El punto de fuga de los bosques

La ONU definió 2011 como el año para atraer la atención mundial en los recursos forestales.

El plato fuerte en el lanzamiento del Año Internacional de los Bosques fue la presentación de una investigación de más de una década a cargo de Oliver Phillips: un consagrado al estudio ecológico del Amazonas. Los resultados que presentó silenciaron a más de 250 personas que colmaban el cine domo en Maloka, Bogotá.

Las cifras proyectadas en la pantalla esférica de 135 grados de curvatura se ensanchaban desproporcionadamente ante la vista: 24 megatoneladas de emisiones de dióxido de carbono produce el país, 30 megatoneladas son capturadas por los bosques nacionales. Sin aventurarse a conclusiones, Phillips planteó, haciendo una ecuación sencilla (30-24), que Colombia no está contribuyendo al aumento de las emisiones mundiales.

La decoración para el evento era sobria: una mesa, tres micrófonos y cinco sillas respaldadas por cuatro pendones erguidos. En uno de ellos se leía: “Los bosques, para las personas”. Para darle sentido a esta frase recordé las palabras de un profesor: “Es medio ambiente porque la otra mitad la hacen los humanos”.

El primer año que se le dedicó a los bosques fue 1985, cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) solicitó a los Estados miembros que la atención mundial debía concentrarse en conservar y proteger los recursos forestales, así como en concientizar sobre su vulnerabilidad. En 2005, tras 21 años, la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió que era necesario volverle a dedicar una año a los bosques, y definió que sería 2011. Las preocupaciones siguen siendo las mismas.

Una de las primeras investigaciones de la Red Amazónica de Inventarios Forestales (Rainfor), mostraba que los bosques amazónicos de los nueve países que los conforman han almacenado carbono extra durante los últimos años. La gran pregunta que hay que hacerse, y en este punto Oliver Phillips se encargaba de acentuar la cara sorprendida del auditorio, es: ¿hasta cuándo soportarán estos bosques la saturación de sus reservas de carbono? “No se sabe”, decía. Es difícil que alguien lo sepa.

Pero las causas de este riesgo —todas humanas— sí se conocen. Para empezar, la sobreexplotación y la tala indiscriminada: según la FAO anualmente se pierden más de 130.000 kilómetros cuadrados de bosques debido a la deforestación; en Colombia el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) calcula que entre 2000 y 2007 la tasa de deforestación anual fue de 336.581 hectáreas.

Otra de las causas es la conversión de bosques en tierras agrícolas y ganaderas: sólo en la región amazónica se calcula que dos tercios de la deforestación se debe a la expansión de pastizales. Las áreas rurales en zonas de vocación forestal de Colombia, en su gran mayoría, están dedicadas a la ganadería. También se sabe que la ampliación de los asentamientos humanos, las excavaciones mineras y petrolíferas, la construcción de embalses, los incendios forestales, los cultivos para agrocombustibles, entre otros, son amenazas para sobrecargar la capacidad de los bosques y, de paso, contribuir a una de las causas de extinción de especies.

La importancia de la conservación de los bosques nativos, primarios o prístinos, de Colombia —y del mundo—, es que crean relaciones vitales de interdependencia entre: clima-energía-agua-ciclos del carbono. El ecosistema que crean protege y genera agua. Nada menos. Aquí, la fragilidad está representada en los páramos, que ocupan el 1,7% de la superficie terrestre del país y riegan al 70% de la población.

Se sabe que en Colombia está la mitad de los páramos del planeta. Otra vez más la porción se divide a la mitad, el popular 50/50 (ganamos por igual) y vuelve a caer el eco de la frase: “Es medio ambiente porque la otra mitad la hacen los humanos”.

 

últimas noticias