Desde la distancia

Uno de sus cinco hijos, Álvaro, fue secuestrado hace más de 11 años en Curillo, Caquetá. María de los Ángeles de Moreno volverá a estar tranquila cuando él regrese.

Todo era penumbra. Ella quería correr muy lejos para estrellarse con el infinito. Las voces del televisor, que alertaban sobre una toma guerrillera, la confundían y le hacían desear una sola llamada. Nada. Al teléfono no le daban ganas de sonar. María de los Ángeles de Moreno le puso una vela a la Virgen y le rezó muchas veces seguidas para que él apareciera.

Álvaro Moreno, su cuarto hijo, fue secuestrado un 9 de diciembre en la estación de Policía de Curillo, Caquetá. Un mes atrás la había visitado para ver cómo se recuperaba de una operación de los ojos y pocos días antes le había contado de su traslado. De eso hace ya 11 años.

Que el niño quieto y calmado que caminó a los tres años y tuvo serios ataques epilépticos decidiera al crecer ingresar a la Policía, fue producto del deseo. Y nadie interfirió en ello. No había por qué. Álvaro Moreno había trazado su destino desde que le dijo a su mamá que se pagaría el estudio.

“Era un muchacho muy juicioso, aunque perdió primero de primaria porque, según él, la profesora se la tenía montada. Estudió todo el bachillerato por su cuenta y estuvo becado hasta el último año”, recuerda María de los Ángeles de Moreno.

No fue Sonia Janeth. Ni Judith Jacqueline o Diana Patricia. Ella —62 años, pelo blanco y algo olvidadiza— lamenta, entre muchas otras cosas, que Piero, el gemelo de Álvaro, haya dejado de llamarla. “Tomó esa actitud del desespero porque se llevaron a su hermano”, dice entre lágrimas que condensan su tortura.

Un dolor de noches eternas que se agudiza con la espera por un hijo que está en la selva, por otro que la ha olvidado, por nietos que no conoce, porque el señor que cuidaba acaba de morir. Pero sobre todo, María de los Ángeles de Moreno aguarda para que sea sábado, el día en que va a la estación de radio para enviar los mensajes que viajan con el viento y se dirigen hacia su pequeño. Tan flaco y de barba como lo vio en la última prueba de supervivencia. Era 2009.

“Un saludo a mi querida madre. Quiero decirle que la quiero mucho, que la adoro, que por favor se cuide. Aquí estoy bien y a pesar del tiempo me mantengo. Debe estar firme y tiene que recordar sus enseñanzas sobre el valor, el respeto y la lucha contra la adversidad. Viejita querida, quiero que sigas adelante y lleves este lema: sé valiente, esfuérzate, yo estoy contigo”.

María de los Ángeles seguirá yendo a la Plaza de Bolívar con la foto del hijo del que se alejó por cuestiones de la guerra, para pedir que se lo devuelvan. Ella sólo ansía tenerlo cerquita.

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