El inquilino

Conmueve en la novela de Guido Tamayo ese hombre que vive en las orillas de un mito, el de una Barcelona que hace tres décadas atraía, con algo de ingenuidad y no poco de neorriquismo pueblerino, a algunos escritores latinoamericanos estimulados por el boom literario y editorial, por los sueños de gloria.

Desde la trastienda de la derrota, del olvido y la mitomanía, algunos se fingían escritores y hablaban de sellos editoriales inalcanzables y de obras en marcha a punto de cerrarse. En ese trípode fraudulento —derrota, olvido y falacia— montaban su máquina de espejismos. Otros en verdad seguían tecleando a prueba de todos los desfallecimientos y dudas, como auténticos animales literarios, así siguieran pedaleando en la bicicleta estática del más cerrero anonimato.

Algo había en todo esto de un heroísmo lastimero.

Manuel de Narváez, protagonista de El inquilino vivía las cuatro estaciones de manera diferente al resto de mortales: un largo verano de sequía económica, un invierno raído con la única calefacción de sus sueños, un otoño de hojas y folios apilados en su mesa de trabajo, una primavera encontrada en los libros de sus autores tutelares, acariciados desde mucho tiempo atrás, desde los tiempos en los que malvivía y bienbebía en la Bogotá astrosa de los años setenta.

Conmueve este hombre maltrecho cuya prótesis única es la literatura, conmueve su convicción de escritor entre la ningunidad de los transeúntes de las calles de Barcelona. Si no hubiera adquirido la enfermedad de la literatura, hubiera sido posiblemente una suerte de Bartleby, de don nadie, un apenas inquilino de su cuerpo.

Guido Tamayo traza el mapa de una ciudad casi irreal que abreva en los bares que le propician amigos transitorios, para formar parte episódica de una liturgia sin grandes rituales en los que el sumo sacerdote siempre es un barman, escéptico como todos los hombres de su oficio y como esa misma ciudad que vive dándole su espalda al mar, en medio de los edificios teratológicos del señor Gaudí.

Manuel de Narváez es un hombre triste y más que solitario. La soledad, en verdad, parece su nodriza. Lleva en su cuerpo y en su memoria, como en una tumba, como en una fosa común, una madre colombiana muerta, una mujer francesa muerta, un país lejano y moribundo. Laura se llama su amada muerta, y él es un desastrado Petrarca.

Sorprende la capacidad descriptiva de Guido Tamayo, la aguda observación de caracteres, de gentes que poco a poco se convierten en sus propios lazarillos. El mundo barriobajero de Bogotá ha dado paso al mundo barriobajero de Barcelona. De Narváez, el inquilino, sólo ha mudado de casa, pero no de miserias, sólo que ahora la escenografía tiene más rango literario.

El tiempo, aplasta-sueños, va reduciendo al exiliado en busca de fortuna literaria a una suerte de fantasma, de ventrílocuo de sí mismo, entre derrotas y olvidos. La memoria como fardo, así es el equipaje mental de un exiliado, de alguien cada vez más confinado a su cuerpo y a los cuatro muros cardinales de su habitación.

Es tan vívida la narración que logra Tamayo de esos desangelados años ochenta del exilio literario, tan densas y a la vez claras sus atmósferas, que en mi caso particular quedé desde su inicio atrapado sin remedio, hasta llegar al final sin percibirlo, bajo la hipnosis de su prosa austera y jugosa a un mismo tiempo.

Sí, es tan vívido el relato que tras seguir los pasos del fumador empedernido que es De Narváez, dan ganas de abrir una ventana que se lleve el aire viciado y gris que siempre flota en la soledad de su cuarto. Así como la banda sonora de la novela es la soledad, una voz carrasposa y a capela, la atmósfera de nicotina que envuelve sus páginas es más que una metáfora de su mal, una enfermedad que corre más sibilina que la escritura del protagonista. Es un duelo entre el cáncer y los sueños de escribir en una carrera pactada en las pistas del olvido.

En poco tiempo, en pocas y certeras páginas, el espejo le devolverá un rostro de vejez prematura, como si fuera el abuelo de sí mismo.

El inquilino trata de un fracaso estrepitoso, en suma, de un hombre que espera la herencia legada por su padre y él, pobre como rata de notaría, sin más familia que su cuerpo, espera la epifanía, la llegada al unísono de la fortuna monetaria y de la fortuna de escritor.

Más allá del argumento. Más allá de la historia de un escritor colombiano que además siempre pareció un personaje literario con algo de Bartleby en su carencia de familia y de arraigo, con algo del Wakefield de Hawthorne en su condición de nadie, de paria por elección, conmueve su apuesta sin regreso, su manera de habitar entre la realidad y el deseo, como quien cruza una cuerda tensa.

El entierro imaginario de Manuel de Narváez, un capítulo de una sola página, es realmente magistral, un momento en verdad inolvidable.

Pocas novelas colombianas han logrado crear un personaje de tan honda carnadura humana, de tanta vida escondida en lo que Kafka llamaba “su majestad el cuerpo”. Se trata de un inquilino de sí mismo, de un huésped de paso que sin duda habitará en la memoria de los buenos lectores en el ámbito de nuestra lengua.

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