"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 5 horas

El sentido de la vida pública

LOS GRANDES DEL SECTOR PRIVADO no se pelean a los antiguos funcionarios tanto por su talento, prestigio y experiencia, aunque los tengan.

Su atractivo es, por lo general, otro. Uno que, por demás, es difícil obtener de alguna otra manera: información. Exministros y directores saben lo que otros no saben o, por lo menos, lo saben mejor. Finalmente, estuvo en sus manos administrar y, en algunos casos, ayudar a legislar asuntos que les competen a unos y a otros. No obstante, si después de su paso por el Estado terminan en las juntas directivas de las empresas que se especializan en las áreas sobre las cuales tomaron decisiones, el conflicto de intereses se hace obvio. Como obvias las denuncias del ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, sobre la llamada ‘puerta giratoria’. Lo cierto es que, si bien hoy se habla del exministro de Minas Hernán Martínez, del exministro de Industria y Comercio Luis Guillermo Plata y del excanciller Jaime Bermúdez, con asiento actualmente en las juntas de Pacific Rubiales, Bavaria y Grupo Sura, esta práctica nada tiene de nueva; la lista es, indiscutiblemente, más extensa y, en ese sentido, fue injusta la referencia del ministro al pasado gobierno.

La idea del actual, consignada en el proyecto original del Estatuto Anticorrupción, era, por tanto, conveniente: proteger los intereses nacionales aumentando de un año a tres el período de inhabilidad de exfuncionarios para contratar con el sector sobre el que tuvieron injerencia. Y astuta, también: evitar la evasión de la medida inhabilitándolos igualmente para “asistir, representar o asesorar” en asuntos relacionados con las funciones propias de su cargo por el mismo período. La resistencia a la medida era, sin embargo, previsible. Y lo era, además, por sensata: a un ciudadano cualquiera le es simplemente demasiado costoso dejar de trabajar en su sector —que es el que conoce y, tal vez, en el único en el que se puede desempeñar— por tres años enteros. Subir la barra demasiado alto generaba, sin duda, el perverso incentivo de sólo dejar pasar a quienes estuviesen dispuestos a “recuperar” el costo. Lo que significaría, o bien fomentar el flujo de información, o aún peor, las transacciones de “favores”.

Ideal sería, como sucede en países como EE.UU., que se pudiera separar tajantemente el recurso humano privado del recurso humano público; pero ni el Estado en Colombia ni su economía son lo suficientemente grandes para permitirlo. Las personas se ven obligadas a moverse de un lado a otro. Las salidas intermedias son, en este caso, las únicas posibles. La conciliación del Estatuto fijó la inhabilidad en dos años; uno más que el que se traía, uno menos que el que se proponía. La ampliación de la inhabilidad a las asistencias, representaciones y asesorías quedó en el texto final. Después de que el proyecto pase a sanción presidencial, dependerá de los organismos de control mantener el frágil equilibrio entre los claros intereses privados y el, más difícil de precisar, interés público.

Un equilibrio hecho aún más frágil por la falta de sentido que ha adquirido el deber de servirle al país. Por un lado, porque la educación arroja —cuando de hecho lo hace— profesionales, no ciudadanos. Por el otro, porque el sector público en lugar de invitar, ahuyenta. No se miente cuando se le llama al Estado un trampolín. Muy pocos quieren quedarse, los más añoran con saltar a un cargo por fuera. Y a quienes en efecto se quedan, les depara un futuro incierto, a menos de que tengan tramposos arreglos. Las ya aceptadas —pero no por eso menos detestables— cuotas burocráticas del poder de turno es lo único que el país pareciera tener para ofrecer. Cada cuatro años se mueven las fichas para pagar otros “favores”. Algo que sucede en todas las democracias, cierto. Pero en la nuestra sucede más de lo que el sistema puede resistir. Aunque necesaria, la traba a la puerta giratoria sólo se queda en la superficie. La vida pública, como tal, sigue careciendo de valor. O, peor, de sentido.