El mito de Muzo se derrumba

Mientras las exportaciones mantienen un ritmo creciente y los grandes empresarios siguen enriqueciéndose, los guaqueros llevan una vida cada vez más miserable.

Desde Chiquinquirá, única vía de acceso a la “capital mundial de la esmeralda”, un largo camino espera al viajero curioso que quiere aventurarse en los entresijos de la mina. “Toca mandar Toyota”, dice el asesor de una de las dos compañías que viajan entre los dos pueblos. Son tres largas horas sacudido y apiñado en un 4x4.

Hay tres vías que conectan a Muzo con Chiquinquirá, ninguna tiene asfalto. Siguen siendo caminos fangosos y llenos de baches. En Muzo los hoteles testigos de la época de la fiebre verde pululan. Se encuentran en cada esquina de este paraje de 9.000 habitantes (5.000 en el pueblo). En los ochenta muchos nativos montaron hoteles en sus hogares para asegurar hospedaje al gran número de personas que llegaban. Así hicieron fortuna.

Alberto Pachón, propietario del Hotel El Castillo recuerda: “No podíamos dormir, había que atender a la gente a toda hora, sobre todo los fines de semana. Teníamos muchas meseras, dos chefs, empleadas para las habitaciones… Los manes llegaban y querían una botella de aguardiente, no les importaba el precio; ochenta mil, cien mil pesos… ‘¡Démela!’, decían. Unos dormían en colchones en el suelo, porque las habitaciones estaban llenas. Descansaban un par de horas y volvían a la quebrada para guaquear”. El lugar hoy casi vacío es enorme. Las salas están desiertas y guardados en los rincones los refrigeradores industriales y el equipo de música. Las mesas, apiladas. “Las calles vivían llenas de gente”, añade, nostálgico.

Como la mayoría de los ancianos, Alberto es incansable cuando habla de la época dorada de la localidad en que miles de personas se encontraban echando pala en el valle del río debajo de las minas oficiales. Pero hoy en día “los bogotanos” no volvieron a probar suerte y “las vacas no sacan esmeraldas del suelo con sus pisadas”.

Claro que la fiebre de la esmeralda no ha desaparecido. Se quedaron algunos establecidos desde hace 30 años en Muzo o más exactamente en uno de los arrabales de los montes que rodean la quebrada, llamados La 14, El Mango, La Nevera… Quedan verdaderos pueblos con sus familias, sus negocios y sus bares. Guaqueando en el río o en los derrumbes alrededor de las concesiones. La fortuna no los tocó y para la mayoría de ellos la búsqueda de esmeraldas alcanza apenas para traer comida: de vez en cuando encuentran “una esmeraldita bonita” o, en el peor de los casos, un pedazo de marmaja que intentan vender al próximo visitante. Otros, como Germán Castro, un tallador, hacen esculturas típicas del indio Muzo. Gracias a eso, puede vivir un poquito mejor. Después de haber pasado 15 años dedicado a guaquear, aburrido de aguantar hambre, aprendió a tallar las piedras, una actividad que le permite “escapar del destino común de los que trabajan todos los días sin encontrar nada en el río”.

Antes muchas esmeraldas caían de las concesiones oficiales porque los empresarios trabajaban con buldóceres a cielo abierto, iban tumbando la montaña y descargaban la tierra en el río, esa tierra mal filtrada y cargada de piedras verdes que hizo la fortuna de muchos. Ahora son una rareza. Entre los perseverantes que quedan está Opita. Vive en el hotel de los Pachón hace un año. Lo alojan gratis “porque es guaquero, guaquero, tiene el alma. Y el día que él se enguaque sabrá reconocer el apoyo que le hemos dado”. Todos los días, el joven madruga a las 4 y va caminando con su pala hasta el río, ubicado a 40 minutos en carro. De vez en cuando se consigue un puesto de minero en una de las concesiones oficiales, el resto del tiempo sale a guaquear en la quebrada o en un derrumbe de la montaña.

En Minas Reales, unas de las concesiones oficiales, Santiago también es nuevo. Originario de Cucaita llego a Muzo en diciembre después de haber pasado cuatro años en el Ejército Nacional. “Por aburrimiento de la disciplina militar y por escapar del condicionamiento psicológico”, decidió lanzarse a la minería con la esperanza de volverse rico.

Entrar en una mina puede ser “como hacer el amor por primera vez”, comentará luego un negociante. El túnel se ilumina cada 20 metros con un bombillo amarillo, luego es la más completa oscuridad. Sólo las linternas de los cascos se reflejan contra el tubo de ventilación que trae aire fresco. Los hombres avanzan sin hablar en fila india. A veces el túnel se hace más pequeño y para pasar hay que agachar la cabeza. De vez en cuando un casco raspa con el techo. De ambos lados se entreven inicios de túneles abortados. Las goteras caen a la corriente que fluye entre las botas. De repente, una cascada a la izquierda: “una salida de emergencia”, indica Carlos Nieves, el administrador del corte. La atmósfera es pesada y la temperatura aumenta. Un hombre, sudando y sin camisa, viene en dirección opuesta empujando un carrito lleno de tierra. Cerca de 800 metros de la galería fueron evacuados así: con la fuerza de los brazos.

Estamos en el corazón de la montaña, el aire es escaso y en la tierra resuenan explosiones de dinamita y martillos neumáticos. Los muros de tierra negra y grasosa chorrean el aire con un polvo pesado y opaco. “Estamos cerca”, dice un minero. La roca se vuelve más deleznable, la presencia de cristales da esperanza a todos.

Los mineros que trabajan en las concesiones oficiales reciben un sueldo básico pero, a la vez, cada uno “saca lo suyo”  a escondidas de la producción de la empresa, reconoce uno.

En otro corte están a punto de dinamitar para perforar la roca. Un obrero hace agujeros del tamaño de un cartucho de dinamita. Todos se cubren la nariz y la boca para protegerse de la nube que no deja ver nada. Alguien trae los explosivos, el artífice debe tener mucho cuidado con la dosis utilizada, porque “si no...”. En una curva, aproximadamente a 50 metros, la espera. “Hay que abrir la boca bien grande”, para evitar que el tímpano sufra el impacto. “Es mecha lenta: 45 segundos”. El que la encendió viene corriendo a esconderse. Todos se miran, boquiabiertos, conteniendo la respiración y siete veces la montaña tiembla. El ruido es infernal, la explosión sacude todo el cuerpo. El humo se disipa lentamente a través del sistema de ventilación. La explosión sólo ha ayudado a ganar 40 centímetros.

Fuera, la oscuridad llega. Son las 3 de la tarde. En este valle profundo, la niebla y las montañas impiden que el sol entre. En un jeep que trae a los trabajadores a la aldea, las conversaciones hablan del progreso de los cortes. El chofer, que se jacta de ser “el que más duro le da a los carros” de toda la región, se bebe una cerveza tras otra tirando las latas por la ventana. En el camino saluda a unos conocidos sentados en las terrazas de los bares. En el camino fangoso, el número de tapitas de Poker que recubren el suelo da fe de un consumo diario de gran tamaño. A lo lejos, se oye un disparo. A pesar de que la guerra verde se terminó y que “oficialmente” la violencia está contenida en la región esmeraldífera de Boyacá, la seguridad no está totalmente controlada.

En la mina no hay presencia policial, arriba, en el pueblo unos pocos agentes. “No es muy recomendable” para un desconocido andar en la quebrada después de la puesta del sol. Todos tienen historias de muertos recientes a pesar de que los ancianos juran que es un “chiste” al lado de la belle epoque. Las noches muzeñas se resumen en tomar cerveza en bares, hoteles y hasta en panaderías y almacenes de ropa. Un bar-discoteca y cuatro prostíbulos constituyen el resto de las atracciones ofrecidas a la población, 80% masculina, que hasta altas horas hablará de las preciosas piedras.

Cada domingo, la plaza principal se convierte en mercado de esmeraldas. Tan pronto sale el sol, necesario para el análisis de las piedras, los compradores venidos de Bogotá analizan la mercancía que los negociantes y comisionistas presenten. En la explanada de la iglesia los niños juegan entre los hombres. Del gigante templo, construido con columnas que intentan imitar el estilo griego, sale la oración del cura.

Después de una hora de negociación, un capitalino compra un lote tan grande como un puñado, que paga inmediatamente con $7 millones en efectivo. “Esto es común —comenta un comerciante—, aquí usted puede andar con $200 millones, le aseguro que no le va a pasar nada. Aquí no va a ver un indigente y el que se atreve a robar…”.

Es casi el mediodía. En la escalinata de su tienda Pablo observa el mercado de piedras. Pelo crespo, dos collares de enormes esmeraldas en el cuello, se dedica a hacer joyas que vende a los raros turistas que pasan o a los compradores bogotanos. Es optimista con el futuro del negocio. Incluso trabaja en un proyecto para traer turistas a conocer el mundo de las minas. Antes negociante, abrió la tienda hace cerca de cuatro años porque las piedras de los guaqueros son “cada vez más escasas” y las de los cortes son directamente exportadas. Con orgullo blande una foto en la cual aparece junto a Don Víctor, Víctor Carranza, el controvertido zar de las esmeraldas, que se mantiene como la leyenda viva local.

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