El Parque de la Independencia

Hace unas semanas la jueza sexta administrativa de descongestión del Circuito de Bogotá ordenó al IDU y a la Alcaldía Mayor suspender las obras que se adelantan en el Parque de la Independencia.

La jueza atendió y dio razón a una acción popular que interpusieron los residentes de la zona, debido a que el plan de remodelación de la Calle 26, según aseguran, atenta de manera notable contra la antigüedad y el valor histórico del parque. De acuerdo con esta acción, son muchas las razones para dejar quieto el paisaje bogotano: desde su vegetación de cauchos y eucaliptos con más de 100 años de edad, hasta su Pabellón de Luz, primera construcción levantada con cemento nacional. En cuanto al valor ecológico y cultural del parque, los expertos coinciden en que un ambiente de este tipo, de flora exquisita, fuente de oxígeno y contenedor de lluvias, sólo puede conseguirse con otros 100 años de espera.

La idea del Distrito siempre ha sido una: conectar en un florido sendero peatonal los extremos norte y sur de ese tramo de la 26, construyendo para ello un túnel subterráneo que dé paso a los vehículos. Este propósito, a primera vista atractivo, ha ido de una firma constructora a otra, con propuestas de diseño que en cada ocasión fueron en detrimento de la vegetación de este lugar. El largo proceso que se adelanta desde 2005 y que tuvo como primer proponente a un Rogelio Salmona respetuoso de la herencia histórica del parque, ha parado en las manos de Confase, la firma encargada de reconstruir el aeropuerto Eldorado y adelantar la Fase III de Transmilenio. Esta última tiene entre sus planes pavimentar gran parte de las zonas verdes y talar alrededor de 100 árboles que, de acuerdo con los residentes, son el corazón mismo del parque y contienen todo su patrimonio cultural e histórico. El Distrito, no obstante, a través de la revista Ciudad Viva, de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, dice que el proyecto se erige como un nuevo espacio para Bogotá, mejorando la calidad de vida de sus ciudadanos.

La obra, además de ser presentada tardíamente —estaba pensada para la celebración del Bicentenario—, supone un verdadero problema para el Distrito, pues debía haber estado lista para la inauguración, esta semana, del Mundial de Fútbol Sub-20. Si bien la decisión de la jueza administrativa suspende las obras, sólo lo hace hasta que sea aclarada la naturaleza jurídica del sector; es decir, hasta que alguien defina si es, o no, patrimonio de la nación. Las máquinas de la Alcaldía, pese a esto, parecen no detenerse. El director del IDU, Jaime Pinilla, ha manifestado que las opiniones de los ciudadanos deben ser escuchadas por la alcaldesa como elementos de un debate, pero sigue afirmando que el proyecto debe ejecutarse, como está planeado, y lo antes posible.

Teniendo en cuenta que una decisión sobre patrimonio cultural puede tardar alrededor de ocho meses, éste parece ser el ejemplo perfecto de un dilema entre urbanismo moderno y conservación del legado histórico. El Distrito será el encargado de definir qué país tenemos: si uno afanado por dar una imagen internacional por la que, en aras del progreso, es capaz de sepultar bajo el cemento testimonios históricos, o uno que afirme su independencia respetando su legado de antaño. Contra el reloj y contando, la decisión está en sus manos.