a repasar la historia reciente: “Hasta 2005 existían en la ciudad tres estructuras pertenecientes a las Autodefensas (ver infografía), sólo uno de tres bloques se desmovilizó. Muchos se rearmaron y lo hicieron alrededor del llamado Erpac, al mando del extinto Cuchillo. Su poder, antes limitado por acuerdos entre los diferentes comandantes, se expandió a voluntad”.

Y encontraron más indicios: Informes de riesgo de la Defensoría del Pueblo de 2007 y 2008, que señalaron que en la capital hacen presencia grupos armados ilegales que han incursionado de manera sistemática en algunos barrios. Luego, un cruce de los datos de homicidios. “Una de nuestras hipótesis es que el incremento de los homicidios en la ciudad está ligado a la presencia o disputa de grupos armados ilegales. Si tomamos como punto de referencia las UPZ (Unidades de Planeamiento Zonal) señaladas por la Defensoría del Pueblo se puede corroborar que en estas zonas el número de homicidios de 2009 a 2010 se ha incrementado en promedio en un 40% y en algunas zonas en más de 100%, como en la UPZ Tintal Sur, con un 170%, y en la UPZ El Tesoro, con un 250%”, dice Acosta.

Por último, dicen haber reafirmado todo con testimonios de los residentes de algunas localidades, quienes anónimamente contaron detalles de los grupos, como el tipo de armas que les ven portar a sus miembros, “armas largas, fusiles, típicos de las bacrim”, prosigue el investigador.

La tesis es desvirtuada de un tajo por Rubén Darío Ramírez, director del Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana, para quien lo que opera en la capital no son más que bandas delincuenciales tradicionales. Prueba de ello sería el hecho de que una de las principales características de las bacrim (término que acuñó hace dos años el Ejército para referirse a los grupos de ‘paras’ desmovilizados que se rearmaron) es el dominio de un territorio. “Y en Bogotá no hay ni un centímetro vedado para las autoridades”.

En igual sentido, la secretaria de Gobierno insistió en que “no existen” las bandas criminales en la ciudad y que, más allá, el debate ha generado “pánico en algunos sectores que piensan que estamos en Medellín o en la Costa”. La funcionaria reconoce, eso sí, a los grupos de delincuentes organizados para hurtar viviendas, o robar carros o dedicarse al narcomenudeo. “Y no vamos a descansar ni un minuto hasta desarticularlos a todos”.

¿Qué significaría para la ciudad lo uno o lo otro? En concepto de Sanguino, la precisión ayudaría nada más y nada menos que a establecer el camino de lucha que las autoridades deben seguir. Como sea, y como lo evidenció recientemente una encuesta de la Cámara de Comercio, la percepción de inseguridad subió, así que lo que los ciudadanos quieren sin duda es tranquilidad.

La tesis de las bacrim en la capital, infografía aquí