El lugar común de las rarezas

Esta feria se realiza cada año en San Diego, California, y en ella se pueden encontrar los primeros ejemplares de 'Supermán' y 'Batman'.

Se llama Maggie. Está al lado de sus amigos, y entre todos reparten una canasta de frutas que compraron como almuerzo. Cada uno está maquillado como si acabara de ser masacrado por un asesino serial después de salir de su boda y no se inmutan cuando les cae sangre de utilería sobre las manzanas. Todo es parte de la diversión. “Eso es Comic-Con, divertirse, no preocuparse por nada”, dice Maggie.

Comic-Con es la feria de cómics más grande de Estados Unidos y tal vez la más popular en el mundo. Sucede en San Diego, California, y se repite cada año, pero es mucho más que ver cómics o asistir a charlas magistrales entre colegas del dibujo. Es la locura hecha realidad: la imaginación de dibujantes y guionistas, por cuatro días seguidos, cobra vida y se toma toda una ciudad.

Son las 9:00 a.m. del primer día del Comic-Con y el San Diego Convention Center hierve. Es un día especial porque, entre los casi 100 paneles de presentación que hay en cada jornada del encuentro, hay uno al que llegaron Ashley Greene y Nikki Reed, de esa ebullición adolescente llamada Crepúsculo. Y más tarde será el turno de la nueva pasión arrebatada de los aficionados de los cuentos medievales: Games of Thrones, la serie de HBO que está generando un fanatismo similar a la que tuvo El Señor de los Anillos.

Así que los disfraces con sus disfrazados van por este lugar como si andar bajo capas de maquillaje teatral, zapatos esotéricos, mallas de superhéroe, antifaces y cascos fuera natural. De hecho, ese es el principal motivo para hacerlo: Comic-Con es el lugar donde adoptar una personalidad traída de alguna serie, cómic, juguete o videojuego no se ve como una rareza. En el camino hacia uno de los paneles me encuentro a Ana María Ruiz, una hispana que va por su noveno Comic-Con y esta vez viene disfrazada de Kiki, una tira japonesa de 1989. “Lo bueno de estar acá es que te disfrazas, te tomas fotos, compartes con otras personas que también hacen lo mismo y te divertís. Uno se gasta un buen tiempo pensando cuál será el mejor disfraz. Yo elegí este y me ha ido superbien”, dice Ruiz. De hecho, mientras conversamos, dos jóvenes japonesas se ríen entre ellas al reconocerla… y le piden una foto.

Se ve de todo. Indiana Jones, Dick Tracy, el Capitán América, Sherlock Holmes, una familia completa de Jedis, la malvada madrastra de Blancanieves almorzando un sándwich mientras le textea a algún amigo, muñecas de cosplay, Bumblebee de Transformers y su jefe Optimus Prime ganándose todas las miradas.

Y hay que ver lo que la gente hace para estar acá y disfrazarse. En un puesto de pretzels está Tara Pool, quien decidió vestirse como Blind Mag, un personaje de Repo The Genetic Opera, una película de estética cómic y bajo presupuesto de 2009, pero que se convirtió de culto en el sur de California.

No se trata sólo de hacer trajes. Hay que lucirlos y eso, en pleno verano californiano, cuesta. La entrada cada día vale US$40 y muchos de los que vienen acá, además de atravesar el país, son jóvenes y apenas si pueden pagar el primer día, así que las filas para hacerse voluntario y que les den una entrada gratis son largas.

Allí esta Raymond. Se vistió —porque aquí es casi una ofensa decir que alguien se ‘disfraza’ y preguntarle de qué— de un personaje del anime llamado Code Geass; sus manos apenas pueden estarse quietas, parece demasiado emocionado, pero al compararlo con el cómic, hasta el corte del cabello es el mismo.

“Es genial estar aquí. Nadie te juzga porque te gusta algo. Es el momento del año en que puedo ser lo que me gusta ser. Pero no puedo gastarme US$40 diarios, así que me enlisto de voluntario y de esa forma puedo estar y ayudar a la vez”.

Cómic-Con también es una máquina de facturación. El año pasado la feria dejo US$160 millones en ingresos, incluyendo todo lo que se mueve alrededor del turismo. Pero más allá de los registros de facturación, también se ven números astronómicos en algunos ejemplares de cómics legendarios. Por ejemplo, en la tienda de Kenny Hide, uno de los coleccionistas que reservan su espacio en el centro de convenciones, está el primer ejemplar de Batman, cotizado en US$3.000. Mientras lo examinamos, llega un coleccionista de San Antonio, y pide US$3.500 por el primer ejemplar de la Mujer Maravilla.

“El valor de un cómic varía. El estado de la revista, que no haya que restaurarla. No tiene el mismo valor la primera aparición en una tira de otros que la primera revista propia de un superhéroe. Acá tenemos un ejemplo, este primer número de Batman vale US$3.000, pero acá al lado está el ejemplar donde apareció por primera vez y vale US$320.000”, afirmó Hide.

Lo dijo señalando el siguiente estand, donde están las revistas The Amazing Fantasy, del 10 agosto de 1962 y con un costo de US$130.000; la mencionada Detective Comics  No. 27, de mayo de 1939, y el santo grial de estas revistas: Actions Comics No. 1, de junio 1938, donde aparece, levantando un carro verde, Supermán. Tiene un valor no negociable de US$550.000, pero en la portada tiene su precio: US$10 centavos.

“No es fácil vender revistas como estas, pero se venden. Y venimos acá porque es el lugar donde se busca y se negocia este tipo de productos. Ojalá que quede en las manos de alguien que aprecie este material”, anotó Hide.

Y así va pasando Comic-Con 2011, con locos felices disfrazados, vestidos como se les antoja, gozando cada foto que les toman, celebrando su encuentro como aquel video de No Rain, de Blind Melon, donde va la niña abeja buscando a otras abejitas como ella, hasta que las encuentra en el paraíso. Pues bien, Comic-Con es el paraíso para aquellos que no se encuentran allá afuera.

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