El manual de la venganza

Iba por la vida sin certezas, un día poseído por el espíritu infrahumano de los poetas malditos, y otro, por la claridad conceptual de un ensayista noruego, siempre vestido de negro, con la imagen y la palabra caos clavada en su piel.

Iba, y mientras iba intentaba huir subido en el ritmo infernal de Iron Maiden, en las consignas salvadoras de Bono, en un verso de Álvaro Mutis, una escena criminal de Rubem Fonseca o los ojos oblicuos de su novia. Pocas veces lo logró. Maiden y Bono, Fonseca y su novia, y Mutis y sus poemas también llevaban el caos consigo, en distintos tonos y con diferentes colores, pero caos al fin. Hiriente, desolador, amargo, caótico.

Una tarde descubrió su perfecto plan de venganza contra el mundo en un simple y sencillo manual de convivencia que su madre dejó en borrador sobre una mesa. Eran 10 u 11 páginas que él reescribió a su antojo, con puntos y comas, incisos, pies de páginas y citas. Donde señalaba que los perros y gatos del edificio debían salir y entrar por la puerta del garaje para que no rayaran el piso de madera de la entrada principal, él puso: “Las mascotas del edificio deberán ser pesadas en la báscula de recepción con el fin de determinar si superan o no los 20 kilos. Los que estén por debajo de dicha cifra podrán utilizar la puerta principal, siempre y cuando usen mitones blancos. El resto pasará por el portón del garaje”.

Donde el manual especificaba cómo debía pavimentarse el parqueadero, él escribió que luego de la pavimentación, que debía realizarse cada seis meses, era necesario diseñar una perfecta señalización que incluyera tres tipos de colores, y líneas y flechas tanto en las zonas comunes como en los lugares de estacionamiento. Tiempo después, los conductores que entraban al edificio se topaban con un sinfín de flechas que les indicaban que tenían que girar a mano izquierda cuando no había otras alternativas. Cuando SR terminó su particular visión del manual de convivencia, numeró las hojas de la uno a la 86, lo anilló y plastificó, y puso sus iniciales al final, justo debajo de donde decía “Cúmplase”. Aquella fue su primera gran contribución al caos.

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