Cultura mafiosa

LA SUPERINTENDENCIA DE SALUD ordenó la semana pasada la intervención del grupo cooperativo Saludcoop, luego de encontrar varias irregularidades en sus reportes administrativos, contables y financieros.

Estas irregularidades venían siendo denunciadas de tiempo atrás, entre otros, por el senador Jorge Enrique Robledo y por el periodista Daniel Coronell. Este último, en “Padres e hijos”, una de sus columnas semanales, ponía de presente, por ejemplo, que el presidente del grupo, Carlos Gustavo Palacino, tenía muchos más activos que los que su sueldo en una cooperativa, por ley sin ánimo de lucro, le permitirían. En la lista figuran un lujoso campo de golf, una urbanización y su participación en una sociedad limitada para vender seguros de salud, Medisalud. Palacino tomó las riendas de la EPS a mediados de los 90. Desde entonces, consiguió que la empresa creciera 47 veces. Es decir, logró que Saludcoop casi que triplicara anualmente su tamaño durante 17 años seguidos. Esto, en un país que, como bien lo sabemos, no logra que su crecimiento siquiera sueñe con tener dos dígitos.

Una historia no muy distante a la de ‘Los nuevos cacaos’, como hace cinco años llamó en su portada la principal revista de actualidad en el país a los primos Miguel, Manuel y Guido Nule. “En tiempo récord han construido un conjunto de más de 30 empresas que facturan más de 200 millones de dólares anuales, emplean a unos 5.000 trabajadores, están presentes en varios países de América Latina y tienen en su hoja de vida más de 2.000 obras de infraestructura dentro y fuera de Colombia”, se leía en aquel artículo de Semana. En ese entonces, el mayor, Miguel Nule, tenía apenas 37 años. Y 28 años tenía David Murcia cuando hace tres años la misma revista aseguró: “Murcia es lo que se podría llamar una versión moderna del ‘rey Midas’: con su esquema de negocios logra que a la gente se le multiplique el dinero”. Semana aclaró entonces que no se sabía si de lo que se trataba era del futuro ministro de Hacienda o de uno de los más hábiles estafadores, una salvedad legal importante, la misma que hacemos hoy con Saludcoop.

Pero, ¿nos exime tal prudencia de una censura activa? ¿Fuimos los medios lo suficientemente críticos? No. Ni fue el Estado lo suficientemente hábil. De hecho, al entonces presidente Uribe se le salió que el desastre de DMG “pudo haber sido falta de regulación” y por ese descuido las demandas contra el erario no cesan. Pero, ¿se trató de una falla exclusiva de los cuatro poderes responsables? Tampoco. ¿Por qué?

Suena duro decirlo, y más aceptarlo, pero la cultura mafiosa, que nos es tan propia, es la que antes que una sospecha, siente atracción por los “emprendedores”. Quizás en regiones apartadas del país, donde bajo las siglas de DMG se leía ‘Dios Mío Gracias’, pueda concederse que honestamente se creyera que el dinero simplemente se multiplica. Pero para los demás, y entre ellos funcionarios educados, es elemental obligación saber de dónde viene eso que se disfruta. Algo no muy distinto nos sucedió con el paramilitarismo.

Y esto es importante: hacen también desastres todos aquellos cuellos blancos que bien saben que nada crece demasiadas veces y a pesar de eso se limpian las manos con el conocido “la justicia no se ha pronunciado”. No le corresponde a la ciudadanía juzgar, cierto. Ni siquiera a los funcionarios. Pero no por eso se tiene licencia de aprovechar del barco hasta que se hunda. ¿Podremos reversar tan despreciable cultura? El doloroso proceso que con todos estos escándalos se ha iniciado solamente tendrá sentido si sirve para cerrarles la puerta a futuras manifestaciones. El rechazo social al enriquecimiento rápido, mágico, tal vez sea tan importante como las decisiones judiciales que todos estamos esperando.