El proyecto público como empeño político

La incipiente cultura que en Colombia se comparte frente a lo público, es resultado de asumir que tal categoría es subsidiaria inevitable de lo privado y que por ende puede ser objeto de prácticas especulativas y provecho individual.

Asociar el espacio público con la noción de Estado, además, ha propiciado que un patrimonio colectivo por excelencia se malentienda socialmente como una peculiar propiedad privada del Estado.

Detrás de la necesidad de erigir consenso de resistencia frente a tantas y reiteradas distorsiones —por ahora a cargo de muy contadas organizaciones, pocos arquitectos y algún extravagante político— subyace el propósito de recobrar lo público como categoría estructurante de ciudad, escenario privilegiado para promover la integración, la pluralidad y la equidad social.

Reconocimiento deseable y posible que implica reinstalar el espacio público como ámbito sustantivamente político, concepto cuyo calado rebasa formulaciones más débiles y genéricas, tradicionalmente limitadas a identificarlo como lugar para el intercambio, la movilidad o como inevitable escenario del encuentro ciudadano.

Como espacio político, lo público es territorio de confrontación y disonancia, de lo prohibido e imprevisible, albergue de la complejidad, lo desadaptado e incluso de la incoherencia, muy a distancia de la imagen aséptica, complaciente y unidimensional que suele caracterizar el ámbito privado.

No reconocer la singularidad que demanda modelar lo público, ha llevado a equívocos verdaderamente funestos: son los casos de las mascaradas que reproducen ambientes urbanos emblemáticos, traspuestos al mundo privado como una tosca estrategia comercial o, lo que resulta aún peor, aquellos lugares públicos momificados e inertes, diseñados bajo los andróginos referentes formales y vivenciales extraídos de la mercadotecnia privada.

Frecuentes y estériles escenografías que al equiparar el proyecto público con una singular decoración de exteriores, vacían la inherente complejidad de un genuino ambiente urbano al concebirlo obra concluida, dispuesta para una ciudad presuntamente contemplativa.

Modelar lo público como espacio político por excelencia, es quizás la única estrategia sustentable en la ciudad contemporánea. Ya no resulta suficiente sostener que lo público tiene prevalencia sobre lo privado, inerme lugar común hoy muy cuestionado, ante la evidencia de que cuando tales fronteras son relativizadas con sutileza, se propician mejores y más enaltecedores espacios urbanos.

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