Dolor Monumental

River Plate empató 1-1 ante Belgrano y descendió a la segunda división del fútbol argentino. Graves incidentes se registraron en Buenos Aires.

Eran 110 años. 33 títulos locales, 2 Libertadores, una Intercontinenal. La historia, la banda cruzada. El equipo que había sido un estilo, una máquina, una forma de jugar. La referencia al buen fútbol, a la elegancia. Y, también, al prestigio, al honor, a la clase. River Plate llevaba todo eso a cuestas para afrontar, en Buenos Aires, el partido de vuelta por la promoción ante Belgrano, el equipo que lo había derrotado el miércoles por un 2-0 devastador, casi fulminante.


El partido de ida, en Córdoba (en el centro de Argentina), terminó de encender los miedos. El descenso al torneo Nacional B, la segunda división del fútbol profesional argentino, era una realidad palpable. Y, más que palpable, acechante. Aparte de todo, la situación no dejaba de ser paradójica: el sistema de promedios se implementó en 1983, justamente para que ninguno de los equipos grandes (River, Boca, Racing, Independiente o San Lorenzo) descendiera. Aquel año, el equipo millonario se salvó. Hoy, casi tres décadas después, pierde la categoría.


La pierde el día en que se cumplen 15 años de haber ganado la última Copa Libertadores de su palmarés, la de aquel 2 a 0 frente al América de Cali. De aquel equipo sólo quedaba Matías Almeyda, el mediocampista que volvió al fútbol activo tras varios años de retiro, y que no pudo jugar ante Belgrano por haber llegado al límite de tarjetas amarillas. Almeyda gritó con rabia y algún alivio el primer gol, el derechazo esquinado de Mariano Pavone que, a los cinco minutos del primer tiempo, marcaba el 1-0 y la ilusión: River estaba a apenas un gol de quedarse en la primera división.


Tal vez nadie lo esperaba bien. Lo más razonable era imaginar un partido duro, áspero, complejo. Y esa anotación (que vino después de que el árbitro Sergio Pezzota le anulara un tanto a Belgrano un minuto antes) hacía que todo luciera más fácil, más simple. Que, de alguna forma, la realidad volviera a ser lógica y el equipo grande apabullara al pequeño y se despertara de lo que hasta ese momento parecía un mal sueño.


Con el correr de los minutos el principio ideal se fue desvaneciendo. Y el partido se fue haciendo de ida y vuelta, de más corazón y fuerza que de fútbol. Belgrano no estaba tan cómodo como en Córdoba, cuando era local, pero soportaba como podía los embates. Y se fue al entretiempo con un 1-0 que, a juzgar por los momentos iniciales, le salía barato.


Arrancando el segundo tiempo, el Pirata (como es conocido el onceno de Córdoba) avisó: César Picante Pereyra estuvo a punto de marcar el empate. La llegada funcionó como una premonición. A los 16 minutos, y tras una torpeza de la defensa millonaria, el defensor Guillermo Farré puso el 1-1 y acercó la pesadilla a Núñez. Cuando nada podía ser peor, a los 28 Pavone erró un penal que habría puesto a su equipo de vuelta. El golpe fue tan letal (o probablemente más) que el remate de Farré.  Y River, el mismo equipo en el que triunfaron jugadores colombianos como Juan Pablo Ángel, Mario Yepes y Falcao García, descendía. Y las lágrimas, que se tejían entre la perplejidad, el espanto y la tristeza de hinchas y jugadores, no cedían. Y no cederán, probablemente no cederán. Mientras tanto, los hinchas, que interrumpieron el partido antes del final, destrozaban todo lo que se encontraban, arrojando piedras y pedazos de hierro a lo que los rodeaba. En uno de los peores escenarios, muchos de ellos se agarraron a golpes con otros hinchas. Un móvil de televisión resultó destruído.