Del periodismo amarillo al periodismo basura

Al gobierno británico, a los sucesivos gobiernos británicos, laboristas o conservadores, jamás les ha importado lo más mínimo lo que publicaba News of the World, el equivalente a la edición dominical del tabloide The Sun, porque su propietario Rupert Murdoch siempre se las ha arreglado para llevarse bien con los sucesivos gobiernos, conservadores o laboristas.

Si James Murdoch, el hombre fuerte de los negocios de la compañía en Europa, decidió el teatral cierre del periódico no hay que buscar la explicación en Downing Street, sino en las presiones de sus propios lectores, que no sólo han provocado una importante disminución de tirada, sino que ha llevado a retirarse a 33 grandes anunciantes, a los que, hasta ese momento, el dominical les parecía un lugar perfectamente honorable para publicitar sus productos.

Murdoch no ha adelantado qué piensa hacer con el personal que trabajaba en el diario, aunque sí trató de proteger a la cúpula directiva de la empresa, la que según el primer comunicado oficial era ajena a lo que sucedía, como si el modelo de periodismo que practica desde hace años News of the World no tuviera nada que ver ni con Murdoch, padre e hijo, ni, especialmente, con la actual responsable ejecutiva de News International, Rebekah Brooks, quien ya presentó su renuncia.

El tipo de periodismo que practican The Sun y News of the World desde que fueron comprados por Rupert Murdoch no es el clásico periodismo amarillo, sino que entró de lleno en una nueva categoría, promovida y casi creada por ellos mismos, que podría denominarse periodismo basura y que alcanzó grandes metas bajo un director llamado Kevin Mackenzie. Ni Margaret Thatcher ni después Tony Blair tuvieron el menor problema para relacionarse amigablemente con Murdoch. Fueron curiosamente los propios lectores británicos los que, en ocasiones, marcaron ciertos límites y reaccionaron contra excesos de ese periodismo junk.

Los lectores de The Sun se sintieron ofendidos, por ejemplo, por el pago de cantidades millonarias a los familiares del llamado Estrangulador de Yorkshire, Peter Sutcliffe, para que firmaran memorias prácticamente inventadas. Obviamente los periodistas de The Sun y de News of the World (seguramente como los de otros colegas de la prensa popular británica) no pagaban con una generosa chequera personal, sino que respondían ante un cajero empresarial, que financiaba también, si era necesario, a policías corruptos.

La diversión que han causado siempre las informaciones basura de The Sun o News of the World en el público británico, acostumbrado a tratar con este tipo de medios y a no dar mucha credibilidad a sus escandalosas informaciones, ha desaparecido como por ensalmo en algunas ocasiones. Esta vez ha sido mucho más que las escuchas telefónicas ilegales a políticos o al príncipe Guillermo, la intervención en el móvil de una niña secuestrada y asesinada, una maniobra que dio falsas esperanzas a los padres y que pudo, incluso, dificultar la investigación.

Ahí se acabó la tolerancia del público, como sucedió en 1989 cuando The Sun llegó a perder casi 600.000 ejemplares en pocos días como consecuencia de su cobertura del desastre en el estadio de Hillsborough, donde murieron aplastados 95 seguidores del Liverpool. El periódico provocó la furia de sus lectores cuando inventó historias, según las cuales los equipos de rescate habían sido atacados por hooligans, “que llegaron a orinar sobre los bomberos”. Murdoch consiguió controlar en aquella ocasión la caída de la difusión bajando el precio de sus diarios y ofreciendo concursos con grandes premios en metálico.

La historia de los tabloides de Murdoch es lo suficientemente antigua como para que sea poco razonable creer que News International ha sido víctima del abuso de un grupo de periodistas que actuaban por su cuenta y riesgo, y que se merecen la decisión empresarial de cortar por lo sano. News of the World fue siempre lo que Murdoch quiso que fuera.

* Columnista del ‘El País’ de España.

 

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