El mejor periódico del mundo

Paul Johnson, segundo hombre al mando en ese diario, dice que insistirán en hacer periodismo costoso porque es su responsabilidad social, política y cultural.

Si uno coge el periódico que le regalan a la entrada es posible que se quede el resto del día ahí, sentado en los sofás de cuero del lobby. Coger una edición del Guardian puede entretenerlo a uno por horas. Y por eso, porque llegarle tarde a un inglés es pecado, lo primero que uno hace cuando llega a ese edificio de ventanales verdes ondulados es no leerse el periódico.

Las 1.400 personas que trabajan ahí fueron trasladadas hace tres años, porque las viejas instalaciones en el centro se habían convertido en un desorden regado en siete edificios. The Guardian, catalogado por muchos como el mejor periódico del mundo, le respondió al golpe de la internet con más y mejor contenido gratuito. Y sus instalaciones tenían que ser coherentes con eso: hicieron salas de redacción integradas y todas las paredes son de vidrio. “Antes que todo”, dice la relacionista pública que me invitó, “somos una institución transparente”.

The New York Times, el otro mejor periódico del mundo, también estrenó oficinas hace dos años. Ambos edificios manifiestan, a su forma, la cultura de sus ciudades. El del Times es un rascacielos en el corazón de Manhattan. El del Guardian no pasa de los diez pisos y está lejos del turismo al norte de Londres, pegado a un canal del río por el que pasan botes que cocinan salchichas a medio día. La sala de redacción del Guardian puede estar al borde del colapso con el caos de las noticas, y su editor de crónicas, Simon Hattenstone, no pasa de las tres de la tarde sin trotar una hora por el canal.

Vestido de jeans, camisa de leñador escocesa y una barba de tres días, cuando lo visité Hattenstone editaba con una tranquilidad asombrosa una crónica escrita por el corresponsal que acaba de lograr su entrada a Libia, cerrada para periodistas internacionales por esos días de guerra civil incipiente.

Eran días caóticos en la sala de redacción, y, sin embargo, el editor del Medio Oriente, Ian Black, un viejo flaco que lleva 25 años ahí, me dedicó un minuto en el desorden de su oficina. Me hizo mala cara cuando le pregunté su opinión sobre las revoluciones, porque mi visita no era para eso, pero al final me dijo que, guardadas las proporciones, él ve una ola de cambio parecida a la que se dio en los Balcanes después de la caída del socialismo en los noventa.

A las 9:45 de la mañana en punto, unos 200 periodistas que trabajan en ese edificio se reúnen  para una conferencia de noticias, que es más un coctel de periodistas con tinto en mano que un clásico consejo de redacción dirigido por un director, dice Natalie Hanman, la editora de opinión.

El mercado de periódicos en Inglaterra es el más amplio y diverso del mundo. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. Cada familia inglesa creció con un periódico determinado. La internet les pegó más duro a los periódicos norteamericanos que a los ingleses, gracias al arraigo que hay por el papel en este país. Están los de clase media de derecha, como el Daily Mail. O los sensacionalistas sin escrúpulos, como The Sun. O los de la clase alta, como el Financial Times. El nicho de The Guardian  es otro: gente educada y globalizada interesada en leer periodismo de calidad, profundidad y largo aliento. Esto, sobre cualquier tema en cualquier parte del mundo. Nunca ha estado cerca de ser el periódico más leído del Reino Unido —vende 300 mil copias al día en promedio— porque acá los grandes son los tabloides de Rupert Murdoch —que venden hasta 3 millones de copias en un domingo—.

A diferencia de los otros diarios nacionales en Inglaterra, The Guardian tiene un prestigio internacional tan importante como el del New York Times. Tiene corresponsales por todo el planeta que escriben crónicas que requieren de tiempo y mucho trabajo. Guardian.co.uk es una de las páginas de noticias más leídas del mundo, con más de 35 millones de visitas únicas al mes, de las cuales tres cuartos son por fuera del Reino Unido. Es gratis y, por principio, nunca la van a cobrar.

Paul Johnson, el segundo hombre al mando de The Guardian,  dijo que insistirán en hacer periodismo costoso, porque es su responsabilidad social, política y cultural con Inglaterra y el mundo.

De acuerdo con Johnson, si bien ellos son reconocidos por ser de centro-izquierda, sus posiciones cambian según lo que pase. El día que hablé con él, por ejemplo, acababan de decidir el apoyo a la intervención occidental en Libia. Analizan cada matiz y hablan hasta con el portero para definir la posición editorial del periódico en cada tema.

Y así fue en el episodio Wikileaks. The Guardian fue el primer medio al que Julian Assange llamó desde que empezó a publicar sus documentos. El periódico lo apoyó y publicó lo de Afganistán e Irak. Después fue el líder de las negociaciones entre Wikileaks y los medios. En un principio, The Guardian defendió a Assange, por sus dotes libertarios y pioneros. Sin embargo, con los cables del Departamento de Estado norteamericano la relación se dañó.

Según un artículo de Vanity Fair, Assange se enfureció porque el periódico publicó los cables antes de lo que habían acordado. Assange quería estar encima de la información y The Guardian no lo dejó. Algo parecido pasó entre el New York Times y Assange. Los periodistas que hicieron los contactos con Assange en ambos medios ya escribieron libros en su contra. La publicación de los documentos de Guantánamo hace dos semanas por parte de estos dos medios, si bien fueron filtrados por un exempleado de Assange, no mencionaba el nombre de Wikileaks.

En un mundo que no parece tener más espacio para el periodismo de corresponsales y de investigación, The Guardian va a insistir en hacer un periódico que da para una mañana de lectura. Y, en lo que a mí se refiere, acá van a tener un lector fiel.

Un panfleto, el primer desafío

The Guardian nació gracias a un panfleto que mandó un joven ejecutivo a un periódico en el que se desmentía la versión oficial de una masacre que hubo en Manchester en 1819. El suceso fue un desafío a la información oficial y ahí nació el independiente Manchester Guardian, que en el 59 se trasladó a Londres y pasó a ser The Guardian. Desde entonces se convirtió en un severo veedor de la sociedad: en este momento, por ejemplo, ha reportado todo el escándalo que tiene al periódico más leído, News of the World, en jaque porque chuzó los teléfonos de la realeza y unos políticos.

El diario nunca ha dado entradas grandes de dinero, y aún así sus directivos ni siquiera se toman el tiempo de discutir si cobran por la página de internet, como sí han hecho otro diarios ingleses con éxito. A pesar de ser un veedor, una parte importante de las entradas llega por donaciones. En 2010 hubo US$70 millones en pérdidas y cortaron 200 empleos. No obstante, contrataron 600 periodistas.

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