El FMI busca su nuevo rumbo

La renuncia de Strauss-Kahn a la Presidencia del organismo abrió un pulso de poderes entre los países desarrollados y el Viejo Continente por hacerse con el alto cargo.

El rostro de Dominique Strauss-Khan se ha convertido en el mejor narrador de su propia desgracia. Ojeras profundas, una barba canosa de varios días, las arrugas que se multiplican en su mente y los ojos perdidos son la muestra del ocaso de un hombre que ve cómo su favoritismo a la presidencia de Francia se esfumó por el juicio que se adelanta en su contra por violación y abuso sexual.

Una imagen totalmente alegada del exitoso exministro francés de Economía, el hombre que se codeaba con mandatarios y magnates, el mismo que se había convertido en el salvador de una Eurozona aquejada por los estruendosos déficits fiscales de sus miembros. El alto ejecutivo que acudía a las reuniones del organismo peinado correctamente, afeitado y blindado en costosos trajes y corbatas. El presidente del FMI que aparecía impecable en todos los medios de comunicación.

Su arresto también significaría un cambio radical en el seno del organismo que desde hace 66 años ha decidido el futuro de varias economías. Strauss-Kahn fue elegido en el cargo el primero de noviembre de 2007, y su mandato se destacó por el amplio papel que le otorgó a las economías emergentes.

Sucedió en medio de la crisis económica mundial que azotó al planeta a finales de 2008, la cual impactó las finanzas de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea, sus principales contribuyentes. Cuando varios Estados acudieron ante la banca multilateral para pedir préstamos que salvaran sus finanzas, una de las principales opciones fue el FMI, entidad que se capitalizó con la llegada del francés y que aprobó créditos pos US$91.700 millones en 2010; de ese monto, cerca de US$42.000 millones se emplearon para rescatar las finanzas griegas y se aprobaron alrededor de US$120.000 millones para ayudar a Irlanda.

Su administración también inició el debate para remplazar al dólar como moneda de referencia mundial. Un informe de enero pasado sostenía que aquellos países que no utilizaran la divisa estadounidense en sus transacciones sacarían mayor ventaja si se guiaran con el precio internacional de commodities como el oro y el petróleo. Un discurso que previamente había sido acuñado por China y Brasil, economías que antes habían denunciado la estrategia de un dólar débil impulsada por la Casa Blanca para aumentar sus exportaciones.

De hecho, en los años aciagos de la crisis financiera se vio el auge del denominado G20, el grupo de las 20 economías más fuertes del mundo que incluía a los países emergentes. Ellos tuvieron una fuerte acogida en el seno del FMI, quizás uno de los primeros organismos multilaterales en presentir que el eje de las finanzas mundiales se estaba desplazando de Europa y Norteamérica a Asia y América Latina. Su relación se confirmó a finales de 2010, cuando un documento amplió la participación del G20 en el fondo.

Fue un nuevo respiro para la entidad que nació en julio de 1944 en un hotel campestre de Bretton Woods, Estados Unidos. Los principales poderes de la época, liderados por EE.UU., fijaron un fondo común que estableciera un referente monetario para el mundo (el dólar) y contribuyera al desarrollo mundial a través de desembolsos a sus miembros. Y de inmediato se estableció una regla tácita: todos sus presidentes deberían ser europeos.

En los 66 años de historia del FMI, sólo dos estadounidenses han ocupado ese alto cargo: Anne Osborn Krueger, en 2004, y, la semana pasada, John Lipsky, tras la renuncia de Strauss-Kahn. Su función no ha ido más allá de dirigir temporalmente los destinos del organismo mientras un ciudadano del Viejo Continente es nombrado de manera oficial.

Y es aquí donde el propio Strauss-Kahn se ha convertido en el peor enemigo para los socios europeos del FMI. Tan pronto el organismo aceptó su carta de renuncia, los nuevos poderes en su seno reclamaron la presidencia para sus funcionarios. “En principio, creemos que los países emergentes y en desarrollo deberían tener representación en los niveles superiores”,  anunció Jiang Yu, prtavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China. “La elección del director gerente del FMI debe ser transparente y plural, sin guiarse por el principio geográfico”, replicó, de inmediato, Arkadi Dvorkóvich, asesor de la Presidencia rusa.

México fue más directo y postuló a Agustín Carstens, gobernador de su banco central, como candidato a la sucesión. Una candidatura bastante razonable, pues su currículum consigna que fue subdirector gerente de la entidad entre 2003 y 2006 y su representante para Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, España y su propio país en el año 2000.
 
En su contra juega que el G20 también ha postulado al cargo a otros cinco candidatos de alto perfil. A su favor, que la principal candidata del Viejo Continente, Christine Lagarde, ministra francesa de Finanzas, se encuentra bajo investigación por la Justicia gala en un caso de conflicto de intereses. Otro de los candidatos europeos, el expremier británico Gordon Brown, enfrenta el descrédito de sus conciudadanos por llevarlos a su penosa situación económica actual, en la que el nuevo Gobierno ha recortado programas sociales para hacerle frente a su deuda fiscal.

El nuevo presidente del FMI se escogería el próximo 30 de junio y Europa se encuentra en consultas para apoyar un nombre que no sólo garantice su tradición en el organismo. Entre sus funciones estará la aprobación de nuevos salvavidas para aliviar la deuda de otros miembros comunitarios (los más firmes candidatos son Italia y España) y la supervisión del 60% de los créditos colocados en el Viejo Continente para garantizar la existencia del euro.

También están los beneficios propios del presidente del FMI. Hasta su captura en un hotel de Nueva York por sobrepasarse con una camarera, Strauss-Khan recibía un salario anual de US$600.000. Cuando iba de viaje en representación del organismo, se hospedaba en hoteles de renombre y cenaba en los restaurantes más exquisitos. De hecho, no dudó en pagar una fianza de US$1 millón para afrontar  el juicio desde un lujoso apartamento en Manhattan y no en la prisión de Rikers Island.

De ser hallado culpable el expresidente del FMI afrontaría una condena de hasta 25 años de cárcel. Queda por establecer qué pasará con los US$250.000 anuales de pensión vitalicia a los que tiene derecho todo aquel funcionario que halla pasado por la Presidencia del organismo.