El silencioso huésped de la guerra

El Intercontinental de Kabul ha sido espectador y víctima de las tres décadas de conflicto en el país.

La primera vez que el periodista español David Jiménez se hospedó en el hotel Intercontinental de Kabul fue a finales de 2001. Llegó como corresponsal del diario El Mundo para cubrir la invasión de Estados Unidos a Afganistán, emprendida por el presidente George W. Bush a modo de retaliación por los atentados a las Torres Gemelas, perpetrados por el grupo terrorista Al Qaeda el 11 de septiembre de ese mismo año. Aquel otoño, Jiménez quedó anonadado. A pesar de que desde lejos el hotel lucía imponente en la cima de una de las colinas del oeste de la ciudad, la realidad era otra. Sus instalaciones estaban completamente destruidas.

Lejanas lucían las épocas doradas del hotel, a comienzos de los setenta, cuando todavía no había guerra en el horizonte y la ciudad era el destino preferido de artistas indios y paquistaníes. Con el paso del tiempo y de las diferentes guerras que sacudieron al país, el lujo y las multitudes les dieron paso a la decadencia y a la soledad. Sin ventanas, con muros y puertas completamente agujerados por las balas de metralla o impactos de mortero, este hotel fantasma les abrió las puertas al periodista español y a otros cientos de corresponsales provenientes de todos los rincones del mundo.

“Cuando llegué al hotel recuerdo que todos los periodistas bajábamos directamente al sótano donde estaba la cocina. No había servicio a la habitación ni siquiera agua caliente. Nos reuníamos y decíamos: “Bueno, el periodista italiano que haga pasta; el francés que intente hacer alguna carne”, relata Jiménez a El Espectador. Era el sitio perfecto para escribir sobre la dureza del conflicto. “Al fin de cuentas, si no te inspiras en un lugar como ese donde todo está medio destruido, creo que no lo harás nunca”, sentencia.

La viuda blanca de Kabul

Desde el mismo momento en el que el rey Mohammed Zahir Shah lo inauguró, el 9 de septiembre de 1969, el Intercontinental se convirtió en un emblema de Afganistán. Pero más allá de que en el hotel se reunía la clase dirigente afgana para asistir a los cocteles, fiestas y bodas que anualmente se organizaban en sus salones, sus instalaciones se convirtieron en testigo de los avatares de la guerra. Este hotel de seis pisos, fachada blanca y tres estrellas (antes tenía cinco) es el fiel reflejo del ocaso que ha vivido el país desde la invasión soviética en 1979 y de su constante lucha por salir adelante en medio del escenario bélico que se ha postergado por más de tres décadas.

“El Intercontinental había caído en la vejez prematura de los hoteles que han dejado de ser visitados y sólo permanecía abierto por empeño de sus empleados”. Así retrata el periodista español la época de finales de los noventa en el primer párrafo de su libro El botones de Kabul. Una obra en la que por medio de la experiencia del botones Mohamed Ayan, Jiménez relata la historia de ‘La viuda blanca de Kabul’, como es conocido el hotel.

Fue precisamente ese período en el que Afganistán estaba bajo la dictadura del régimen talibán, el más negro en la historia tanto del hotel como del país. El baño de sangre que se vivía en las calles de Kabul, como consecuencia de la guerra civil y del radicalismo del grupo islámico, llegó al Intercontinental.

Los ataques con morteros empezaron a formar parte de la rutina del país y los hoyos en las paredes de los inmuebles fueron adoptados como parte del paisaje. Una tarde, mientras un huésped disputaba un partido de tenis, una bomba sacudió las instalaciones del hotel. Ni el fuerte estruendo ni los gritos de desespero, que se escuchaban a lo lejos, intimidaron al huésped, quien después de un cruce de miradas con su rival realizó el segundo servicio y continuó el partido.

Los empleados del hotel, que padecieron durante años el hostigamiento por parte de las autoridades talibanes, son el fiel reflejo de lo que es la sociedad afgana, que a pesar de estar inmersa en medio del fuego cruzado y de padecer la muerte de sus familiares, compañeros de trabajo o simplemente allegados, nunca se han dejado derrumbar.

Esa fe ciega en un país en paz y el cariño que le han tomado al lugar es lo que ha impulsado a los trabajadores del Intercontinental a no sucumbir a la guerra completamente. Siguieron llegando puntualmente todos los días, sin importarles los golpes de Estado, los magnicidios, las ofensivas primaverales o la muerte de su jefe a manos de los talibanes. Como ocurrió en septiembre de 1997, cuando el gerente fue asesinado por vender alcohol a los huéspedes, algo prohibido por el régimen talibán.

“Probablemente esta conducta manifiesta el afán por mantener un oasis. Intentar que aunque hubiera guerra afuera de las paredes, adentro se sintiera como un lugar normal. Lo han hecho porque mantener ese lugar bajo esas condiciones representa la esperanza de que algún día Afganistán volverá a recuperar la paz”, afirma Jiménez.

Una paz que desde la invasión de Estados Unidos y sus aliados se ha hecho aún más lejana. Los incontables esfuerzos de estos ejércitos por instaurar un régimen “democrático” por medio del uso de la fuerza han fracasado. Kabul es un ejemplo claro. A las pocas semanas de que comenzara la actual guerra, las tropas de la OTAN hicieron de esta ciudad su cuartel general. Su presencia promovió el desarrollo, la convirtió en la ciudad más segura del país e impulsó la inversión extranjera. Un grupo inversionista de Dubai compró el Intercontinental y le devolvió aquellos días de gloria. El hotel volvía a alojar a personalidades extranjeras y a los líderes más poderosos del país, que justamente preparaban una cumbre de seguridad para tratar los pormenores de la transición de poder a las fuerzas afganas que comienza este mes en siete provincias. Pero un comando de fedayines (suicidas) logró entrar al corazón de la capital y asaltar una vez más el hotel más importante y emblemático del país, que perdió en el ataque a varios empleados.

Para el periodista de guerra español, éste puede ser sólo el primero de una serie: “Los talibanes ya saben que los aliados se quieren marchar. Son conscientes de que gracias a la muerte de Osama bin Laden encontraron la justificación para marcharse. Los talibanes lo que no quieren permitir es que las potencias occidentales se marchen diciendo: ‘Hemos ganado la guerra’. Si ellos mantienen la intensidad de los ataques y el cerco sobre Kabul, lograrán que la retirada sea forzosa y no voluntaria. Es decir, que Afganistán se convierta en un nuevo Vietnam”.

La invasión de Afganistán, en breve

Las víctimas


Según el Watson Institute for International Studies de la Universidad de Brown, Estados Unidos, entre 12.000 y 14.000 civiles han muerto a causa de la intervención estadounidense. Entre enero y mayo de este año fueron 800 las personas que cayeron en el fuego cruzado.  

Las fuerzas aliadas

Cuarenta y ocho países forman parte de la coalición de la OTAN en Afganistán. Con cerca de 100.000 soldados en territorio afgano, Estados Unidos es el país con mayor presencia militar. Lo siguen el Reino Unido, con 9.500; Alemania, con 4.800; Francia, con 4.000; Italia, con 3.900 y Canadá, con 2.900.  

La retirada

 La semana pasada, el gobierno de Estados Unidos anunció que para finales de año 10.000 soldados habrán abandonado Afganistán. El cronograma seguirá poco a poco hasta completar la retirada en 2014. Otros países como el Reino Unido y España anunciaron medidas similares.

El ataque más reciente al hotel

Eran alrededor de las 10 de la noche del pasado martes cuando un comando talibán armado con granadas, rifles y chalecos con explosivos asaltó las instalaciones del hotel Intercontinental de Kabul. Fueron ocho los hombres que fusilaron a cuanto huésped y trabajador se les cruzaba. Tras varias horas de combates con las fuerzas de la OTAN y con un saldo total de 21 muertos, incluidos los extremistas, las autoridades retomaron el control.

Aunque es habitual que los talibanes realicen este tipo de ataques, este suceso sembró dudas entre la comunidad internacional sobre la capacidad de las fuerzas afganas para asumir la seguridad en siete provincias del país, un paso que deben dar en julio. Sin embargo, el gobierno de Hamid Karzai aseguró que está preparado para retomar el control.

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