Dioscórides, el maestro labrador

Desnudo o con el cuerpo pintado recorre el desierto de Villa de Leyva, mientras libera el espíritu; entonces se funde con el arte de la tierra: una expresión nueva en Colombia que crece como las semillas.

¿Vasconcelos o Dioscórides? Su madre tuvo ese dilema al bautizarlo. Finalmente abandonó la idea de llamarlo con el apellido del poeta mexicano y se decidió por el nombre de un médico griego que descubrió mientras leía un libro de plantas curativas. Quizá por esa causa estuvo destinado a tener contacto con la naturaleza. En su infancia ya se adivinaban los primeros pasos de una carrera palpitante dedicada al arte. Cuando era boy scout aprendió a dejar señales, a reacomodar piedras, a colorear la tierra, a tallarla o dibujar en ella. Se veía venir desde ese entonces una forma nueva de expresión en su vida.


Con el tiempo, se hizo maestro en pintura en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional y cuatro años después, en 1978, se convirtió en profesor de grabado, dibujo y taller experimental en la misma facultad. Pero fue en 1984 cuando descubrió la importancia de la tierra. En ese año viajó a Pekín. Allí realizó un posgrado en arte tradicional chino, aprendió Tai Chi y Chi Gong, lo que él mismo traduce como las artes del movimiento y de la respiración. A partir del viaje estuvo influenciado por el taoísmo, el budismo y el hinduismo. Conoció las tradiciones de la alquimia oriental y del tantrismo y dotó de espiritualidad su mirada del mundo.


El arte rupestre, los petroglifos, las acciones curativas de los chamanes amazónicos: sus cantos, danzas y su pintura corporal. Los monjes tibetanos y los indios navajos con sus efímeras mandalas de arena. Y las exquisitas construcciones de piedra, madera o cristal de agua de Andy Golsworthy fueron su inspiración.


Al retornar a Bogotá, bajo un árbol de urapán, decidió que quería dedicarse al arte de la tierra: esa expresión efímera, de las que se lleva el viento. La misma corriente que nació, según la profesora de la Universidad Complutense, Tonia Raquejo, con los nuevos conceptos originados por la ciencia ficción a partir de los primeros viajes interplanetarios a la Luna. Esa a la que la creatividad, el deseo de amor, paz y de un planeta sin guerra le sirvieron de excusa para su creación a finales de los años 60.


Un caos natural


Los dibujos de Dioscórides Pérez son paisajes o situaciones atiborrados de personajes, o animales que parecen ser parte de un cuento. En sus obras se plantean situaciones imaginarias, asombrosas. Lo mismo sucede con sus performances: parte de la realidad para llegar a la fantasía, de lo cotidiano a lo extraordinario, de lo común a lo sorprendente. El taller que dirige en la Universidad Nacional se convirtió en un laboratorio de juegos corporales: “Es una caja absolutamente blanca y vacía donde, por medio de acciones corporales, provocadas con metáforas y paradojas, se hace visible lo invisible y suceden las apariciones de objetos y construcciones”.


Allí prepara junto a sus alumnos el cuerpo y el espíritu. Con ellos parte a la montaña. El acto de caminar es a la vez una experiencia de meditación profunda. O como él mismo dice: “Una experiencia estética de conciencia y relación con el paisaje, con las formas, sus significados y la historia”. Su land art comienza con lo que él llama metafóricamente “Sembrar bambú en el corazón”. Se trata de una vivencia de meditación cinética para entrar en armonía con la naturaleza. Después de ese viaje acampan en el desierto de Villa de Leyva. Desnudos, o con el cuerpo pintado de colores, o trasfigurado, trabajan con arena, fósiles, minerales, madera, agua y fuego. La piel corporal se funde entonces con la piel del desierto, sobre cuya dermis se evidencian los rastros del mar que alguna vez fue.


El desierto es el lienzo en el que estos artistas pintan su obra. Levantan piedras que estaban inmóviles hace 130 años. Cambian el estado de los objetos. Escarban. Corrigen la topografía. No son arquitectos ni obreros de construcción. Tampoco son parte de Greenpeace ni de cualquier otra organización ambientalista, son artistas del land art, la corriente que se encarga de alterar el paisaje. Pérez fue el primer artista colombiano en hacer performances en China y todo para cumplir de forma creativa con un karma. Fue también el precursor del performance y el land art en la Escuela de Artes Plásticas de la Nacional, cuando en 1972 comenzó con sus actuaciones particulares.


Su trabajo con el land art y el performance está íntimamente relacionado con su labor pedagógica, o como él traduce su oficio: “Con compartir experiencias y enseñar especialmente a ver y sentir”. Sus performances han obtenido numerosos reconocimientos. Con La lección de anatomía e Instrucciones para dibujar una sirena y Trece acciones circulares alcanzó notoriedad en el ámbito artístico colombiano, y con Ejercicios para desandar, hecho en la plaza de Bolívar, llegó a ganar el Festival de Performance de Bogotá.


Varios de los alumnos de “Diosco” —como es conocido en la Facultad— han seguido sus pasos y ahora se dedican a explorar las riquezas del land art adaptando este tipo de arte como una forma de expresión. Tzitzi Barrantes, por ejemplo, muestra a través de diferentes trabajos, como Libro flotante, Hilos de ceniza y Nido de páramo, su compromiso con el performance y el arte de la tierra desde una perspectiva ecológica.


Algo similar ocurre con Yorlady Ruiz, quien está dedicada al trabajo del cuerpo dirigido hacia la defensa de los derechos de las mujeres y a la denuncia de masacres y desplazamientos. Uno de sus más importantes trabajos es Magdalenas por el Cauca, en el que realiza junto con el artista Gabriel Posada una denuncia contra la masacre de Trujillo, ocurrida entre 1986 y 1994.


Otra variación de este arte son las ecoaldeas, lugares donde se practican los cultivos orgánicos y se realizan performances para propiciar la buena energía de la madre tierra. Freddy Jiménez  y Alex Sastoque son dos artistas que se destacan en este tipo de expresión.


Esta es, como dice Dioscórides Pérez, una experiencia estética del cuerpo y el espíritu en contacto con la naturaleza. “Un ritual de empatía con la madre tierra, con su energía y con la belleza y forma de sus mutaciones”. Pero también es la persecución de los hombres que han habitado un paisaje y que dejaron su aliento en forma de señales, símbolos, lugares sagrados y arquitectura.

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