El bicentenario del siglo XXI

EL 5 DE JULIO, HACE 200 AÑOS, SE firmó el acta de Independencia en Venezuela.

Hoy, el vecino país se encuentra en una de las más fuertes crisis de su democracia. Ninguno de los próceres de las provincias de Caracas, Cumaná, Barinas, Barcelona y Mérida, ansiosos de arrebatarle el poder a España con la revolucionaria acta, hubiese imaginado tal balance. Uno que ha llevado, incluso, a que varios importantes defensores de la Revolución Bolivariana le den la espalda. Entre ellos, el filósofo Noam Chomsky, quien se unió recientemente a la protesta por la liberación de la jueza María Afiuni, quien se tomó el atrevimiento, por falta de pruebas, de dejar en libertad a un empresario poco afín al presidente Hugo Chávez. Que los jueces no se hayan movilizado en solidaridad, a pesar de las documentadas inadecuadas condiciones de encarcelamiento de Afiuni, del degradante trato que sufrió en el Instituto de Orientación Femenina y de la grave erosión de su salud, además, por supuesto, de su clara inocencia, sugieren sólo, como lo afirmó el mismo Chomsky, “un difícil ambiente de intimidación”.

Y saber que, de los países de la ya separada Gran Colombia, Venezuela pagó la cuota más alta de sangre por la libertad. La mayoría de integrantes del Ejército Patrio pertenecían al vecino país. Más de un tercio murió en la guerra. Y, como de toda guerra, surgieron los caudillos, pero en la repartición, al parecer, a nosotros nos correspondió Santander y sus leyes, mientras a Venezuela, Bolívar y su revolución. Más allá de las más complejas razones históricas de tal evolución, lo cierto es que sólo hasta después de la dictadura del venezolano Marcos Pérez Jiménez, en 1958, se comienza a consolidar un verdadero poder civil y, con él, las instituciones democráticas; aunque débiles por la acordada alternancia de poder entre los demócratas y los social cristianos, esto es, entre adecos y copeyanos. La izquierda, como sucedió en Colombia, eligió la lucha armada. El petróleo, por fortuna, calmó los ánimos. Pero nunca, como insistió en los 40 el expresidente venezolano Rómulo Betancourt, “se sembró”.

Así, con una política llena de altibajos, poco se preocupó Venezuela por la diversificación de su economía. Era de esperarse que, en la segunda administración de Rafael Caldera Rodríguez, cuando el precio del barril de crudo osciló entre los 7 y los 9 dólares, una crisis se desatara. Una de la misma naturaleza de aquélla que originó el “Caracazo” durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Y con los mismos jugadores políticos en el fondo: la corrupción del acuerdo de alternancia fija —similar al Frente Nacional— y la siempre presente tradición militar. El escenario para el teniente coronel Chávez estaba listo. Finalmente, tras un fallido golpe de Estado, en 1999 llegó al poder por las urnas. Al poco tiempo, el precio del petróleo alcanzó el histórico de 130 dólares por barril.

El presidente venezolano, sin embargo, tras tres administraciones seguidas en el cargo, se las arregló para hacer algo aún más histórico: desperdiciar la bonanza más prolongada del país. Cierto, importantes programas sociales se han puesto en marcha y varios indicadores han mejorado, pero el populismo de los subsidios —internos y externos, pues si algo ha conocido Latinoamérica es la “chequera viajera” del presidente Chávez— financiados por los $700 mil millones de los ingresos petroleros se las ha arreglado para conseguir el crecimiento más bajo de Latinoamérica, los más altos índices de inflación, cortes de suministro eléctrico, escasez de alimentos y el desbordamiento de la violencia. Esto, sin sumar las censuras a la libertad de prensa, el desmonte del control democrático de los poderes y la destrucción de las instituciones. Así, lo que comenzó hace 200 años con independencia, hoy, al parecer, avanza sin mucho de ella.

 

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