El cine quieto de Beat Presser

Una muestra de 31 fotografías del suizo, que acompañó al director alemán Werner Herzog.

“Tenía 15 años. Un amigo me llevó a su laboratorio y cuando vi que una imagen de repente se revelaba sobre el papel en blanco, decidí volverme fotógrafo, así de simple”, confiesa el fotógrafo suizo Beat Presser. Con los años, ese jovencito para quien el arte de las imágenes quietas había aparecido como una revelación y se había convertido en su método más fiel de expresión, asumiría el rol de director de fotografía del afamado director de cine alemán Werner Herzog. Terminaría con su cámara Leica, registrando en imágenes inmóviles esas escenas que evidenciaban el hervor del nuevo cine alemán.

Justamente, es la evidencia de ese trabajo, las fotos que inmortalizan un barco que abandonó los ríos para treparse a los imposibles montes de la selva peruana durante la filmación de la película Fitzcarraldo (1981), las imágenes que cuentan la historia de amor entre el histriónico Klaus Kinski y Claudia Cardinale, las que han aterrizado en Bogotá en el Museo de Arte Moderno que abre mañana sus puertas a esta muestra de 31 fotografías de Beat Presser.

“Herzog, no te restringía e inesperadamente te daba mucha libertad cuando estabas en el set con él, claro, con la única condición de que hicieras grandes fotografías. Él hace películas muy apasionantes, sus actores, sus guiones, todo eso tenía que ser traducido en buenos retratos”, recuerda Presser mientras supervisa los últimos detalles del montaje de la exposición.

Presser tiene grandes recuerdos de su trabajo con Herzog, pero no titubea al confesar que esta serie de fotografías es como esa balada de la banda de rock que todo el mundo quiere oír y que sin embargo, están algo cansados de tocar. Está seguro que sus mejores trabajos vinieron después, justo cuando, tras ochos años de aventuras cinematográficas, decidió abandonar el cine y hacerse solo a una cámara. “Años después del trabajo con Herzog, un día después de acabar el rodaje de una película sobre Madagascar, quise dejar el cine ahí. La fotografía era la soledad, la independencia, era más vagabunda y yo necesitaba eso”, explica mientras sin pudor lanza disparos con su cámara en la sala Diana Turbay del Mambo, como si lo que estuviera ocurriendo al frente no pudiera vivirse lo suficiente sin pasar por su lente.

Fue esa renuncia al cine la que llevó a Presser de vuelta a Tailandia. A los 19 años, cuando había renunciado a su trabajo como asistente de fotógrafo de moda y decidió viajar por todo el mundo, sufrió un grave accidente  mientras paseaba por Tailandia. El hospital estaba a reventar, era plena época de la guerra de Vietnam y al desprotegido turista no hubo más remedio que llevarlo a un monasterio de  monjes budistas. Vio en su cama, paralizado, las escenas cotidianas de aquel lugar y supo que su destino sería recorrer el mundo como fotógrafo. Se prometió volver. El fruto de cumplir esa promesa está en una de sus series de fotografías más queridas.

Mientras observa las fotografías que exhibirá en Colombia, parece que esas formas de mirar, pasadas, esos estilos de luz y color de otras décadas le despertaran ciertas añoranzas. “Las cosas en la fotografía han cambiado”, dice con cierta pesadumbre, “sobre todo en los últimos 15 años, con lo digital. Todo el mundo puede hacer clack clack y creerse un gran fotógrafo, sin nada más que saber pulsar el botón, el mercado suscita eso y despoja a la fotografía de calidad y misterio. ¿Pero sabes que es lo que más lamento?, que la gente ya no trabaja en los laboratorios, y el laboratorio, sobre todo, daba unos momentos de reflexión que no tienes en un computador”.