El último deseo de Saramago

Se cumplió un año de la muerte del Nobel y su última voluntad: que sus cenizas fueran enterradas en la raíz de un olivo.

El olivo bajo el que José Saramago quería descansar en paz no está en Azinhaga, la aldea portuguesa donde nació. Pero su viuda Pilar del Río se encargó de llevarlo desde ese pueblo hasta la también amada Lisboa del Nobel de Literatura, del poeta Fernando Pessoa, de El año de la muerte de Ricardo Reis. Le encontró una sepultura única, en el Campo das Cebollas, junto a la Casa dos Bicos y al río Tajo, frente a la sede definitiva de la Fundación Saramago. Más cerca al día a día de Pilar.

Allí, sobre un camino de piedra, junto al árbol vital del escritor —ya verán por qué—, desde el 18 de junio está escrito el epitafio que la “protectora y defensora” de su memoria le escogió, según había anticipado en entrevista con El Espectador. La última frase de Memorial del convento, la novela que los unió para siempre: “No subió a las estrellas porque a la tierra pertenecía”.

Las piedras son de Pero Pinheiro, de las canteras de donde las sacaban los obreros del país donde levantaron el palacio y el convento que luego se diría que construyó un rey. El artista David de Almeida las utilizó también para moldear un banco en el que desde esta semana se pueden sentar los centenares de turistas que empiezan a llegar de todo el mundo para recordar a Saramago. Como querían Pilar y José, “a leer poemas, a descansar, a pensar, a ser”.

Al fondo sonaron los tambores del grupo Toca Rufar. No menos de mil personas rodearon el olivo centenario. Pilar, la periodista, la traductora de Saramago al español, depositó las cenizas con tierra recogida en la isla canaria de Lanzarote, del jardín de Pilar y José, en el que compartían los ocasos en el otro hogar donde el novelista vivió sus últimos años.

Despojos para abonar las raíces de un olivo. El porqué está en las palabras del campesino autor de Levantado del suelo:

“Me gustaba la soledad. Los largos recorridos por los campos de olivos, bajo la luna. Solo. Esa imagen de la naturaleza intervenida por el cultivo del hombre era mi imagen del mundo”, dijo a la revista Elle de Madrid en marzo de 2007.

“La sabiduría consiste, en el fondo, en tener una relación pacífica con lo que está fuera de nosotros, con la naturaleza. Para mi abuelo, era suficiente con saber el nombre de los árboles, de los animales y tener una idea aproximada del tiempo”, dijo al diario argentino La Nación en mayo de 2003.

En su más autobiográfico libro, Las pequeñas memorias (Editorial Alfaguara), explicó: “En estos lugares vine al mundo… Durante toda la infancia y también en los primeros años de la adolescencia, esa pobre y rústica aldea con su frontera rumorosa de agua y de verdes, con sus casas bajas rodeadas del gris plateado de los olivares… Ignoro en qué momento se habrá introducido en la región el cultivo extensivo del olivo, pero no dudo, porque así lo afirmaba la tradición sostenida por los viejos, de que sobre los más antiguos olivares ya habrían pasado, por lo menos, dos o tres siglos”.

“No pasarán otros. Hectáreas y hectáreas de tierra plantada de olivos fueron inmisericordemente arrasadas hace algunos años, se arrancaron cientos de miles de árboles, se extirparon del suelo profundo, o allí se dejaron para que se pudrieran, las viejas raíces que, durante generaciones y generaciones, dieron luz a los candiles y sabor a los guisos”.

“Por cada pie de olivo arrancado, la Comunidad Europea pagó un premio a los propietarios de las tierras, grandes latifundistas en su mayoría, y hoy, en lugar de los misteriosos y vagamente inquietantes olivares de mi tiempo de niño y adolescente, en lugar de los troncos retorcidos, cubiertos de musgos y líquenes, agujereados de escondrijos donde se acogían los lagartos, en lugar de los doseles de ramas cargados de aceitunas negras y de pájaros, lo que se nos presenta ante los ojos es un enorme, un monótono, un interminable campo de maíz híbrido...”.

“A la casa de mis abuelos la llamaban Casalinho… los olivos estaban marcados en el tronco con iniciales de los nombres de sus respectivos propietarios… A poca distancia de la huerta de mis abuelos había unas ruinas. Era lo que quedaba de unas antiguas malladas de cerdos. Las llamábamos las malladas de Veiga y yo solía atravesarlas cuando quería abreviar el camino para pasar de un olivar a otro. Un día, debía de andar por mis dieciséis años, doy con una mujer allí dentro, de pie, entre la vegetación, componiéndose las sayas, y un hombre abotonándose los pantalones. Volví la cara, seguí adelante y fui a sentarme en una valla del camino, a distancia, cerca de un olivo al pie del cual, unos días antes, había visto un gran lagarto verde”.

“Pasados unos minutos veo a la mujer cruzar por el olivar de enfrente. Casi corría. El hombre salió de las ruinas, se me acercó (debía de ser un tractorista de paso en la tierra, contratado para algún trabajo especial) y se sentó a mi lado. ‘Mujer aseada’, dijo. No respondí. La mujer aparecía y desaparecía entre los troncos de los olivos, cada vez más lejos. ‘Dice que la conoces y que vas a avisar al marido’. De nuevo no respondí. El hombre encendió un cigarro, soltó dos vaharadas, después se deslizó de la valla y se despidió: ‘Adiós’. Yo dije: ‘Adiós’. La mujer había desaparecido del todo. Nunca más volví a ver el lagarto verde”.

A Joao Céu e Silva, editor de Un largo viaje con José Saramago, le dijo en Oporto en 2009: “Una novela mía crece como lo hace un árbol. Si es un olivo, ya se sabe que no alcanzará la altura de un pino; alcanzará la altura propia de un olivo, se detendrá y ahí se quedará. Eso no significa que todas mis novelas tengan que ser pequeñas o grandes… siguen una lógica propia e interna”. Con razón insistía: “¿A qué mejor árbol podría arrimarme?”.

Confirman publicación de novela inédita

Con motivo del primer año de la muerte de José Saramago, su viuda Pilar del Río confirmó en Madrid que “serán los editores” del Premio Nobel portugués, es decir, la española Alfaguara, los que decidirán los detalles del lanzamiento de una novela inédita, que saldrá en todo el mundo a la vez.

Tras publicar Caín, el escritor había empezado una nueva novela sobre la industria bélica y el tráfico de armas, que había titulado Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, un verso del gran poeta y dramaturgo lusitano Gil Vicente. Habrá que esperar a 2012 para que los lectores conozcan cuántos capítulos dejó escritos Saramago y cómo se editarán.

A Colombia podría venir la exposición “José Saramago. La consistencia de los sueños”, fruto de dos años de investigación y curaduría de Fernando Gómez Aguilera, que recorrerá parte de Latinoamérica empezando por México este mes de julio. Más de 500 documentos originales revelan la dimensión literaria y sociopolítica del autor. Las fundaciones César Manrique y José Saramago son las organizadoras.

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