El alma de un orador

GUSTAVO PETRO, el político a ultranza, el ideólogo incansable, rebelde y amante de los discursos y las multitudes, decidió hablar de su otra pasión: la filosofía.

Sonaba la música de los Beatles, la guerra de Vietnam ocupaba los titulares y los ecos de la Revolución del 68 seguían desordenando las ideas de miles de jóvenes. Él no era la excepción. En plena clase, en el Colegio de la Salle de Zipaquirá, y con apenas 15 años, conoció la filosofía, el placer de tejer ideas gracias a los intereses anticomunistas de los curas españoles.

Esos libros  fueron la guía que surtió el efecto contrario. Primero llegó Marx, luego Lenin, después Engels y la lista fue creciendo hasta Mao Tsé, Habermas, Foucault y otros. ¿Y cómo no? Gustavo Petro estaba convencido de que para empezar a pensar, para entrar en sintonía con el alma de cada tiempo era justo dar el paso certero hacia la filosofía. No se equivocó.

¿Para qué sirven los filósofos hoy?

El filósofo es un crítico, el que le anuncia a la sociedad las cosas que están bien, es un precursor. Por eso, si hay un antifilósofo en Colombia es José Obdulio Gaviria.

¿Pero qué tan buenos son los filósofos como gobernantes?

No creo en Platón, quien decía que los mejores gobernantes eran los filósofos, porque cuando cogen el poder pierden la filosofía. La gracia del filósofo, como la del periodista, es que esté separado del poder.

¿Usted en qué posición está?

Hasta ahora he sido un rebelde, un dirigente político. Estudio filosofía pero  desde muy temprano decidí el cambio de la sociedad y no  la crítica a la sociedad.

¿Qué tan amargo puede ser el poder?

El poder es una droga. Primero provoca la adicción, quieres mantenerlo y después deforma la realidad.

¿Y usted no le teme a esa droga?

Un dirigente político debe tener la fuerza suficiente para saber abandonar el poder rápidamente.

Usted tuvo una formación religiosa, ¿en qué cree hoy?

Mi origen intelectual es cristiano católico y creo que me dejó una marca de la cual no me liberé ni me pienso liberar, que es la opción preferencial por los pobres como el mensaje principal del cristianismo. No rezo, tengo una medallita de la Virgen que me regaló mi esposa y mantengo la promesa que los indígenas  koguis me pusieron en la mano.

¿La corrupción es inherente al ser humano?

La corrupción no nació con la humanidad, como dijo hace algunos días un ‘filósofo’ preso del cartel de la contratación, porque está ligada al ánimo de lucro. La guerra, en cambio, es la faceta más profunda de nuestra propia animalidad, muy de la fase machista de la humanidad.

¿Pero usted es optimista?

Claro, de lo contrario no estaría en la política. La política no es otra cosa que un intento de cambiar el mundo.

¿Cree que la humanidad como proyecto fracasó?

No. La humanidad se define por la cultura, y decir que el proyecto humano fracasó, es decir que la cultura fracasó. Aun en las peores circunstancias del ser humano la cultura es la última resistencia.

¿Cuál es la mayor equivocación del hombre hasta ahora?

Eliminar la diferencia. Ahí es donde siempre se equivoca la humanidad. Las cruzadas, las luchas religiosas, los totalitarismos, las dictaduras y los grandes hechos que consideramos erróneos siempre tienen un común denominador y es que son proyectos que tratan de eliminar la diferencia.

¿En quién dejó de creer hace tiempo?

En Stalin, quien en el siglo XX era el gran revolucionario, pero terminó matando a la izquierda. Los deseos libertarios del siglo XIX murieron con Stalin.

¿Por qué se consideran tan peligrosos los pensadores?

Porque cambian el mundo. Por muy abstractos que aparezcan, son los que permiten los cambios.

¿Qué les contesta a quienes dicen que en el país no hay grandes pensadores?

Creo que están silvestres, no son los que escriben los libros y no logran marcar una etapa cultural de la sociedad, pero sí hay. Antonio García es un precursor muy importante, poco conocido en el país, pero reconocido internacionalmente. Aunque no es filósofo, es clave en el pensamiento contemporáneo. También Fernando Guillén, uno de los pensadores más claves y  es poco conocido. Leyendo su obra uno se da cuenta de que no ha sido superada.

Usted se ha caracterizado por ser muy elocuente…

Soy más elocuente en el discurso público que en la conversación. El discurso es un arte porque hay una pasión que junta a la multitud con el orador, todo creador siente la multitud. Hay una energía especial y a mí me gusta.

¿La soledad también lo conquista?

Sí. Después de estar en medio de las multitudes es necesario estar solo para descansar. El mejor espacio para crear es caminar en la soledad. Pero esos lujos ya no me los puedo dar. A veces, cuando salgo del país  puedo recuperar el placer del anonimato, que está ligado a la libertad y  aprovecho para caminar.

¿Cuál es la herencia más pesada que cargan los hombres?

El macho es esclavo de su propio invento, se prohíbe llorar, se prohíbe rendirse, no ser guerrero, no dominar, todas son cárceles que ha construido, pero la diversidad es un mundo que rompe contra eso, por definición acaba lo homogéneo. Lo multicolor, que hoy define la multitud, te saca de esas visiones esquemáticas y mata el machismo, le quita la cárcel al hombre.

¿Qué sensación le produce pensar en la muerte?

La certeza de que llegará. Por circunstancias muy particulares he estado varias veces cerca de la muerte y esa cercanía la desmitifica un poco.

¿Qué tan fuerte es la dictadura de la imagen para usted?

La imagen es una cárcel. Intentó burlarme por esa vértebra rebelde que me recorre.

Sus tres maestros

Para hablar de los filósofos que más lo han influenciado, Gustavo Petro tiene que remitirse necesariamente a tres etapas de su vida.

La primera, en su época de juventud, estuvo marcada por Mao Tsé Tung, según Petro un gran transformador del mundo, quizá la figura central del siglo XX que seguirá sorprendiendo durante años.

Después, como militante del M-19, sería Habermas quien lo sorprendería por establecer que la razón superior es la que surge del diálogo, de la interlocución. Si pudiera reunirse hoy con un pensador, no dudaría en hacerlo con Habernas.

En la etapa más reciente sus ideas políticas han estado marcadas por los planteamientos del filósofo francés Michel Foucault, a quien define como su pensador de cabecera por sus ideas estructuralistas.

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