El periodismo según Murdoch

Mientras continúa el escándalo de 'News of The World', conviene preguntarse: ¿se debe regular a la prensa?

El tema venía de antes, pero era un titular más que navegaba el ancho río de los escándalos en los tabloides. Se trataba de interceptaciones telefónicas para conseguir información. Claro, debió ser el gobierno. Momento. No. Fueron periodistas. El hecho se creció y devino en escándalo, en investigación judicial, en discursos del primer ministro, en el libreto: “Se hizo a mis espaldas”.

El primero en caer fue Clive Goodman, encargado de cubrir a la realeza. Fue retirado de News of the World, uno de los tres periódicos de News International, el brazo global del emporio mediático de Rupert Murdoch, el millonario, el poderoso. Goodman había intervenido los correos de voz de miembros de la realeza y por ello fue encarcelado.

Cuatro años después del caso Goodman, News of the World ya no existe, los Murdoch (padre e hijo) se sientan a responderle al Parlamento británico, dos de sus más altos ejecutivos han renunciado, la directora de News International, Rebekah Brooks, está seriamente implicada, los antiguos dueños de empresas que ahora son del imperio Murdoch dicen que se arrepienten de haberle vendido al magnate debido a sus “prácticas” y hay un largo trecho de millonarios cheques girados para silenciar testigos y víctimas, para acallar la verdad. Quienes debían reportar las noticias se convirtieron en la noticia. ¿Qué pasó en el camino?

Es la presión por la información, dijeron algunos exempleados de News of the World. En los pasillos del diario, para seguir adelante, se hizo lo que fuera. Y eventualmente, otros se enteraron del sacrificio y las jugadas sucias para enterrar el cadáver.

“Lo que quedó expuesto en el Parlamento durante el testimonio de Murdoch no fue News Corp , sino los cómodos y cercanos lazos entre el periodismo institucional y las instituciones”, dice Jeff Jarvis, profesor en la escuela de periodismo del City University de Nueva York, quien asegura que uno de los problemas seminales en todo el escándalo son los corruptos vínculos entre periodismo y gobierno. En la mitad del embrollo, además de un comportamiento abiertamente criminal, se encuentran los asesores de prensa del primer ministro y la Policía.

De acuerdo con el exjefe de Scotland Yard, Paul Stephenson (quien renunció al comenzar el escándalo), al menos 10 miembros de la oficina de prensa de la Policía solían trabajar en News of the World. Asimismo, los datos de la Oficina del Comisionado de la Información señalan que 300 periodistas, pertenecientes a 31 publicaciones, todos tabloides del Reino Unido, han solicitado la colaboración de detectives privados en no menos de 4.000 ocasiones para obtener ilegalmente información confidencial.

Frente a esto hay quienes creen que los tabloides deben acabarse. Pero esto no es saludable para la libertad de expresión y el derecho a la información. “Los tabloides pueden bordear los límites de lo ético y legalmente aceptable, pero lo hacen para servir un deseo popular de ver más allá de la fachada pública”, dice Ryan Linkof, profesor de historia de University of Southern California, EE.UU. “Son parte de la esencia cultural de ciertos países, en especial de los anglosajones. No creo que el camino sea eliminarlos”, opina Maryluz Vallejo, docente de periodismo de la Universidad Javeriana.

El trabajo de los tabloides es aquél del periodismo al límite. La lógica que los anima es aquella que bulle debajo de cualquier empresa periodística: un compromiso a exponer una verdad tomando riesgos que, claro, deben estar dentro de un comportamiento legal. Lo que pasó en el Reino Unido es la transgresión absoluta de este principio y la aceptación de las autoridades y de un público que se divertía con sus revelaciones.

¿Regular a la prensa soluciona el problema? “Hay que resistir esa tentación. La regulación tiene dientes y los dientes conllevan poder”, opina Jarvis. A su vez, Vallejo asegura que la regulación se hace dentro de los mismos medios, como bien demostró The Guardian, el periódico que durante un largo tiempo fue el único en seguir hablando de un tema que, bajo la sombra del imperio Murdoch, parecía vetado.

El escándalo Murdoch sirve para ejemplificar cómo los nexos entre el periodismo y las instituciones pueden llevar al infierno, pero también habla mal de una sociedad que pidió la información espectacular de las estrellas y las celebridades (que fue obtenida con los mismos métodos hoy cuestionados), pero se escandalizó cuando le presentaron a una niña asesinada. Al final del día, todos, excepto The Guardian, quizá, perdieron un poco y la lección pareciera ser, por cliché que suene, que no todo vale.

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