El Kandinsky colombiano

Fue el artista que emuló al precursor del arte abstracto en el mundo. Se dedicó a cultivar su estilo y logró, con los años, dotar de valor a un arte que hace visible lo que no se ve.

“Debe ser usted familiar de Mariano Ospina Pérez”, le dijeron. Por pereza no contrarió esa aseveración, pero advirtió que en caso de ser eso cierto él debía ser la oveja negra de la familia.

No se consideraba brillante, sino opaco, por eso se autoproclamaba un “pintor mate”. No usaba amarillo de cromo, sino ocre. Su rojo no era de bermellón, era de tierra. Y el azul era humilde: de cobalto.

La timidez y la pereza, decía, explicaban por qué era un pintor sin gloria.

Porque para ser un artista famoso —con talento o no—, en cualquier arte, se valida hacerse amigo de un poderoso, adular al mejor en su especie o limosnear favores a quienes tienen esa potestad. Pero él no era de esos.

Amaba la pintura y era lo único que le interesaba, el motor que lo despertaba y lo acostaba, el que lo trasnochaba. “Cada artista debe seguir su propio impulso y hacer de la suya una pintura sincera”, solía repetir en las conversaciones con sus amigos.

Dedicado y pasional. Así era Marco Ospina, el pintor que nació en Bogotá en 1912, a principios de un siglo políticamente turbulento y artísticamente afectado por la academia francesa y el muralismo mexicano.

Su primera gran pintura fue hecha cuando tenía 25 años, edad precoz biológicamente, pero madura para alguien que ama y se ha consagrado desde la infancia a conocer y profundizar su arte.

No había en el cuadro un trébol ni un sauce triste que contrastara con alguna astromelia. Y con todo y ausencia de follaje lo llamó Capricho vegetal. La idea de pintarlo se le ocurrió un día, cuando se encontró un tronco de eucalipto caído al borde del camino. Entonces vio las manchas rojas, los ocres y los blancos que de él sobresalían. Esa fue su manera de acercarse a la naturaleza: desde el enfoque abstracto tan estudiado en las revistas europeas que llegaban a sus manos.

A mediados del siglo XX, en Colombia, el pintor tuvo que librar luchas ideológicas para optar por una doctrina estética. Empezaba a ser notoria la influencia del expresionismo alemán entre los artistas nacionales y para ese entonces Ospina era consciente de la variación de las formas y la precipitación de los valores pictóricos sobre lo abstracto, así que optó por lo indeterminado y se consagró como precursor de este tipo de expresión.

Fue ensayista, crítico e historiador de arte. Divulgó el modernismo y elaboró la presentación en el catálogo de la primera exposición colectiva de pintura abstracta en el país. Publicó el ensayo Pintura y realidad, un registro concienzudo de esta estética desde tiempos primitivos, hasta la edad moderna.

Fue primero alumno y luego profesor de la escuela de bellas artes de la Universidad Nacional. Desarrolló su plástica en la detenida observación de la naturaleza, como se hacía evidente en sus pinturas de paisajes que lo llevarían a pintar paisajes de la sabana de Bogotá y atardeceres desde Barrocolorado, hoy Chapinero Alto.

En varios salones de artistas nacionales fue notoria su presencia y la de sus obras, que lograron críticas como las de Walter Engel, quien refiriéndose a El Paisaje, elaborada en 1945, dijo: “Es de un colorido fresco y sabroso bien logrado en la disposición de las masas y en el trazado de las curvas, una pintura francamente meritoria”.

Homenaje póstumo

“Se buscan familiares de Marco Ospina”, decía un aviso de periódico. El anuncio lo había puesto John Castles, artista plástico e investigador. El objetivo era encontrar material para montar una exposición que reivindicara la obra del pintor.

Por runruneos, el mensaje llegó a oídos de Lina Ospina, única hija del artista, quien desempolvó un baúl en el que guardaba los textos escritos por su padre: ensayos, críticas y reflexiones.

Desde México, su lugar de residencia, trajo consigo un arsenal de cuadros que tenía colgados en su casa y dejó todo el material en manos de su hija, Zoraida Gutiérrez. Ella, arquitecta y nieta del artista y vinculada al museo Casa Luis Barragán en México, fue la comisaria de la exposición.

Desde el 17 de junio y hasta el 15 de agosto los visitantes a la Fundación Gilberto Alzate Avendaño pueden apreciar la obra del primer pintor abstraccioncita de Colombia, de quien su obra se dijo en un principio que era “la más alta nota de locura modernista”, pero también de quien hoy se aprecia su innovación y calidad como aporte al arte nacional.

Esta exposición y un libro: Marco Ospina y la abstracción, que incluye textos del artista y de académicos estudiosos de su obra: Sylvia Suárez, Nadia Moreno, Carmen Jaramillo y Nicolás Gómez dotan de perdurabilidad la obra que estuvo durante más de medio siglo relegada de la historia del arte de Colombia, pero que hoy revive para reivindicar la figura de un hombre que llegó a propiciar otro rumbo en la orientación de la pintura colombiana.

FGAA. Visita guiada martes 5 de julio. Calle 10 # 3-16. Tel.: 282 9191

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