El retiro de Afganistán

BARACK OBAMA ANUNCIÓ ANTEAnoche el inició del fin de la participación de Estados Unidos en la guerra en Afganistán, la más larga que ha enfrentado su país y de la cual comienza a retirarse sin haber logrado aún los objetivos planteados desde un inicio por su antecesor: la derrota de Al Qaeda y los talibanes, así como la estabilización e institucionalización del país. Al afirmar que "ahora es el momento de centrarse en EE.UU." e "invertir en nuestra gente" manda un mensaje claro que marca las prioridades en el camino hacia un segundo periodo en la Casa Blanca.

Este es un momento importante de su desempeño como presidente de la primera potencia mundial, pues ha tenido que convivir con una serie de complejos problemas en los flancos interno y externo, lo que lo ha llevado a optar por el realismo. Durante el conflicto en el país asiático se han gastado astronómicos recursos, cerca de un billón de dólares en estos nueve años —unos US$10 mil millones por mes—, y, peor, éste ha cobrado la vida a  1.600 soldados. Esto, sumado a lo invertido en Irak, da una dimensión de la urgencia por encontrar una salida viable y cortar con la participación en este  conflicto  de una vez por todas.

La muerte de Bin Laden fue el disparador que le permitió adoptar la decisión de retirar unos 33.000 soldados en un año, comenzando por 10 mil de ellos en lo que resta del presente año. De esta manera, el primer mandatario concilió los extremos dentro de su administración: el de los sectores más radicales de su partido, que quisieran una solución inmediata y el de las recomendaciones estratégicas del comandante sobre el terreno, el general David Petraeus, quien prefería un retiro más lento. De todos modos, allí quedarán todavía unos 70 mil hombres hasta 2014 para continuar las actividades asignadas. Barack Obama entregará, así, un país con unas fuerzas armadas y de policía locales que deberán hacerse cargo del control interno y unas instituciones que deberían permitir una continuidad en la actual estructura de gobierno, a pesar de las evidentes y reiteradas denuncias de corrupción. Dentro de tres años, serán los propios afganos los únicos responsables de su seguridad.

Mientras tanto, en el campo político, el primer mandatario reconoció lo que ya se mencionaba desde hace unos días: que “Estados Unidos se sumará a las iniciativas para la reconciliación del pueblo afgano, incluyendo a los talibanes. Nuestra posición sobre esas conversaciones es clara: tienen que ser conducidas por el Gobierno afgano y los que participen en ellas tienen que romper con Al Qaeda, abandonar la violencia y respetar la Constitución afgana”. Ese sería el ideal, pero las cosas aún no están lo suficientemente claras como para creer  que vaya a ser el resultado final.

Con esa hoja de ruta entre manos, y volviendo al tema interno, el mandatario dijo durante su alocución: “acabemos responsablemente estas guerras y recuperemos el sueño americano,  que es el centro de nuestra historia”. Ese es el dilema y el reto que tiene por delante. Con un país que no se acaba de recuperar de la grave crisis económica que ha padecido en los últimos años, deberá emplearse a fondo para reactivar el aparato productivo, disminuir el desempleo, tratar de solventar el gran déficit que se ha venido incrementando y volver a recuperar la competitividad internacional. Sin embargo, la falta de resultados concretos ya le pasó una dolorosa cuenta de cobro a su partido en las elecciones de mitaca de finales del año anterior, que llevaron a la oposición republicana a conquistar la Cámara de Representantes y ganar espacio en el Senado, desde donde han bloqueado varios de las propuestas demócratas impulsadas por el ejecutivo.

Hay que valorar el gesto del primer mandatario norteamericano, sin lugar a dudas, pero todavía quedan capítulos por escribir sobre Afganistán y la compleja situación que se vive en esa parte del mundo.

 

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