El invierno desde el aire

Las miles de hectáreas inundadas ya huelen a fétido. Control al agua estancada para mitigar riesgo en salud, el nuevo reto.

Decir que la sabana de la capital está inundada es un eufemismo. Las cifras oficiales hablan de 15.000 hectáreas arruinadas por el agua sólo en el distrito lechero de la provincia de Ubaté. En Simijaca, límite entre Boyacá y Cundinamarca, son 5.000 las hectáreas anegadas. El río Suárez se desbordó desde hace cuatro días y, si sus niveles no bajan, las autoridades temen que se lleve dos barrios del municipio. En este punto, hombres de la Policía de Cundinamarca y el Ejército trabajan para reconstruir y fortalecer cinco kilómetros de jarillón para evitar una tragedia mayor.

Hacia el sur de esa romería de soldados y policías,  el panorama es desolador. Las palabras no alcanzan a dimensionar correctamente el alcance de la tragedia para campesinos, floricultores y lecheros. Desde el aire, y hasta donde alcanza la vista, sólo hay agua en donde solían existir invernaderos, diferentes cultivos y verdes tierras para el ganado.

Si hoy mismo dejara de llover (asunto improbable, dada la ferocidad del invierno), pasarían meses hasta que el agua desaparezca y ni siquiera entonces los efectos del catastrófico invierno habrán cesado. Desde ya hay temores por los riesgos para la salud que representa el agua empozada que, incluso desde un sobrevuelo en helicóptero, huele a podrido.

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