El enredo en Libia

DOS MESES DESPUÉS DE INICIAdos los enfrentamientos entre los rebeldes libios y las tropas gubernamentales, y luego de un mes de iniciadas las acciones militares por parte de las fuerzas de la OTAN, la situación en el país africano parece enredarse cada vez más dado el estancamiento en la guerra de posiciones que no permite tener un claro ganador, así como las discrepancias dentro de la Alianza Atlántica, que ha mermado sus acciones ofensivas y no encuentra una solución política distinta a la salida de Gadafi.

Lo que comenzó con la perspectiva de una rápida victoria por parte de los opositores a un gobierno autoritario que va a cumplir 42 años en el poder, en especial luego del importante ejemplo dado por los tunecinos y los egipcios, parece algo lejano. El apoyo casi unánime de la comunidad internacional hacia los insurgentes luego de conocerse las denuncias de atrocidades cometidas por el régimen motivaron las esperanzas de un rápido desenlace. Sin embargo el dictador resistió y pasó a la ofensiva amenazando con pulverizar a unos adversarios mal entrenados y peor armados que estuvieron a punto de ser derrotados en Bengasi, la capital del gobierno provisional. De nuevo el apoyo externo vino a equilibrar la balanza con la aprobación de la resolución 1973 de la ONU y el inicio de las operaciones aéreas.

Desde entonces el tablero de ajedrez se encuentra en tablas. Gadafi da renovadas muestras de tener más vidas que un gato y apoyándose en sus fieles seguidores, en unas fuerzas armadas que se mantienen leales y en el dinero de los petrodólares, no sólo ha mantenido a raya a los rebeldes sino que los tiene en una posición precaria en Misurata, un puerto sobre el Mediterráneo en la Cirenaica, vital para el ingreso de alimentos y medicinas en un país que se abastece esencialmente de las importaciones. El hecho de que la guerra sea en el propio centro de la ciudad impide a las fuerzas de la OTAN actuar con mayor precisión en sus bombardeos, mientras que las fuerzas gubernamentales machacan sobre el terreno a los insurgentes. De otro lado, francotiradores de élite han causado un alto número de muertos y heridos entre la población civil y los rebeldes, recordando los peores días de la guerra en los Balcanes.

Así las cosas, la estrategia de debilitar al dictador militarmente y obligarlo a dejar el poder no ha funcionado y el deseo de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña de sacarlo a las malas no tiene una perspectiva visible a corto plazo. Washington, que inicialmente tomó la delantera en las primeras etapas del conflicto, prefirió pasar a un segundo plano y el liderazgo dentro de la Organización del Tratado Atlántico Norte está entre París, donde se viene mencionando la opción casi imposible de llevar tropas sobre el terreno, y Londres, que cree que el mandato dado por la ONU es suficiente para lograr el objetivo previsto de la salida de Gadafi. En esta encrucijada el tiempo corre a favor del gobierno y el tema amenaza con convertirse en algo de mayor envergadura al aumentar la inestabilidad en la región, mientras que el continuo incremento de los precios del petróleo sigue afectando las economías de los países desarrollados, que no acaban de superar la situación generada por la crisis reciente.

Mientras tanto en Siria aumentan las protestas contra el gobierno de Bashir el Assad y la violenta represión sigue causando cientos de víctimas. La comunidad internacional censura el uso de la fuerza, pero no toma otras medidas para lograr que el régimen busque una salida negociada. El temor a que allí triunfe un movimiento opositor vinculado a posiciones más extremas en materia religiosa, así como la “tutela” que ejerce Irán en su vecino, hacen que los países que hoy tienen el liderazgo en las acciones frente a Trípoli sean más blandos en su aproximación a Damasco. Es de esperar que un pronto desenlace traiga cierta estabilidad a una región ya de por sí convulsionada, o las consecuencias pueden ser impredecibles a corto o mediano plazo.

 

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