"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 9 horas

El homenaje de los artistas

Los colombianos Julia Merizalde y Julio Páez le rinden tributo a Juan Pablo II con esculturas de gran tamaño que estarán en Bogotá y Cartagena, respectivamente.

No supieron uno del otro cuando estaban trabajando en las piezas. A Julia Merizalde y a Julio Páez los citaron de manera independiente para que concibieran la imagen del Papa Juan Pablo II. A ella para que su obra se exhibiera en Bogotá: a él, para que fuera en Cartagena. Una mide 2,60 metros, la otra 2,50. Ambas son de bronce. Ambas también fueron aprobadas para celebrar la conmemoración de los 25 años de la visita del Pontífice a Colombia.

Julia Merizalde ya había hecho a Carlos Restrepo. Julio Páez, a los niños agustinianos. Los dos, sin quererlo, crearon al mismo personaje en el mismo momento para ser presentado en tres meses.

Las obras son tan diferentes que aunque uno sepa que es el mismo hombre, se nota que fue pensado en facetas disímiles.

El caminante

Fueron meses de investigación, de entender el porqué de su esencia, de verlo en miles de fotografías, estudiar sus movimientos y descubrir ese ser que un día se convirtió en Sumo Pontífice. Eso llevó a Julia Merizalde a develarlo poco a poco con las obras de otros escultores y a asegurarse de que su versión, en bronce, sería distinta: la del hombre dinámico. El mismo que sujeta la cruz en su pecho y que desde cualquier perspectiva pareciera que estuviera caminando.

El encargo que le hizo el Comité Proconmemoración de los 25 años de la visita del Papa a Colombia, la sumió en un reto en el que lo más importante para ella era la figura en el espacio. “Yo empiezo a trabajar mucho con el individuo, el ser humano que voy a retratar. Para eso me olvido de lo que hizo, si es un expresidente o entregó su vida a los demás, y entiendo un poquito la energía de esa persona. La de Juan Pablo II es muy bonita, una presencia fuerte”.

Evocación de un sueño

La culpa la tuvo una lectura, o eso cree el escultor. Cuando comenzó a leer una biografía sobre Juan Pablo II, se cautivó tanto con la faceta política que estableció una idea sobre cómo manejaba a su pueblo. “Era un pastor de verdad, sabía lo que decía. Fue excelente político: rudo, salvaje y al mismo tiempo transmitía dulzura”. Luego vino el sueño, una fantasía donde él, Julio Páez, a quien le dicen Papeto, trazaba las líneas del rostro, se concentraba en las manos y en cada uno de las rasgos de ese recuerdo de muchos que permanecía en fotos. Más tarde vinieron los dibujos, el boceto (que se gestó en tres meses), el prototipo del Papa fundido a la cera perdida, la Arquidiócesis, la noticia de la beatificación y el sí. Todo tan rápido.

Uno de los grandes logros, dice Papeto, es que el bronce usado en la figura es sobrante de guerra. Otro estará en Cartagena para ser vista en julio. “No contemplé la pieza en ninguna otra parte y luego supe que la catedral la acababan de remodelar, así que es la ciudad perfecta”.