Eco gastronomía: del planeta al plato

Comer es aprender sobre otras tradiciones. Comer es regresar a lo típico para redescubrir esos sabores de nuestros ancestros. Comer es ayudar a la economía de tantos en el campo. En una palabra, comer es cultura.

La vida moderna ha traído al ser humano múltiples beneficios, o al menos así nos lo recuerda diariamente la cultura en la que vivimos. El supermercado es una muestra de ello: la comida viene lista para calentar en microondas, las verduras están peladas y limpias para llevar a las ollas, las frutas vienen en pulpas azucaradas para preparar los jugos cómodamente, y hasta encontramos el ajo y la cebolla hechos polvo para no tener que lidiar con la incomodidad de tocarlos.


Aparentemente, todo esto está bien porque nos ayudan con el estilo de vida acelerado que la mayoría de nosotros lleva. Pero, ¿se ha preguntado alguna vez qué tan beneficiosos son esos productos para la salud?


Sobre el tema hay muchos estudios. Los alimentos procesados contienen tantos azúcares y químicos para su conservación, que no se hace tan seguro ingerirlos. No es fortuito, por ejemplo, que un país como Estados Unidos, donde la alimentación está tan industrializada, también sea una de las naciones con los más altos niveles de obesidad y problemas relacionados con la alimentación en el mundo.


En este punto, la idea del subdesarrollo no me parece tan mala… El hecho de que aún contemos en Colombia (y Latinoamérica) con mercados populares donde los alimentos son traídos directamente del campo, hace que se tenga una pequeña certeza del origen de nuestras comidas.


Sin embargo, hacia donde apuntan la economía, los tratados internacionales y las formas de producción foráneas, es a modelos de provisión de alimentos cada vez más tecnificados, que modificarán tanto la vida del consumidor como la de los pequeños productores campesinos.


Otra pregunta que bien valdría la pena hacerse es: ¿tiene mejor sabor lo procesado que lo hecho tradicionalmente en casa? Creo que en este aspecto, muchos coincidiremos con que no hay nada que pueda igualar una cena preparada por mamá con las recetas de la abuela, por decirlo de alguna manera.


La invitación, a la que lleva esta corta reflexión, es a ser más conscientes de los alimentos que compramos. A dejar atrás el fastidio que puede producir una papa sin lavar en la góndola, (¿sabía que esto la preserva naturalmente?), o la idea de que si viene listo para consumir es mejor.


Comer no es solo suplir la necesidad de llenarnos, comer es uno de los placeres más increíbles, y como tal, hace parte de un proceso que debe ser disfrutado con todos los sentidos. Un proceso que no empieza en la cocina junto al libro de recetas, sino en la tienda o el mercado con los alimentos.


Hay que saber cómo comprarlos, preferir siempre los más frescos, tener en cuenta su estacionalidad y aprovisionarnos de la gran variedad que, sobretodo en países como Colombia, nos ofrecen los pequeños agricultores.


Comer es experimentar con nuevas sensaciones en el paladar. Comer es aprender sobre otras costumbres tradicionales. Comer es regresar a lo típico para redescubrir esos sabores que tanto amaron nuestros ancestros. Comer es, sin pensarlo, ayudar a la economía de tantos en el campo. En una palabra, comer es cultura.


En este Día de la Tierra, hágase un propósito: conviértase en un eco gastrónomo, alguien que aprecia lo que la tierra le brinda, por encima de lo que el supermercado le ofrece.


Por María Carolina Urrego Montoya, colaboradora de Soyperiodista.com

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