Dos veces sobrevivientes

Este libro reconstruye, a partir de testimonios y múltiples fuentes documentales, la historia de esos hombres que huyendo de los horrores de Hiroshima se embarcaron a Nagasaki, para ahí volver a encontrarse con el demonio nuclear.

“Una forma de amnesia había empezado a afligir a la civilización”. De eso estaba seguro Tsutomu Yamaguchi, uno de los pocos hombres que sobrevivieron a los dos bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, y quien unos meses antes de morir, en enero de 2010, convocó a una serie de escritores y cineastas para encomendarles la misión que le había ocupado toda su vida: no permitir borrar de la memoria humana las narraciones del horror, las lecciones de la miseria. “Si la humanidad no recordaba pronto, si no comprendía que nuke them (bombardéenlos) era la peor maldición que un ser humano podría usar contra otro, entonces quizás toda la civilización se encontraría ya en el tren en el que él había viajado: de Hiroshima hacia algo mucho peor”.

La historia de Tsutomu Yamaguchi y de las otras 29 personas que sobrevivieron a la conmoción más grande alguna vez vivida, que vomitando y con la piel ardida se embarcaron en un tren con rumbo a Nagasaki, en busca de sosiego y de algún vestigio de humanidad, es contada por el escritor y científico norteamericano Charles Pellegrino. Uno de esos cuatro emisarios que Yamaguchi eligió. Otro emisario, el cineasta James Cameron, ya compró los derechos de la novela de Pellegrino y ha anunciado públicamente que después de Avatar se embarca en un proyecto de más compromiso.

Cuando se abre el libro El último tren de Hiroshima, en el que Pellegrino recoge múltiples testimonios de los que fueron bautizados como los “dobles sobrevivientes”, sacude saber que las fuerzas más descomunales y mortales de la vida fueron en muchos casos valientemente repelidas por pequeños e insignificantes elementos.

Aquellos que esa mañana del 6 de agosto de 1945 en la población de Hiroshima se vistieron de camisas blancas y dejaron el negro para otro día menos soleado, tuvieron más chance de sobrevivir. Las ráfagas incandescentes de luz y calor que desató el lanzamiento de la primera bomba atómica fueron repelidas, reflejadas por esas camisas blancas. Por el contrario, esos que iban de negro absorbieron con eficiencia toda la luz y el calor y desaparecieron en cenizas. “Desde el momento en que los rayos empezaron a cruzar por sus huesos, su médula comenzó a hervir a más de cinco veces el punto de ebullición del agua”.

Ese mismo efecto de la absorción de la luz fue el responsable de que en las pocas paredes que quedaron en pie de Hiroshima hubieran quedado registradas las sombras humanas o animales de los que en un instante de tiempo anterior caminaban cerca. “Por toda Hiroshima, las paredes y otras estructuras inmóviles preservaron las sombras de las personas y objetos. Cada una de ellas apuntaba a la dirección del fogonazo. La creación de tales imágenes era similar a la pálida sombra de un reloj de muñeca después de unos días de sol en la playa”, explica Pellegrino citando a Patricia Wynne, quien tuvo a su cargo hacer algunas ilustraciones basadas en fotos del estudio de los bombardeos estratégicos de los Estados Unidos.

En otros casos no fue una camisa, sino un pedazo de madera, una colina, el tronco de un ciprés, lo que desvió las ondas destructivas de la bomba y permitió que se crearan lo que los científicos han denominado como “burbujas de protección”, un fenómeno que salvó aleatoriamente a unos cuantos y que les permitió a los expertos observar cómo muchas personas que se encontraban cerca del centro de la explosión, habían salido completamente ilesas, a diferencia de los que estaban más lejos. “Algunas veces el lugar más seguro para estar es el corazón mismo de la explosión”, como les sucedió a Akiko y Asami, que se encontraban a sólo 250 metros del hipocentro.

El libro, que más que un valor literario tiene un escalofriante valor descriptivo, va contando así, con múltiples voces, cómo Hiroshima quedó convertida en una ciudad de ríos evaporados, de cenizas y de sombras, un lugar en donde los caballos rosados, desprovistos de toda su piel, las espaldas quemadas cubiertas de astillas y pastos que el viento había clavado y los rostros humanos hechos llagas se habían convertido en una devastadora mayoría, como si el sacudón de luz hubiera invertido la normalidad y hubiera hecho de los sanos una rareza.

En sus 470 páginas se devela también la historia de los “caminantes hormigas”, esos sobrevivientes que padecerían luego los pavores de la radiación y que vagaron por los restos de Hiroshima sin entender qué había sucedido. Se narran, también, las razones por las que esos hombres, que después de reconocerse con vida buscaron sus lentes y se dieron cuenta de que ya no tenían que usarlos: “algún tipo de presión debía de haber cambiado la forma de los globos oculares”.

Otros apartes cambian el foco de la narración y se concentran en lo que pasaba en Estados Unidos, en los aviones B-29, que volarían a 725 kilómetros por hora y por lo tanto no serían alcanzados por los japoneses, cuya velocidad máxima era de 560 kilómetros; en el físico Luis Álvarez y sus recomendaciones sobre cómo lanzar las bombas, en las amenazas del presidente Truman de tener cientos de armas iguales, cuando sólo tenía en el arsenal una más, y en general en todos los detalles de la operación militar.

El libro finalmente recuerda cómo las tragedias de Hiroshima y Nagasaki estuvieron sitiadas por la censura, cómo el general Douglas McArthur y el llamado Comité del 11 de Septiembre les prohibieron a todos los sobrevivientes publicar nada sobre lo que habían vivido o experimentado. Se adentra en los triunfos de John Hersey, uno de los primeros en romper el silencio, y cuyas entrevistas fueron publicadas en 1946 en The New Yorker, y luego en Hiroshima, un libro de referencia de lo sucedido. También, en el trabajo del doctor Paul Nagai, que desafió el régimen con The bell of Nagasaki.

Cuando se cierra el libro, sacude saber que, aunque la censura era efectivamente ejercida en esos años siguientes al bombardeo, la historia ha ido lentamente callando las voces sobre este tema. Sacude, ahí doblemente, la sabiduría de las palabras de Tsutomu Yamaguchi que preocupadas alertan: “A la gente se le ha olvidado lo que las bombas atómicas son capaces de hacer”.

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