El final de un hombre obstinado

Después de cuatro meses como presidente ficticio de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo fue finalmente capturado.

La resistencia del presidente saliente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, no soportó el asedio de las Fuerzas Republicanas del mandatario electo, Alassane Ouattara, respaldadas por tropas del ejército francés y de Naciones Unidas. La obstinación de Gbagbo en no entregarse lo había llevado al búnker del Palacio Presidencial, donde se refugió durante los últimos seis días. Seis días aprovechados por sus adversarios para abrir el camino hacia su captura con bombardeos en puntos estratégicos de la residencia.

Laurent Gbagbo vivía en el Palacio Presidencial porque en su mundo él seguía siendo el presidente. Las elecciones del 28 de noviembre del año pasado arrojaron dos ganadores: la Comisión Electoral Independiente, que contaba con la supervisión internacional, proclamó ganador a Ouattara con el 54% de los votos, pero el Consejo Constitucional, controlado por Gbagbo, tenía una versión diferente: el 51% de los votos correspondía al presidente, una razón suficiente para anular el conteo contradictorio y proceder a oficializar la reelección.

Pudo haber sido una cuestión de ego. Toda la comunidad internacional reconocía como presidente a Ouattara, quien ante la imposibilidad de posesionarse e instalarse en la que sería su residencia, tuvo que improvisar su sede de gobierno en el Hotel Golf, a donde fue trasladado Gbagbo después de su captura, bajo custodia de la ONU. “Quiero que depongan las armas” y que “se entre en la parte civil de la crisis”, decía el expresidente a sus seguidores cuando ya se encontraba a disposición de las autoridades.

Pudo ser cuestión de ego, porque Ouattara había sido un contradictor suyo desde que en el año 2000 ganó las primeras elecciones democráticas que se celebraron en ese suelo, acostumbrado al colonialismo y al dominio de los militares. De hecho, Gbagbo había sido uno de los símbolos de la oposición contra Félix Houphouët-Boigny, un hombre que ejerció el poder a placer y a opresión de 1960 a 1993. No obstante, él era un símbolo de corrupción también, según expresaba su rival Ouattara.

Y pudo ser cuestión de ego, tal vez, porque no estaba dispuesto a aceptar, desde su búnker, unas condiciones de rendición que no lo exoneraban de acusaciones por violación a los derechos humanos. La Corte Penal Internacional ya lo tenía en la mira para indagar sobre sus acciones como presidente ficticio, cuando ordenó a sus militares combatir por el poder y enfrentarse a los seguidores de Ouattara. Desde diciembre Costa de Marfil estuvo al borde, si no inmersa, de una guerra civil que dejó entre 800 y 1.000 muertos.

Así que el laberinto político en el que se convirtió la nación africana fue de a poco resolviéndose con la ofensiva diplomática de Alassane Ouattara y su equipo, que trabajaba para arrinconar a Gbagbo y para gobernar como si no existiera. Al final, el Palacio Presidencial terminó rodeado por 30 vehículos blindados enviados por Francia y con helicópteros vigilando desde el aire. Las imágenes finales muestran al exmandatario resignado al lado de su esposa Simon, sólo con tiempo de ponerse una camisa colorida antes de salir a enfrentar un destino probablemente oscuro.

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