El aporte de Hakim a la ciencia

Dedicado toda su vida a la mecánica craneana y a producir una válvula que mejoró la calidad de vida de miles de pacientes de hidrocefalia, el neurocirujano colombiano muere a los 88 años a causa de un hematoma cerebral.

Cuando en 1993 la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, ACAC, le entregó el Premio Nacional al Mérito Científico el doctor Salomón Hakim Dow resaltó en sus palabras de agradecimiento: “País que no siga la evolución tecnológica, se va marginando”.

Lo decía porque a pesar de haber decidido ser médico cirujano,  desde que cursaba el bachillerato en un colegio interno en Bogotá, jugaba a la física, hacía mecánica, cacharreaba con aparatos eléctricos, construía sistemas de comunicaciones con transmisores pequeños, y estaciones de radio con las cuales se comunicaba todas las mañanas con su padre en Ibagué. “Como me encantaba la música, mientras él se afeitaba me transmitía el Concierto de Paganini”, me contó el doctor Hakim en una oportunidad.

Fue allí, en la tierra del bunde tolimense, donde vivió hasta los once años, y aprendió a escuchar música, así como a interpretarla. En el Conservatorio del Tolima, muchos años después, en 1996, visitó a su directora, doña Amina Melendro de Pulecio, y recordó viejos tiempos. Se sentó al piano e interpretó un vals de Chopin y un pasillo tolimense. La música lo acompañó siempre.

Y con esa facilidad de hacer preguntas, de satisfacer su curiosidad y de lograr respuestas, le contó a doña Amina que en sus ratos libres estaba investigando la historia clínica del compositor francés Maurice Ravel, quien al parecer había fallecido a causa de Hidrocefalia con Presión Normal o Síndrome de Hakim, enfermedad que describió el doctor Salomón en 1957 y lo llevó luego a ‘cranearse’ la válvula que lleva su apellido, que regula y alivia la presión del cerebro en quienes la padecen.

Esa sensibilidad artística, ese conocimiento científico y técnico, y esa destreza manual forjaron a este hombre que hizo historia en la medicina universal; que fue y seguirá siendo reconocido por la comunidad científica internacional, compartió con sus colegas sus avances, logró que la medicina aplicara sus técnicas y muchos miles de válvulas, cada vez más sofisticadas, se implantaran en la bóveda craneana de pacientes que lograron vivir más y con mejor calidad, gracias a este dispositivo que cada vez es más pequeño.

Les cuento todo esto porque tuve la fortuna de compartir con el doctor Hakim durante unos doce meses, mientras iba recordando año a año su recorrido familiar y profesional, para luego sentarme a escribir un libro sobre su vida y obra.

Viajamos a Ibagué a recorrer su infancia, paseamos por la Plaza de Bolívar y nos acercamos a una de sus centenarias y espigadas palmas: “¿Cómo cree que le llega el agua del suelo a las ramas más altas?”, me dijo. “No, doctor Hakim, yo soy la que pregunto”, seguramente le contesté para disimular mi ignorancia, y porque jamás se me hubiera ocurrido hacer esa pregunta.

Así era Salomón Hakim, el investigador científico y el innovador, aquel que logró fusionar la generación de nuevo conocimiento con su aplicación tecnológica para el bienestar de la humanidad.

Pero también así como padre. “Era mi amigo y mi compañero de trabajo”, me dijo su hijo Carlos, ingeniero biomédico y cómplice de experimento tras experimento para perfeccionar la válvula. Seguían trabajando juntos para entender la mecánica craneana, desde el enfoque hidráulico y médico, en lo que estaban desde hace más de veinte años.

“Toda la labor y toda su enseñanza sigue viva y la continuaremos —prosiguió—. Sólo pedía al menos un año más de vida para que él mismo pudiera ver terminado su trabajo”.

Porque quería volver a su laboratorio y a su taller, con todo tipo de instrumentos y materiales, microscopios, tornos, frascos, soldadores, cuero, alambres y resistencias, donde pasó horas y horas trabajando, y donde sus hijos, siendo aún pequeños ayudaron a cortar piezas, a armarlas y a dar ideas y nuevas posibilidades a la futura válvula.

Los conocimientos de Salomón Hakim, así como su manera de analizar y reflexionar sobre lo más sencillo hasta lo más complicado, siguen vivos, vigentes, y germinarán como semillas para el desarrollo de muchas más investigaciones. No serán como el río Combeima, al que solía escuchar de niño, y que en 1996, cuando se asomó a verlo y encontró solo un riachuelo exclamó: “El Combeima se quedó mudo”.