"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Dos horas en bote por el río Bogotá

Hace muchos años la ciudad le dio la espalda al afluente y apenas hoy, por causa del invierno, se pregunta cómo superar semejante tragedia.

Lo primero es vestirse con la indumentaria propia para ingresar a una planta nuclear y subir a un bote que, impulsado por remos, se abre paso entre el negro y espeso río Bogotá. El afluente saluda expidiendo nubes de metano y los ribereños se asoman por las ventanas de sus viviendas, ubicadas a centímetros de las aguas quietas, pestilentes y aceitosas.

Pasan pocos minutos antes de encontrar más embarcaciones: latas de cerveza, neumáticos y racimos de botellas al garete. El fétido olor atraviesa los tapabocas industriales. Y si esto es en la superficie, ¿cómo será en el fondo? “Nadie sabe qué hay al fondo y aunque se han hecho estudios físico-químicos no se conoce el efecto de las dinámicas entre todo lo que llega al afluente”, responde Fernando Vásquez, capitán de la tripulación y director de la fundación Verde Vivo. El fondo es un enigma venenoso.

Pero sorpresivamente, también se ven juncos —plantas acuáticas nativas con las que los ribereños fabrican colchones—, poblados por pájaros que aún silban a pesar de la podredumbre. El río está asfixiado, porque el oxígeno en sus aguas es nulo, pero aún vive.

Descontaminarlo es utopía para muchos. Hace tiempos la capital y los municipios le dieron la espalda, le quitaron sus terrenos para levantar viviendas de interés social o condominios estrato seis, le arrojaron basura, lo olvidaron. Durante más de 60 años el río ha recogido las aguas negras de 26 municipios, los desechos de cerca de 430 mil habitantes. La deforestación, las talas, los vertimientos han agotado su capa vegetal y la riqueza de sus aguas.

Ahora el río luce enfermo, abandonado y solo.

“Es posible descontaminarlo”, dice la aspirante independiente a la alcaldía Gina Parody, quien forma parte de la tripulación. “El comienzo es dejar de contaminarlo”, afirma justo cuando aparecen fogatas improvisadas para generar carbón sobre los jarillones, recicladores que deambulan entre el pantano y la basura, tubos por donde industrias informales (tintorerías y curtiembres) arrojan deshechos, y plantas ‘de tratamiento’, como la del Salitre, que también vierte aguas negras en el caudal.

Parody explica que, de ser alcaldesa, exigiría que la planta del Salitre funcionara a cabalidad. “La planta cuesta $4 mil millones mensuales y tiene capacidad para tratar ocho metros cúbicos de agua por segundo, pero sólo trata cuatro m³/seg.”. Los bogotanos pagan impuestos para el tratamiento de aguas residuales. Con esa plata, dice la candidata, se puede descontaminar el afluente.

Pero, por ahora, cada quien lo contamina a su gusto. Las cifras del río son inciertas. No se sabe qué cultivos son regados con sus aguas, ni de dónde vienen las basuras, ni dónde están los vertederos, ni cuántos son. Según Parody, un Observatorio del río Bogotá podría monitorear estos factores, junto con la formación de ciudadanos ambientales que no contaminen.

Tanto paisaje desolador en menos de diez kilómetros —de los 380 que tiene el afluente— recorridos desde la calle 13 hasta el sector de El Tintal, donde un grupo de recicladores metidos entre el lodo ríen socarronamente ante la tripulación con trajes espaciales.