El beso de Julio Iglesias

No sé si el truco lo aprendió del cantante de pop inglés Robbie Williams, famoso por subir a la tarima a alguna espectadora y besarla para que el público enloquezca, pero esta vez el truco a Julio Iglesias le funcionó.

El beso, a diferencia del de Williams, no fue a parar precisamente en los labios de la mujer que desafió a los musculosos de seguridad del teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá y se trepó en la tarima para abrazar al español de voz dulce y pelos raros. El deseado beso de Julio Iglesias se detuvo más bien sobre los labios de la bailarina y corista caleña que lo acompaña en sus giras. La guapísima colombiana bailaba en el escenario La gota fría, en versión aburrida y orquestal, mientras Iglesias se persignaba. De repente, cuando la joven estuvo lo suficientemente cerca, Iglesias la besó. No hubiera podido jamás intuir la reacción de las mujeres maduras que coreaban sus canciones, pero para mi asombro, todas aplaudieron con aprobación. Para él fue, supongo, una especie de declaración: sigo siendo el mismo de antes. Para ellas, la fantasía de que podría haber sido cualquiera la afortunada de ese arrebato.

Quizás fue ese espíritu de joven que siempre se le ha celebrado al tantas veces casado, lo que no permitió que el concierto se fuera a pique por los graves inconvenientes de sonido… quizás exagere, en realidad creo que el ensordecedor pitico del micrófono sólo le molestaba a Iglesias, y a mí, que veía como extranjera el viaje por tanto romanticismo. Las mujeres a mi alrededor no tenían oídos más que para el embelesamiento del hombre maduro que les cantaba Me olvidé de vivir.

La pierna derecha que lo hacía cojear sobre el escenario —aporreada en los tiempos en que era arquero del Real Madrid y lesión por la cual terminó aterrizando en la música— recordaba a los espectadores que el virtuosismo en el canto no había sido precisamente la razón por la que Iglesias se había convertido en una estrella. Sin embargo, hay que admitirlo, su voz daba algunas buenas notas, pero sobre todo cantaba unas letras que no sé cómo lograban desatar el llanto entre un público que tenía casi tres generaciones de diferencia. Incluso yo, que parecía tan impávida ante sus líricas, terminé sabiendo una, la que según el bronceado cantante fue una de sus primeras, La vida sigue igual, alguna herencia del colegio.

Al final del concierto la gente se volcó sobre el escenario y demostró devoción con ramos. Los guardias intentaron hacer su trabajo, pero esta vez no se trataba de detener a unos rebeldes jovencitos, sino de provocar la calma en unas apasionadas señoras. ¡Qué puede hacer nadie contra una horda de honorables mamás! La escena era como la de un concierto de rock. Quizás me equivoqué y fue Iglesias el que le enseñó el truco a Robbie Williams.

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