El señor de los hongos

Si los hongos esconden la solución para enfermedades como el cáncer y la depresión, el control de algunas plagas y los derrames de petróleo, Tradd Cotter está dispuesto a dedicar su vida a ellos.

Todo el dinero que Tradd Cotter ganó diseñando jardines en la Florida está invertido aquí. En esta montaña que llamó The Mushroom Mountain. En Carolina del Sur. No muy lejos de los Apalaches. Cuenta que diseñaba jardines para gente famosa y rica.

— ¿Te gusta el tenis? ¿Conoces a Venus y Serena Williams?

— Yo era su diseñador.

— ¿Sabes quién es Henry Ford, nieto del famoso Ford?

— Yo diseñaba sus jardines. Me pagaban muy bien.

Sumando el terreno de unas cuatro hectáreas, la casa, el invernadero en la parte trasera y el laboratorio que ocupa más de la mitad de la vivienda, en total Tradd calcula que han sido más de US$250.000 invertidos en tres años. Los ahorros de su esposa croata, Olga, que diseñaba páginas web, también están enterrados aquí.

“Fue una gran decisión. Fue como entrar a un casino y apostar todo a un número. Al principio da un poco de miedo”, cuenta él sentado en una mesa de madera bajo la sombra de los árboles en Mushrooms Mountain. Es primavera. Una gallina cacarea y sale corriendo desde un corral. Tradd se ríe. “Yo haría lo mismo si pusiera un huevo”.

Comenzó a interesarse en los hongos cuando abandonó la universidad a los 20 años para trabajar en una empresa que cultivaba y vendía hongos chitaki. En Charleston, a unas cuatro horas de este lugar, su mamá le recomendó el trabajo y en poco tiempo se había convertido en la mano derecha del dueño. Conocía cada minucia para que los chitaki lucieran formidables antes de ser cosechados y empacados. No pagaban mucho y por eso ensayó con el negocio de jardines para famosos durante unos años. Pero nunca abandonó la idea de una granja de experimentación con todo tipo de hongos.

Ahora por fin la visión se ha materializado y el día entero lo dedica a ensayar métodos de cultivo, a clasificar hongos que recoge en expediciones por el sur de Estados Unidos, a contagiar su interés a otras personas para que se cree un mercado de hongos, a asesorar a cultivadores. Son cerca de 70 especies las que cultiva en este momento. Algunas nativas, otras tropicales.

No es el único al que los hongos le han picado la curiosidad. En los últimos años, científicos de distintas áreas están contemplando con otros ojos el extenso reino de estas criaturas, que aunque parecen plantas y así fueron consideradas por los primeros botánicos, en realidad estarían evolutivamente hablando más cerca del reino de los animales, como lo han revelado estudios genéticos.

En medicina, por ejemplo, se está ensayando con una molécula presente en hongos alucinógenos conocida como la psilocibina para tratar ciertas enfermedades. El año pasado en la revista Archives of General Psychiatry, Charles Grob, de la Universidad de California, presentó un estudio en el que personas con cáncer en estado terminal reducían significativamente sus niveles de ansiedad y mejoraban su estado de ánimo luego de recibir dosis de psilocibina. Análisis similares se realizan para el tratamiento de depresiones, trastornos obsesivo-compulsivos, adicciones al alcohol, cigarrillo o heroína, síndrome de estrés postraumático e incluso para tratamientos de tumores como el de seno y para reducir el colesterol.

Los ingenieros ambientales también han puesto el ojo en los hongos. Como filtros vivos pueden llegar a devorar manchas de petróleo y aceite, limpiar agua contaminada con sustancias químicas. También son potenciales biopesticidas y herbicidas.

Tradd ve a los hongos como un banco de soluciones para muchos problemas. Se cree que son más de un millón de especies en el mundo y menos del 10% han sido descritas con rigor. “Cuando doy charlas a los jóvenes de 19 ó 20 años en la universidad, que tienen la edad que yo tenía cuando me retiré, les digo que hay muchas cosas interesantes sucediendo en micología”. Él, por ejemplo, juega a construir filtros de agua e incluso, en el laboratorio, dice que los “entrena” para que coman manchas de aceite. Muchas de las enzimas que guardan en sus células son poderosas tijeras para degradar moléculas contaminantes.

Tradd hace una pausa y toma entre sus manos una fotografía. Tapa con la mano la parte inferior, así que sólo se ven dos estructuras tubulares, como dos espárragos blancos. Suavemente va deslizando la mano hacia bajo y lo que completa la imagen es una hormiga envuelta en una sustancia esponjosa. Tradd esculca la curiosidad en nuestras caras.

— ¿Saben qué es esto? —pregunta—. Un hongo que momifica hormigas.

Un hongo (de la familia de los Cordyceps), pero también su boleto de lotería. Explica que sólo en Estados Unidos las hormigas rojas (Fire ants), convertidas en una plaga, producen más de US$7.000 millones en pérdidas económicas. Miles de dólares se invierten en pesticidas para controlarlas. Y él cree que este hongo podría ser una solución.

Cuenta que en una de sus salidas de campo vio ese par de filamentos salir de un árbol. Cuando las cortó escuchó un “clic”. Escarbó un poco en la corteza y descubrió la hormiga.

“Es increíble. Este hongo  momifica lentamente a la hormiga. Se va metiendo en su cuerpo. Luego secreta una sustancia en su cerebro y es como si tomara control de ella. La obliga a buscar zonas altas de los árboles. ¿Para qué? Para esparcir sus micelios”, relata. No cuenta más detalles. Dice que está firmando un contrato con una gran empresa y está obligado a la confidencialidad. A veces la conversación puede parecer ligeramente delirante. La conversación de un soñador. Pero Tradd es laborioso. Y obsesivo. Una buena fórmula para el éxito.

La visita termina con un rápido tour por Mushrooms Mountains. Shitakes, Oyster, Reish, King Stropharia aparecen en el recorrido. No son tantos como esperábamos. Pero es primavera y la mayoría crecerán en verano. Ojalá Tradd haya tenido la razón cuando decidió apostar sus ahorros por los hongos.