El método Gondry

En tres horas y sin dinero, cualquiera puede hacer una obra cinematográfica. El director de 'Eterno resplandor de una mente sin recuerdos' y 'La ciencia de los sueños' está decidido a demostrarlo.

Aunque se vea real en las películas, la videotienda BKR, instalada en el primer piso del Centro Georges Pompidou de París, es de mentiras. Por su ubicación podría pensarse que el BKR es el último delirio de un artista conceptual. “Ni una obra de arte ni una instalación pedagógica”, como lo señala Laurine Estrade para Critikart.com en su reseña del evento. Aunque tampoco 'evento' sea una palabra adecuada.

La gente que entra al BKR se da cuenta de que está en el escenario de una película. No hay techo, los muros son falsos, la caja registradora no funciona y el mostrador en madera apenas se sostiene. En los estands hay películas con títulos como Cita en Marte para un sándwich, Los pingüinos pistoleros, Kissing french cops o Gore School Musical, que a diferencia de la videotienda, son reales.

Son los más de 400 títulos que la Fábrica de Películas Aficionadas de Michel Gondry, el director de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y La ciencia de los sueños ha producido desde el 16 de febrero.

En uno de los textos que escribió para explicar al público su proyecto, el cineasta francés da como punto de partida para su 'fábrica' una discusión de la que fue testigo en el almacén popular Tati, el más económico de París. “Yo tengo un país, es África. Tu país es la guerra”, decía una señora magrebí a otra de África occidental. Según el director, habría bastado filmar esa escena y proyectarla en las ruinas del teatro Louxor al otro lado de la calle.

El hecho ocurrió cuando Gondry, nacido y criado en Versalles, comenzaba a interesarse en los lazos de la gente más allá de su familia inmediata y las comunidades de inmigrantes en París eran su mejor ejemplo. Tiempo después, en 2006, el humorista David Chapelle lo invitaría a rodar en Nueva York Block party, una mezcla entre documental y concierto improvisado inspirada en las fiestas que las comunidades afroamericanas organizan para recoger dinero y ponerse al día con los arriendos.

En los años entre las damas de Tati y las calles de Brooklyn, Gondry había pasado de dirigir los  videoclips de Oui Oui, el grupo donde era baterista, a trabajar con Radiohead, Daft Punk, los White Stripes y los Rolling Stones y sobre todo a ser el consentido de Björk. De ella, que llegaba siempre con la idea casi lista y de su trabajo con los músicos, Gondry aprendió algo que se les puede escapar a los directores en formación: una historia se hace entre todos.

Para su largometraje Por favor rebobinar, de 2007, Gondry retomó lo que había aprendido de la vida en comunidad en las calles para contar cómo los habitantes de un pueblo de Nueva Jersey terminan produciendo versiones de clásicos del cine para salvar el último videoclub del barrio que aún alquila películas en VHS. Al lado de Jack Black y Mos Def, Gondry puso a trabajar a los vecinos de la locación, que rodaron a su manera el gran musical con el que se cierra el filme.

Luego de comprobar que el proceso de realizar películas comunitarias había funcionado, el director decidió aplicarlo en la vida real. Él pondría los reglas de trabajo, la cámara, los consejos y los escenarios; el resto era responsabilidad de los que fueran llegando. La fábrica de películas aficionadas de Gondry fue montada en la galería de Jeffrey Deitch en Nueva York, luego en Río de Janeiro y antes de instalarse por dos meses en el Centro Georges Pompidou hizo una última parada en un suburbio del norte de París. A pesar de la desconfianza inicial de los jóvenes, que tienen la impresión de que los artistas sólo visitan su barrio para hacerse buena prensa, y gracias a que Gondry había dirigido un clip de IAM, un grupo de rap marsellés muy apreciado en las cités, sus pupilos improvisados escribieron y filmaron la historia de dos pandillas rivales que se enfrentan.

Las historias que surgen entre quienes visitan la Fábrica son menos coherentes. En grupos donde la mayoría de personas ni siquiera se conocen entre sí, y que incluyen, entre otros, niños de colegio, pensionados, seguidores de la obra de Gondry, universitarios, desempleados y de vez en cuando uno de esos indigentes que pasan el frío de invierno en la biblioteca del Centro Pompidou, es apenas lógico que los argumentos sean una colección de retazos. “Hay mucho de improvisación y de azar. Empezando porque la persona que va a manejar la cámara es elegida a partir de la lectura de un texto y sin que ella lo sepa. Luego todas las decisiones son democráticas”, explica Gondry, que con frecuencia pasa la mañana entre los grupos que ruedan sus películas.

Luego del primer paso, que es la elección del camarógrafo, el grupo tiene 45 minutos para escoger el título y el género de la que será su película. Inspirados por un libro infantil en la biblioteca de uno de los quince sets que la Fábrica pone a disposición de los visitantes, uno de los grupos decide llamar a su película La venganza de Oui-Oui. Nadie sabe que por casualidad es el nombre del grupo de rock que alguna vez tuvo Gondry y que volvió a presentarse con motivo de la inauguración del estudio.

Los argumentos incluyen la versión pirata-exagerada-gore de varias películas, zombies y asesinatos. “No muy violentos —dice una de las integrantes—, el reglamento lo prohíbe”. Sin embargo, asesinatos violentos hay en las diez producciones que pueden salir de la Fábrica cada día. “Siguen siendo en tono de comedia ¿no?”, dice una de las animadoras que acompañan los grupos y señala que al contrario y ya que hay niños todo el tiempo (y los hay, disfrazados de soldados y jugando entre los sets), “nos ha tocado ser más estrictos con los besos apasionados”. Una vez al menos alguien con la vocación de actor alborotado empezó a desnudarse. Eso y algunas pocas personas que se van antes de la segunda etapa porque no se acomodan en el grupo han sido los únicos incidentes entre los cerca de 6.000 asistentes que han pasado por la Fábrica.

Esa segunda etapa consiste precisamente en escribir lo que debe pasar en cada escena de la película. Claridad, porque cada escena se rueda una sola vez. Los guionistas, que son todos, se inspiran en las pelucas, disfraces y utilería que hay regados por todas partes, pero sobre todo en los decorados. Además de la videotienda, hay un bosque, un vagón de metro donde la ciudad pasa por la ventana gracias a dos pantalla en cristal liquido, un auto sin techo y tras el cual se proyecta una ciudad en coordinación con los movimientos del conductor como en los clásicos de los años cincuenta, un consultorio médico que termina sirviendo de ministerio y oficina editorial, todas las habitaciones de una casa, un bosque y un terreno baldío que invita a escenas de refugiados y vagabundos y dos decorados en miniatura pueden usarse para simular viajes en tren o en avión.

“Lo único que lamento es que no exista la posibilidad de editar”, dice Aurélie Bévière, guionista y pintora, que realizó su primer cortometraje el año pasado en una asociación y a quien la idea de hacer otro rápidamente con un equipo de desconocidos le parecía seductora.

“Hay cosas muy bien hechas, gente que sabe de cine y eso se nota en la forma como componen los planos”, comenta un visitante norteamericano que mira en la pantalla del falso videoclub un intento de comedia policiaca. Encantados con la primera experiencia, algunos asistentes regresan un par de días después —algo se tiene que sacar de lo aprendido— y además de que una copia de cada producción será conservada, se realizará una muestra con las veinte o treinta mejores producciones.

Tres horas después de haberse conocido, un equipo mira la película y sobre las carcajadas grabadas por accidente, vuelven las risas. Habrá una copia gratis (porque todo el proceso es gratis) que se le entrega a uno de los miembros. “Hagan como quieren, reúnanse a cenar o a tomar un trago y pásense el archivo”, dice uno de los responsables. “La idea no es sólo democratizar la producción de cine, sino crear lazos”. Por lo que a pesar de la palabra “Fábrica” en el título, el experimento de Gondry resulta lo contrario de una industria de producción en serie.

Un duelo para alzar cabeza

El Inter no llega al partido contra el Schalke 04 con la moral alta, tras haber perdido el sábado el clásico contra el Milan (3-0), en un duelo en que sus estrellas no mostraron su mejor cara. Wesley Sneijder se mostró muy nervioso y Samuel Eto’o falló una clara ocasión de gol contra el Milan. Por su parte, el Schalke no parece estar en mejor forma. El club de Gelsenkirchen se ha visto privado del centrocampista Peer Kluge (lesionado en las abdominales) y su defensa central Christoph Metzelder (fractura de nariz) jugará con una máscara de protección.

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