Diálogo entre culturas

Olivia Cadaval, curadora del programa, explica cómo se seleccionaron los 100 artesanos y representantes que estarán durante dos semanas en Washington, en el National Mall.

Al National Mall de Washington, ese largo camino arenoso que conecta dos grandes insignias de los Estados Unidos: el Obelisco y el Capitolio, en donde Martin Luther King pronunció su discurso de libertad “‘Yo tengo un sueño” y donde Aretha Franklin cantó sus blues, aterrizará el próximo 4 de julio un Willys destartalado y lleno de bultos de café. También unos bejucos, unas vírgenes con caras indígenas, unas parrillas para cocinar una jugosa mamona. Además, canastos coloridos, máscaras y sombreros de caña flecha.

Este año, Colombia es el invitado al Festival de Tradiciones Populares que el Instituto Smithsonian lleva realizando por 45 años consecutivos. “Este es un festival que busca desentrañar qué es la cultura popular de un país, un festival que ha intentado preguntarse por las maneras más eficaces de hacer que la diversidad cultural del mundo perviva y se conozca”, explica Olivia Cadaval, mexicana folclorista y curadora del programa de Colombia en el Smithsonian.

Durante dos años el Instituto, apoyándose en un grupo de investigadores sociales locales, hizo el trabajo de recorrer la vasta diversidad cultural colombiana. Dividieron el país en seis ecosistemas: el altiplano andino, el Eje Cafetero, la depresión momposina, el bosque húmedo de Pacífico, los llanos y las selvas amazónicas, para así desentrañar la estrecha relación entre las condiciones ambientales y las formas de la cultura. Había que ir más allá del café, las esmeraldas y las orquídeas. “Nosotros estábamos en busca de historias, de personajes complejos, que siendo por ejemplo un minero y encarnando todas esas vivencias de excavar la tierra, también supieran cantar alabaos y cocinar”, detalla Cadaval, quien añade: “Se trata de llevar una experiencia, de poner durante dos semanas a 100 artesanos que reflexionan sobre su oficios, sobre sus vidas y sus comunidades, a habitar un espacio en donde pueden dialogar con americanos y turistas de todo el mundo”.

Pero no sólo viajarán Mary, la cocinera de bocachicos; Casimiro, el de las artesanías de madera, o los niños de los joropódromos del Llano. El festival busca también llevar algo de ese contexto que ha permitido crear identidades tan particulares. Hay que llevar un poco del monte de donde los canasteros sacan sus fibras para tejer, llevar metáforas de ese río que determina tanto el quehacer de los que trabajan con el oro, y todos los elementos que habitan una maloka, aunque su estructura sea imposible de transportar. “Estos artesanos y representantes de la cultura popular colombiana van a vivir y trabajar ahí, así que hay que llevar elementos familiares, la mula del cafetero —esa en realidad la traemos de Virginia—, pero también esos jeeps tan tradicionales de la zona cafetera, que ya desocupados de todo combustible están puestos en un barco rumbo a Washington”, cuenta Cadaval.

Habrá música tradicional, un mercado en donde los visitantes podrán adquirir productos nacionales, festivales gastronómicos en donde el cocido boyacense y las arepas hechas en hornos de piedra deleitarán paladares desconocidos, y unos espacios de conversaciones y foros. “Queremos que la señora de Iowa que tiene marranos y los cría, sienta que tiene algo en común con la señora del altiplano andino, que los de Detroit que hicieron música con su ambiente de fábricas vean cómo los del Pacífico también tradujeron sus maderos en música y así ya no es tan endemoniada Colombia, porque conoces gente de verdad, que tiene una vasta cultura con la que encuentras cercanías y fascinaciones”, concluye la curadora.