El malditismo que escribió Latinoamérica

Proscritos sociales. Enfermos. Suicidas. Sus mentes: su desquicio. Su existir: la sucesión de tragedias que acabaron perpetuándolos, casi sin ningún éxito en vida. Y todo por ser buenos poetas, los más malditos de Latinoamérica.

Golpeado, como por el odio de Dios

Pudo haber sido un santo peruano. San César Vallejo de Santiago de Chuco, a lo mejor. De pequeño sus padres lo destinaron al sacerdocio, lo que consintió gustoso hasta que descubrió en los versos la más de las perfectas formas de vida. Durante su juventud se hizo profesor de hijos de hacendados, fue cajero y soportó las vicisitudes de diversos oficios que cansaban su cuerpo, pero que sublimaban su espíritu. Él mismo se costeó sus estudios de letras graduándose en 1915 con una tesis en El romanticismo en la poesía castellana. Un año después se hizo amigo de la “bohemia trujillana” (antecedente del grupo norte) y entonces publicó Los heraldos negros, obra que llegó a considerarse un ejemplo del posmodernismo poético. La noche del primero de agosto de 1920 su vida se resquebrajó. Entonces la maldición, que hasta ahora había asomado en los ripios de su métrica, se encarnó en su propio destino. Lo culparon de haber quemado la casa de la familia Santamaría en su pueblo natal. Nunca supieron quién fue realmente el culpable, pero él pagó el pecado de un anónimo que quiso causarle daño. Vallejo, eternizado, vivió 112 días en un calabozo. Mañanas infaustas, tardes sórdidas, noches largas. Desde allí el poeta encarcelado escribió Trilce y un puñado de cuentos reunidos bajo el nombre de Escalas Melografiadas: una canción ambivalente sobre la materialidad del cuerpo, de la escritura. Después de esa la caída aciaga viajó a París. Allí, con el recuerdo de un intento de suicidio por mal de amor, padeció hambre, ruina; la peste de una vida solitaria entregada a las letras. Su pago: no una remuneración mayor a la miseria de su condición física y moral. Enfermó. Participó en actividades de corte vanguardista. Se comprometió intelectual y políticamente con el marxismo. Se hizo periodista. Publicó en periódicos y revistas europeas. Y como un mal romántico, como el más inconforme de los románticos, se inscribió en el Partido Comunista de España y llevó su causa a la praxis; más allá de las letras. Hoy quien lea su obra tendrá que reírse del comentario que el pelafustán Clemente Palma pronunció: “¿Ud. cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?” De seguro al recordarlo, el “hombre muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo”, Vallejo, a pesar de su humor, también reiría.

El olvido perenne del mar

«Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poeta de América» titularon los periódicos la mañana del 25 de octubre de 1938.

Suiza. Nacionalizada argentina. Hija de buena familia, con fobias y filias. Maestra precoz. Tao Lao, como poetisa. Alfonsina, para sus amigos. La rapsoda lánguida, la de El dulce daño, de la Inquietud rosal nació en Sala Capriasca, algún día de mayo de 1892. Aguerrida desde muy joven quiso salir de casa y por eso se hizo actriz a los 16 años, edad a la que emprendió su primera gira teatral. En una Semana Santa le ofrecieron personificar a San Juan Evangelista y como no le importaba fingir hombría, ni siquiera la de un santo, aceptó. Al día siguiente la prensa elogió su actuación. Rebelde, anárquica y transgresora. Poéticamente feroz. Feminista. Crítica. “Un mito iconográfico de un activismo resentido contra lo masculino”. Madre soltera sin complejos, madre de Alejandro, cuyo nombre del padre se desconoce aún. Para algunos, romántica y sensual. Su vida: un racimo de sentimientos divididos entre el dolor, el amor, o, acaso, una mezcla aventurada de las dos. Qué feliz se le veía sentada junto a Horacio. Horacio Quiroga: su amante inconcluso, el admirador de Wagner, el cuentista uruguayo que siempre la entendió. Qué triste estaba, en cambio, perdida, abandonada y solitaria a la deriva del mar. Como en aquella tarde, cuando una ola golpeó su pecho y descubrió un bulto apretujado que se añadía a su cuerpo. Poco tiempo después se enteró de su enfermedad terminal. El cáncer de mama fue operado sin ningún éxito, entonces la actitud recalcitrante y nerviosa de la cotidianidad de sus días se incrementó. Neurótica. Perseguida. Tenía la sensación de que otras personas estaban molestas con ella. Insegura. Deleznable. Frágil. Pensaba que no podía devolver favores a quienes se lo hicieran. Con el paso lento, y los ojos fríos y la boca muda se dejó llevar. Paranoica. Hipocondríaca. Sospechaba estar enferma de tuberculosis. Neurasténica. De nervios blandos, debilitados, como la marea. Sus poemas fueron el reflejo de esos días que volaron despacio, como gaviotas tristes, hasta el último minuto de su muerte. Entregada en cuerpo y alma a las sosiegas aguas de Mar del Plata se fundió en el nácar, temerosa, pávida, fría, angustiada… porque, a su juicio, como decía el poema escrito a Quiroga, tras su suicidio, presagiando lo que diez años después sería su propio final: Morir como tú, Horacio, en tus cabales, Y así como en tus cuentos, no está mal…

“…Eres Atila, eres el mismísimo Adán (…) eres el putas…”

Que en un precipitado intento suicida se le tiró a una buseta. Que murió arremetido por el servicio del transporte público cartagenero. Que no. Que era un aristócrata, de maneras cultas, que pertenecía a la alcurnia costeña y no pudo haber muerto de esa manera porque de haber sido así, no sería el caballero que lloraba cantando Serrat. Que lo atropellaron sin culpa, pero gracias a esa muerte se perpetuó como mito en las letras colombianas. Que si no hubiera sido por esa forma de morir y por la memorable carta que Jaime Jaramillo Escobar escribió después del deceso nadie, pero nadie, sabría quién era Raúl Gómez Jattin. Del “loco fingido”, del perverso de las rimas colombianas se sabe que nació en el 45 en Cartagena. Veinte años después se fue a Bogotá a estudiar Derecho a la Universidad Nacional. Pero como a Gabo, y muchos otros aspirantes a escritores de la época, el intento le resultó fallido. Así que se cansó, renunció y mandó las leyes al carajo. Hizo entonces lo que mejor le vino en gana: se puso a hacer teatro, puro teatro. Que le iba bien con la pantomima. Que bien pudo ser locutor, que ¡vaya vozarrón! Que había nacido para las tablas… En 1972 presentó en el festival de Manizales su propio montaje: Las nupcias de su excelencia. Entonces la crítica le sobrevino como una avalancha asesina. Y él, que no era humilde ni valiente; sino todo lo contrario, salió huyendo a Córdoba, a Cereté, al río Sinú, a su casa paterna. Allá se escondió a fumar marihuana mientras cantaba versos de Dylan y se hundía en la oscuridad de una homosexualidad aún no revelada… ¿Qué tipo de maldito escucha a Dylan en Cereté? Se empezó a oír que estaba loco. Que se creía Aristófanes. Que tenía delirios griegos. Que no había cuerpo que se le resistiera, ni cabeza que se lo aguantara. No se sabe el número de hospitales a los que fue a parar, pero en todos le dieron de alta rápidamente porque no se lo aguantaron: nunca supieron si era un loco de mentiras o de verdad. Lo cierto es que empezó a escribir vorazmente. Le mandaba sus poemas a sus amigos, como un regalo, sin ninguna pretensión. Y sin ninguna pretensión ellos, sus camaradas, terminaron publicándole su primer libro: Poemas, en 1980. Fue crudo con sus rimas: escribió sobre drogas, lujuria, amores entre el niño y su empleada doméstica, desenfreno zoofílico; amores con vacas, con perros, con gallinas… o con burras: “Te quiero burrita/ Porque no hablas/ ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ni me quitas un lugar en la hamaca/ni te enterneces/ni suspiras cuando me vengo/ni te frunces/ni me agarrras…”.

La prosa insomne

El incomprendido. El solitario. El intocable. El del insomnio impío. José Antonio Ramos descendía del Mariscal Sucre, “El gran mariscal de Ayacucho”. De niño fue sometido gracias a su tío sacerdote a una rígida educación. De esos días diría que pasaba semanas enteras sin salir a la calle y que durante largas horas lloraba y reía al tiempo. Gracias a su abolengo, el cumanés estuvo dedicado desde muy joven a los asuntos consulares. Se hizo profesor de latín y griego y más adelante se convirtió en traductor en la cancillería de Bruselas, en donde era cónsul de su país. Hasta allá tuvo que ir para abandonar su trópico, sus pesadillas, a los espectros que no le dejaban vivir en paz. “Yo sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me seguía con sus pasos infalibles de sonámbula…” Se fue a Ginebra, a la ciudad neutral, la de la apatía, la que todo lo cura. Allí no volvió a tener pesadillas porque simplemente no pudo dormir más. Estaba muerto. Escribía muerto. Vivió atribulado por la dictadura gomecista y por el incontrolable desconsuelo de su desvelo. Sus abstracciones, sus visiones y su angustia inteligente lo sumían en un ataúd. Lo confundían con un zombie de paño, bien acicalado y preparado para reunirse con el embajador. Sus fantasmas no desaparecieron; se quedaron, posaron y habitaron en él. Lo destruyeron poco a poco: no lo dejaron dormir y así, insomne, aletargado, pasó varios, muchos días. Poeta innovador. Fue uno de los primeros venezolanos en cultivar el poema en prosa. En Las formas del fuego y El cielo de esmalte enuncia el dolor producido por su esfuerzo mental. Se queja de su nativo tercermundismo, de su estética y de la pobreza retórica. Su genio, su razón, su estado en el mundo cada vez más ¬¬—con las horas que pasaron entre reloj y reloj— perdieron peso. Su vida misma fue una oda poética del mal, del dolor. “Yo quisiera estar entre vacías tinieblas porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos”, confesaría en Preludio. En 1930, los médicos del Instituto Tropical de Hamburgo le comunicaron que la amibiasis estaba ocho años atrás carcomiéndoselo. No había espacio en él más que para el dolor. El diplomático venezolano en tierras frías se congeló. Temió perder la razón. Y un día, por miedo, por desazón, por vivir sin razón alguna, por sentir el agobio de su vida se bebió a los 40 años la muerte en un tarro de Veronal.

Voy a ocultarme en el lenguaje…porque tengo miedo

Para empezar habrá que decir que era tartamuda, gorda y fea. El acné como un problema de hondo calibre adolescente marcó su sociabilidad al punto de acabar con su autoestima. Se tiene que resaltar la reiterativa y sufrida comparación con Myriam, su hermana, la de los genes lindos de la familia de inmigrantes ruso-judíos que fueron a parar después del Holocausto al barrio porteño de Avellaneda. Entonces, claro, a ella, por derecho propio, por justicia poética, le tocó ser la inteligente y por eso su mente la llevó a naufragar en el dolor. De adolescente, obsesionada con su peso, la chica desaliñada, la que fuma y lee a Sartre y a Faulkner, se vuelve adicta a las anfetaminas, entonces a veces Alejandra se extasía en un mar de alegrías y otras tantas delira en un profundo malestar. La poeta psicodélica tuvo desde chica esa visión artística de la vida. Las amigas de su madre le tocarían los cachetes y dirían que tenía pasta de poeta. Y cómo no. Entró a estudiar filosofía a la Universidad de Buenos y a la vez tomaba clases de literatura y periodismo. Juan Battle Planas le daba clases particulares de pintura. Desde siempre quiso relacionarse con el ámbito artístico. Se le notaba cierto snob de poetisa reprimida. Alejandra era amante letrada de Freud, del psicoanálisis. La chica retraída que desahogó su vicio, su timidez, en las letras “Mi vicio. El vicio que ha echado raíces de dolor en mi flanco, desde que tengo uso de razón...”. La chica que se detuvo, sin prisa alguna, en las líneas de Breton, Proust, Claudel, Joyce, Kierkegaard, terminando su paseo surrealista con Ostrov, fue una sola con el lenguaje. Esa era su única vida y por eso caminaba por insospechados parajes. Escribiría en Diarios “Me horroriza mi lenguaje. Miento todo el tiempo. Si hablo miento. Hay que averiguar por qué. Hay que demorarse. Me gustaría escribir en forma muy simple y clara. Basta de retórica... Me pregunto cómo hacen los demás para soportar el hecho de vivir. Esta es otra cosa que sería bueno averiguar”. Intentó suicidarse dos veces sin ningún éxito y por eso la internaron en el hospital psiquiátrico Pirovano, de Buenos Aires. En uno de los días de salida, con 36 años cumplidos, consumió 50 pastillas de Seconal. De esa forma murió. Nadie, solo ella— a lo mejor—sabrá si ahí terminó esa extraviada persecución.

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