El consenso está en deuda

La guerra política entre los partidos mantiene obstaculizada la posibilidad de aumentar la capacidad de endeudamiento de EE.UU. y darle un aire a una economía cerca del naufragio.

Sobre el verde césped de la base militar de Andrews, en el estado de Maryland, Barack Obama y John Boehner abandonaron la retórica de los ataques mutuos para tomarse con calma las cerca de tres horas que tarda un golfista aficionado en recorrer los 18 hoyos del campo de golf del complejo. Era predecible que el ganador fuera Boehner, porque desde muy joven incursionó en los ‘fairways’. Además, venía precedido por el triunfalismo del Partido Republicano, que en las elecciones de noviembre pasado había obtenido la mayoría en la Cámara de Representantes. Las escenas del juego parecían para los republicanos una cruel y divertida metáfora de la realidad política de los Estados Unidos: Barack Obama conducía el carro que los transportaba de un hoyo hasta el siguiente y su rival —el mismo que al asumir como presidente de la Cámara había asegurado frenar las reformas del mandatario y evitar su reelección— esperaba pacientemente para sacar ventaja en el próximo golpe.

Lo que pasa en el campo, se queda en el campo. En realidad eso no fue lo que sucedió esa mañana de junio pasado, porque en el campo no pasó nada significativo y antes de que ambos jugadores dieran su último ‘putt’ en el hoyo 18, era un hecho que la ‘cumbre de golf’ había fracasado. El presidente fue claro en los días previos: era indispensable para el futuro de la nación que la Cámara aprobara un aumento en el tope de la deuda del Estado antes del 2 de agosto. De lo contrario, el país con la economía más grande del mundo se vería obligado a suspender sus pagos (ver recuadro en la siguiente página) y a declararse insolvente.

Obama invitó a Boehner para conversar en privado a bastantes metros de los micrófonos y sin corbatas apretando el cuello. Sin embargo, la posición del líder republicano ya estaba clara de sobra: el único camino viable para aceptar la propuesta no estaba en un campo de golf y consistía en aumentar en un monto limitado el tope de la deuda (US$917.000 millones) a cambio de una reducción de igual valor en el déficit federal en la próxima década.

Pero, ¿cómo reducir el déficit? Sería necesario el recorte en el presupuesto de algunos programas sociales, acompañado de nuevos impuestos para todos los ciudadanos que anualmente superaran la barrera de 250.000 dólares en ingresos, decía Obama. ¿Más impuestos? “Los aumentos de impuestos son inaceptables y la idea no tiene chance”, respondía John Boehner en una frase que parecía llevar un “sobre mi cadáver” detrás. Y sobre el césped, el poder persuasivo del presidente falló. Esa mañana, en Andrews, por lo menos ambos dieron un aire a su sistema cardiovascular. La preocupación del 2 de agosto estaba a casi mes y medio de distancia.

John Boehner tenía sus razones para negarse. Los candidatos republicanos obtuvieron su triunfo en la Cámara en buena medida por la propuesta de impedir un nuevo aumento en los impuestos, que se mezcló con la desazón hacia un gobierno demócrata que sufría para mantenerse a flote en las aguas embravecidas de la crisis financiera. Además, para entonces el ultraconservador Tea Party confirmaba su estatus de nueva corriente política en los Estados Unidos como una suerte de apéndice del Partido Republicano que cautivó al electorado a fuerza de declaraciones casi viscerales contra los demócratas en el gobierno y, por supuesto, con la garantía de fumigar cualquier intento de aumento impositivo para los ciudadanos.

Y desde entonces la cordialidad se fue agotando a la par que se pasaban los días y el 2 de agosto se veía cada vez más perceptible a simple vista sobre un terreno pendiente y lleno de obstáculos. La segunda propuesta de Obama fue ambiciosa y pretendía que el límite actual de endeudamiento (US$ 4,3 billones) se ampliara en US$2,7 billones, reduciendo los gastos del Estado en una suma idéntica y sacrificando la intención inicial de aumentar impuestos.

Era una idea disparatada para los copartidarios moderados de Boehner, que abrazaban su iniciativa de US$917.000 millones y un sacrilegio para los representantes del Tea Party, que ya consideraban la opción republicana demasiado condescendiente, porque para entonces el debate ya había dejado de ser debate para convertirse en una guerra y en casi todas las guerras hay fundamentalismos. La tensión llegó a un punto tal, que cuando el líder del los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, sugirió darle gusto al presidente para tener a quién señalar como culpable cuando la debacle financiera llegara, los voceros del Tea Party saltaron de sus asientos para llamarlo Poncio Pilatos.

A comienzo de semana apareció Barack Obama en una alocución: “Esta no es manera de conducir la nación más grande de la Tierra. Este es un juego peligroso que nunca se ha jugado antes y que no nos podemos permitir jugar ahora; no cuando los trabajos y la vida de tantas familias están en juego. No podemos permitir que el pueblo norteamericano sea el daño colateral del juego político de Washington”. Un día después, mostrando las armas que en esta batalla sólo pueden estar en manos de la cabeza del gobierno, el mandatario aseguró que no dudaría en vetar el proyecto de Boehner si fuera aprobado, como en efecto sucedió en la Cámara durante la tarde del viernes. El veto no fue necesario. Los demócratas, que gozan de la mayoría en el Senado, rechazaron el plan sin ambages.

Las razones ya habían sido expuestas con anterioridad. Los US$917.000 millones servirían para sostener el pago de los bonos del Tesoro estadounidense hasta enero de 2012, cuando sería necesario negociar nuevamente un incremento en el tope de la deuda. Sería como darle seis meses más de cuerda floja a la economía estadounidense, mientras entre el público crece la desconfianza y la desconfianza se traduce en pérdidas.

La lucha por los votos

Ya no se trata de un juego de golf. Es una partida de póquer, asegura Benjamín Herrera, director de la Maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana. “Es claro que los dos actores en esta disputa saben que lo que está en juego es enorme, no sólo porque de esto depende el destino de la economía mundial, sino porque no pueden mostrarse débiles ante sus electores cuando el próximo año hay elecciones presidenciales. Cada uno está tratando de ‘blofear’ al otro mostrándose como el más fuerte”.

Del verde césped del golf al verde paño del póquer los intereses no cambian demasiado. “¿Cómo les van a explicar los demócratas a quienes votaron por Obama, o más grave aún, cómo les van a explicar a los pobres que su liderazgo no fue suficiente para salvar programas sociales de vivienda y educación, por ejemplo, que serían los primeros sacrificados en el plan republicano?”, se pregunta al otro lado de la línea el analista político-económico Jordan Eizenga, del Centro para el Progreso Americano en Washington. “Es posible que lo castiguen y pierda la presidencia, porque Obama parecía un presidente muy preocupado por el tema social. A los republicanos tampoco les conviene que el endeudamiento le dé al gobierno el dinero suficiente para mantenerse hasta después de las elecciones del 6 de noviembre del próximo año, porque perderían la ventaja que tal vez tienen en este momento”.

La guerra política hace que ahora los contrincantes estén sumidos en una lucha tan radical que van directo al desbarrancadero y de una manera tan rígida que les impide reaccionar. Aumentar el límite de la deuda fue un logro que Ronald Reagan, que era republicano, logró 17 veces y Bill Clinton, que era demócrata, cinco veces en ocho años de gobierno, siempre con el respaldo de la calificación AAA de las evaluadoras de riesgo, la más alta posible.

No obstante, Standard’s & Poor ya avisó que debido a esta crisis de la deuda hay una posibilidad de un 50% de que degrade la calificación en los próximos meses y la firma Moody’s advirtió que puso bajo revisión el estatus de AAA de Washington. De cumplirse estas amenazas, Obama presidiría el primer gobierno en la historia reciente de Estados Unidos que no estaría en lo más alto de la confianza para los inversionistas, y tal vez los republicanos celebrarían con una gran fiesta y la gente diría en la calle que todo es culpa de la Casa Blanca.

En lo que parece ser el último intento del Partido Demócrata, su líder en el Senado, Harry Reid, propuso un nuevo plan para extender el tope en US$2 billones, con igual número de recortes en el gasto y sin pronunciar la palabra impuestos, una apuesta que llegaría con lo justo a pasar el umbral de las elecciones de 2012. A pesar de todo sigue siendo un mal chiste para el Tea Party, que aliado con los republicanos moderados tendría toda la libertad para no aprobarlo. “No puedes negociar si no estás dispuesto a sacrificar algo”, dice Eizenga. Y Herrera vaticina que si hay debacle ambos partidos saldrían a culpar a sus adversarios, a unos por intransigentes y a otros por incompetentes.

Para las elecciones del 6 de noviembre falta poco más de un año y tres meses. Pasado mañana será 2 de agosto.

Los números del déficit estadounidense

59 senadores rechazaron, el viernes pasado, el plan de recorte de gastos aprobado por la Cámara.

1.000 millones de dólares en recortes buscan los republicanos para los próximos diez años.

2.200 millones de dólares en recortes para la próxima década estipula el plan de los demócratas.

2 de agosto es el día límite para que el Congreso apruebe un nuevo tope a la deuda del país.

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