Deportivo Cali: una de azúcar

El miércoles, en el estadio verde, Cali derrotó a Nacional 1 a 0 y dio un paso fundamental en sus aspiraciones. El domingo será la vuelta a las 3 p.m.

Cali entró a los cuartos de final con fuerza, en ascenso, como uno de esos caballos de carrera que, ya jugados, son imparables. En muchos sentidos, la serie que comenzó el miércoles ante Nacional fue una buena medida para ese impulso. Para ser campeón, para probar de nuevo la gloria, basta con contar con un poco de suerte y enfrentarlos a todos: incluido a un equipo que, en principio, llegaba mejor al encuentro.

El equipo azucarero interiorizó esos principios y salió a atacar desde el comienzo en el césped maltrecho del estadio de Palmaseca. Esas intenciones, esos bríos iniciales, pero no menos peligrosos, recayeron sobre Andrés Escobar, el delantero que más inquietó el arco de Gastón Pezzuti desde los primeros minutos. A los 3’, con un remate que pasó apenas desviado, y después, con aproximaciones sucesivas. Nacional esperaba y lo hacía en medio de la paciencia y el desconcierto.

Tras más opciones, el buen juego de Cali llegó a su mejor punto a los 38’, rozando el final del primer tiempo, cuando Bréiner Cachorro Belalcázar, tras una notable recuperación de Luis Felipe Chará, remató cruzado, marcó el 1 a 0 y cristalizó con cifras un dominio evidente desde el vamos. Como valor agregado, la dupla de mediocampistas dejaba la impresión de funcionar como motor de su equipo. El gol podía ser un buen ejemplo.

Para el segundo tiempo la tendencia fue la misma: Pezutti, los palos, las llegadas caleñas. A los 7’, el delantero Diego Álvarez estrelló un balón en el arco paisa. Macnelly Torres, el creador barranquillero, continuaba aislado, a medio camino entre el escalonamiento azucarero y su propio (mal) rendimiento. Sin embargo, todo Nacional lucía aislado y errático.

La situación se agravaría con la expulsión, a casi 20 minutos del final, de Edwin Cardona, por un airado reclamo al árbitro. El equipo caleño, aun sin la fuerza del principio, seguía llegando. No era, ni de lejos, un dominio absoluto, pero a Cali le bastaba con lo que hacía para ganar el partido y alimentar un sueño de azúcar.